Entrevista
Carlos Cortés: “Mi condición natural es la orfandad”
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 | Mi generación está en una disyuntiva interesante. Hay una cierta tentación del caos y la resignación a la complicidad. O tirás la piedra o te quedás callado y sos un poco cómplice del descrédito |
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Carlos Cortés |
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Camilo Rodríguez Chaverri*
Muchos escritores costarricenses mayores pensaban que el periodista, poeta y narrador Carlos Cortés era una piedra preciosa que no se había pulido. Pero la novela “Cruz de olvido”, considerada por el prestigioso crítico Julio Ortega como una de las diez mejores aparecidas en América en 1999, lo hizo dar el gran salto.
Ya no es una brillante promesa, sino un gran exponente de su generación y uno de los pocos escritores costarricenses llamados a escribir lo que se conoce como “una gran novela”.
También cuenta con una sólida formación como periodista, con especializaciones en España y en Francia.
¿Háblenos de su obra literaria. Usted empezó a publicar muy joven y ha publicado muchos libros?
La generación de los ochenta se ha dividido en dos partes: un grupo de escritores que empezó a publicar en los ochenta entre ellos, Rodrigo Soto, José Ricardo Chaves y yo; el otro grupo, compuesto por quienes empezaron a publicar en la década de los 90, entre ellos Jorge Arturo.
¿Me parece, por lo que he leído en entrevistas y hasta en prólogos que usted ha escrito, que creció como escritor de la mano de grandes maestros de nuestra literatura?
Empecé a publicar por influencias de gente como Carlos Catania y Carmen Naranjo. En los 80 hubo una efervescencia de premios y editoriales, que no dio gran calidad literaria. Sin embargo, nos sirvió como una gran oportunidad para publicar. Muchos aprovechamos esas circunstancias.
¿Es el tiempo de sus poemarios “Erratas advertidas” y “Los pasos cantados”, así como de su novela “Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro”?
Sí. El hecho de publicar joven no es algo que me enorgullezca. Salieron cosas interesantes y también erratas inadvertidas.
¿Luego, en los noventa, aparece ese hermoso libro “El amor es esa bestia platónica”?
Ese libro me encanta, me gusta lo que salió de ahí. Creo que es mi mejor libro como unidad.
Creo que entonces aparece “El que duda no ama”, la recopilación de parte de su obra poética, que no ha recibido la atención que se merece.
Casi todos los libros de poemas son ediciones clandestinas. En general, es imposible predecir los caminos en que la poesía puede abrirse al lector.
¿Hay un poeta en usted que creo que no quiere reconocer?
Si no hubiera escogido la narrativa, diría que ahora, casi a los cuarenta años, podría hacer una obra poética que me hiciera sentir más orgulloso. Perdí mucho tiempo tratando de buscar mi voz propia. Perdí de vista lo esencial: lo que se dice, que es lo más importante.
Conspiración del silencio
Hace unos años, Carlos Morales le preguntó a Alberto Cañas si no sentía que el periodista se había comido al escritor. ¿Le puede pasar eso a usted?
Sentía una angustia por dedicarme a otras actividades antes de escribir “Cruz de olvido”. Había hecho una obra muy dispersa. Estaba buscando el tamaño de mi ambición literaria. Un escritor debe tener ambición. Cualquier tipo de ambición y de cualquier tamaño.
Alfonso Chase me habló de esa dispersión en mi obra en medio de una crisis personal por la que atravesé a principios de los 90. Él me advirtió que estaba a punto de disolverme como escritor. Tenía razón.
Con “Cruz de olvido” aprendí qué es lo que tengo que decir como escritor. Pobre el escritor que no sepa cuál es el mundo que tiene que expresar. Soy un poco huérfano de padres. Antes de “Cruz de olvido” me sentía como perdido. Mi condición natural es la orfandad.
¿Al hablar así de su novela comete una injusticia con su libro “El que duda no ama”?
“El que duda no ama” es lo que quisiera que sobreviviera de mí como poeta. El escritor que consigue un buen poema en su vida se debe sentir pagado.
“Cruz de olvido” es una novela atrevida, no sólo por el estilo y el lenguaje, sino por lo que significa para nuestra sociedad. ¿Cómo la definiría?
Es una especie de síntesis de mi vida, vivida o soñada, y también es una gran anulación. Ahí están el dios de la creación y el de la destrucción juntos.
