Acerca de la gestión cultural entre 1990 y 1997
Gladys Ramírez v. de Espinoza*
En un artículo publicado en LA PRENSA del domingo 13 de julio (“Misión del INC ante la omisión del Estado”), Clemente Guido Martínez escribió, refiriéndose al período en que estuve al frente del Instituto de Cultura, que: “Doña Gladys Ramírez hizo lo que pudo y se conformó con los despojos que le dejó doña Rosario Murillo y con la limosna que los tecnócratas le aprobaron en sus extensos siete años de gestión”. No estoy de acuerdo.
Ni me conformé ni hice sólo lo que podía, sino lo que el Gobierno se propuso con el apoyo total de su Presidenta, doña Violeta Barrios de Chamorro, y del Ministro de la Presidencia, Antonio Lacayo, quienes tenían la firme convicción de que la cultura era de primordial importancia al darle un lugar central en el desarrollo de nuestro país. Aquel Gobierno priorizó la restauración del Palacio Nacional que se convirtió en el “Palacio Nacional de la Cultura”, como un símbolo de la resurrección de la vieja Managua y de la importancia de lo cultural.
Con el ascenso a la Presidencia de doña Violeta, el 25 de abril de 1990, se inició un proceso de profundización de la democracia en un período de transición bastante difícil. En este contexto la señora Presidenta me hizo el honor de invitarme a integrar su gabinete social, encargándome la cartera del Instituto Nicaragüense de Cultura, en ese entonces un ente autónomo y no una dependencia del Ministerio de Educación, como ahora.
Consciente de que la democracia es una manera de gobernar, vivir y convivir del pueblo, lo que no es más que una “cultura”, y que no es posible el desarrollo económico y material sin cultura, máxime que nuestra cultura artística está muy por encima de nuestra cultura política y económica, me aboqué a la tarea de crear una política de democratización cultural, que significaba: descentralizada, facilitadora, desideologizada y apolítica, apoyando el ofrecimiento de paz y reconciliación que doña Violeta propuso al pueblo de Nicaragua –hermoso objetivo que se logró en ese entonces y en ningún otro sector mejor que en el cultural–.
Al asumir el cargo no recibí, es cierto, un “Instituto de Cultura”; lo que recibí fue un problema laboral y político. No había local desde donde operar y en planilla había choferes sin vehículos y jardineros sin jardines. Los funcionarios clave renunciaron sin entrega oficial de lo que había. El TNRD estaba tomado, la cinemateca también. Todas las tardes, grupos de personas pertenecientes al mundo artístico se manifestaban en contra de las nuevas autoridades culturales. Y desde allí, desde la dura realidad del momento, apoyada por doña Violeta y su Gobierno, apliqué la política del diálogo, la comprensión y la mano extendida a moros y cristianos. Lo primero fue negociar con el sindicato, a la cabeza del cual estaba el joven Roberto Marenco, quien luego llegó a ser uno de mis principales colaboradores. Recuperamos las instalaciones del TNRD en donde nos instalamos provisionalmente y comenzamos a conocer al personal, entre el que identificamos a un grupo de personas idóneas para el cargo que ocupaban y a los que confirmamos en los mismos. Identificamos igualmente los logros de las administraciones anteriores y los programas desarrollados, y nos propusimos y logramos continuarlos, superando sus deficiencias. La política cultural que impulsamos tuvo como base un proceso consensuado basado en un estudio serio de las diversas áreas, que sabiendo la crítica situación de posguerra que atravesaba el país, incluyó la obtención de los recursos económicos necesarios para implementar nuestros programas.
Es cierto que el presupuesto para el INC ha sido y sigue siendo insuficiente debido quizás a nuestra pobreza y a las prioridades existentes, pero para nosotros no fue un obstáculo para realizar nuestros proyectos, pues logramos conseguir con instituciones de cooperación, de países amigos, así como de la iniciativa privada nicaragüense, el apoyo necesario para lograr nuestros objetivos, y tuvimos para ello en todo momento el apoyo total del Gobierno y la confianza de nuestros patrocinadores.
Con la cooperación de ASDI, OEA, UNESCO, Danida, Norad, países amigos como Japón, México, Venezuela, España, Cuba y sobre todo la oficina de apoyo PNUD-Cultura, financiada por el PNUD, logramos la mayoría de nuestros objetivos basados no en ilusiones fantasiosas sino en la realidad. Apoyamos la terminación de varios proyectos comenzados como la restauración de las ruinas del Gran Hotel, el Convento San Francisco de Granada y el Castillo en el Río San Juan. Todo ello dentro del programa de dotación de infraestructura.
Iniciamos y logramos el rescate de las ruinas de la vieja catedral de Managua; logramos no sólo comenzar la restauración del Palacio Nacional de la Cultura, sino inaugurarlo y dejarlo como un símbolo de la importancia que aquel Gobierno dio a la cultura. Apoyamos y logramos organizar las escuelas de arte, semillero de artistas, de música, de artes plásticas, teatro y danza. Esta última ya había logrado egresar un pequeño grupo de ballet clásico, hoy desintegrado. Apoyamos la formación de una verdadera orquesta nacional integrada sólo con virtuosos nicaragüenses. Implementamos nuevos proyectos como el de las sinfónicas juveniles, cultura en el parque, exposiciones y publicaciones de jóvenes escritores y artistas plásticos. En las memorias del INC 1990-1993 y 1990-1996 se puede encontrar la información necesaria de todo lo realizado en ese largo período, como lo llama el señor Guido.