Es una novela polémica, agresiva, violenta. Creí que se iba a convertir en escándalo. Me imagino que usted también. Pero nada pasó. ¿Qué piensa de esto?
La sociedad costarricense ejerce una conspiración de silencio. La vida pública nacional está regida por leyes mucho más importantes que una obra literaria. Creo que el libro fue leído pero que su dinamita fue silenciada.
Me imagino que usted estaba preparado para que se le viniera mucha gente encima...
Me río un poco de la situación. Por ejemplo, algunos guatemaltecos que leyeron la obra me preguntaron si me habían puesto bombas y que cómo hacía para protegerme. El costarricense tiene un talento especial para ver a otro lado cuando no quiere enterarse de algo. Tiene una enorme capacidad para invisibilizar sus contradicciones.
¿Le dio rabia esa indiferencia?
Al principio me tranquilizó. Uno pasa por distintos estados de ánimo. Después volví a preocuparme. He entendido lo que han dicho los grandes maestros: la literatura es un veneno letal, pero que actúa poco a poco. Uno debe inocular un mensaje para que surta efectos.
¿Qué está escribiendo ahora?
No estoy escribiendo en el estilo de “Cruz de olvido”. El escritor furibundo que escribió esa novela dominado por la ira no existe. Me interesa demoler las bases ideológicas de mi sociedad. Quiero contar historias que a través del ácido corrosivo haga más real la realidad. Es una sociedad llena de tapujos y de veladuras. No siempre hay que escribir con una ametralladora. Hay etapas para los heroicos furores y otras para apuntar mejor el blanco.
Hay elementos característicos de su obra. Lo grotesco, el rescate de la oralidad, ¿qué más?
Me interesa describir la decadencia, el paso del tiempo, el absurdo en las relaciones humanas.
Pero en su ambición, ya descubrió lo que quiere contar, y lo que sigue no debe estar muy lejos de “Cruz de olvido”.
Descubrí una serie de historias que quiero contar. Con la novela me pasó como si me metiera en un mundo que hasta hace poco era una intuición. Para mí, fue como abrir una casa abandonada. Entré a la sala, me falta ir a la cocina, a los dormitorios, asomarme al balcón e ir al sótano.
Ahora, ¿qué va a publicar?
Creo que va a salir una novela a finales del año. Es una historia de amor en un cine. Se llama “Tanda de 4 con Laura”. Y tengo un par de novelas más. Escribo todos los días muy temprano por la mañana, así como los días libres, los fines de semana y durante las vacaciones.
Su visión de Costa Rica
¿Cómo ve a Costa Rica?
Es una sociedad en la que algo está a punto de pasar y no pasa. Tenemos mucho tiempo de experimentar esa sensación y eso produce una serie de respuestas contradictorias. Es una especie de estado de suspensión que va desde la rabia hasta la indiferencia, y que da paso a una especie de germen de ciudadanía responsable. Cada día se visualiza más en el espacio público.
Ha habido un vacío en los últimos 20 años, que dejó la crisis del Estado benefactor, junto con una transformación de la sociedad en una más masiva y de polarización, pues crece la desigualdad y la concentración de la riqueza. Todo esto hace que se desconfíe mucho. Al vacío que dejó ese Estado benefactor no se le opone nada. Eso genera incertidumbre.
La sociedad se ha transformado muchísimo y ha permitido que los problemas se acumularan sin resolverlos. Pasamos de una sociedad agraria a una brutalmente urbanizada, con un sistema de partidos arcaicos y un Estado terriblemente burocratizado.
¿Por qué si está a punto de pasar algo, no pasa?
Creo, por ejemplo, que en Costa Rica los problemas no se resuelven porque es mucho más rentable para los políticos que no se resuelvan.
Aunque la gente no lo articule de esa manera, lo sospecha, como si hubiera un negocio en todo lo que tiene que ver con política.
Mi generación está en una disyuntiva interesante. Hay una cierta tentación del caos y la resignación a la complicidad. O tirás la piedra o te quedás callado y sos un poco cómplice del descrédito. Por eso es que hay que colaborar para que exista una especie de estatuto de ciudadanía de mínimo común cívico, que permita a mi generación volver a actuar en política sin sentirse un ladrón, un cómplice o un tonto. La única salida para introducir reformas es la política. Estamos frente a una especie de calle sin salida.
*Redactor Club de Libro 
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