Se realizaron labores vitales en el museo, la biblioteca, los archivos, la cinemateca. Se manejaron con dignidad las relaciones internacionales. Pudimos asistir a todas las reuniones de ministros de cultura y responsables de las políticas culturales de América Latina y el Caribe, en las que la delegación nicaragüense ocupó siempre lugares destacados. Pudimos aceptar la secretaría pro témpore de ese importante foro y pudimos ser la sede de la octava reunión ministerial. Incentivamos a los escritores y artistas otorgando a los mejores el Premio Nacional Rubén Darío. Acompañé a la señora presidenta, doña Violeta, a varias cumbres de presidentes, y menciono esto como prueba de la importancia que aquel Gobierno otorgó al sector cultura, dándole un lugar en sus comitivas a pesar de que eran reducidísimas. Fui invitada a visitar varios países: Francia, Taiwan, Venezuela, España, los países nórdicos, y todo ello facilitó nuestro trabajo en la consecución de recursos.
En las memorias antes mencionadas, y que si no han sido destruidas deben estar en la Biblioteca Nacional o en los archivos, está publicada una lista completa de los eventos realizados: en los escenarios, galerías, calles, etc. Y no puedo dejar de referirme a algunas acciones que se efectuaron, básicas para nuestro desarrollo cultural, como la actualización de la bibliografía, la automatización de las bibliotecas que se enriquecieron con la adquisición de colecciones importantes, la capacitación de personal y en fin una serie de actos desarrollados en pro del desarrollo cultural.
Con la labor realizada en el TNRD y el incremento de su utilización se presentaron frecuentemente diversos espectáculos nacionales y extranjeros, enfrentándonos al mismo tiempo con el reto de darle mantenimiento al edificio, renovando lo que el tiempo había destruido y especialmente abriendo verdaderamente sus puertas a los artistas nacionales, poniendo su utilización al alcance de sus posibilidades económicas. Hago mención a la labor realizada por Rosita Bernheim, quien fue la directora del TNRD, por el arduo trabajo realizado. Necesitaría todas las páginas de LA PRENSA para imprimir la lista de todas las actividades ahí realizadas.
No he escrito todo lo anterior por razones personales. No padezco del “síndrome del figureo”. Prueba de ello es que no quise que mi nombre apareciera en ninguna placa del Palacio Nacional a pesar de que sí participé en su restauración. Pero creo que es de justicia para los que colaboraron conmigo en esa gestión que se sepa de los logros que todos realizamos: llevar a nuestros artistas a lejanos escenarios donde obtuvieron éxitos magníficos; participar con dignidad en la Feria Mundial de Sevilla; exponer nuestra pintura en la lejana Taiwan y ver publicada la primera edición en chino y español de un libro sobre nuestras artes plásticas; y facilitar la presencia de nuestros artistas en bienales y exposiciones en el extranjero. Y el apoyo y el cariño que me guarda la mayoría de la comunidad artística es para mí suficiente recompensa por el trabajo realizado.
Trabajo que no hubiera podido realizar sin la contribución de todos los que conformaron el INC de 1990 a 1997 y de todos nuestros patrocinadores, que al escribir estas líneas no puedo dejar de mencionar: Pierre Pierson y María José Sansidoni, vicedirectores del INC sucesivamente; Cotty González de Guerra; Rosita Bernheim, insigne directora del TNRD; Rolando Espinosa Ríos; Leonor Martínez de Rocha; Mario Molina Carrillo; el profesor Fidel Coloma, director de la Biblioteca Nacional hasta su sentida muerte; Mayra Miranda de Picasso; Alfredo González; Jaime Serrano Mena; Rafael Vargas Ruiz; Pedro Vargas; Guillermo Rivas Navas; Ana Amalia Sierra; Alfredo Vallesy; Herite Sterim; Lourdes Centeno; Donald Chamorro; Cruz Hurtado; Bayardo Martínez; don Denis; Julito; Francisco Jarquín; Edgard Orochena; Hugo Palma; y sobre todo a los que brillantemente me asesoraron: El inolvidable Pablo Antonio Cuadra; Jorge Eduardo Arellano; Julio Valle Castillo; Napoleón Chow; Germán Toro; y a los empresarios nacionales que nos dieron su apoyo incondicional: Roberto Terán (q.e.p.d.), Manuel Ignacio Lacayo, ESSO, Tabacalera Nacional, Roberto McGregor; PROINSA; y también a todos los medios de comunicación que nos apoyaron.
Le pido al señor Clemente Guido que lea las dos memorias publicadas por el INC (1990-1993 y 1990-1996), así como los Anuarios 1989-1996 del TNRD, para que se entere de que no fue poco lo que se hizo en el sector cultura en esa época, y reconozca que el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro sí apoyó al INC. Ello no implica que no se deba seguir luchando por la dignificación del INC, restaurándole su categoría de ente autónomo o ministerio y con un presupuesto digno dentro de la realidad presente; así como reconocer, como yo lo hago, que si bien es cierto que recibí un INC desorganizado que pude entregar en otra forma, también continué lo que de positivo se había logrado en los gobiernos anteriores, que no fueron sólo “despojos”. Había también muchas cosas positivas.
* La autora fue Ministra de Cultura de Nicaragua

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