Cosas Veredes Sancho Amigo
Rosalba y ‘Moco de Chompipe’
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Todas las tardes al ponerse el Sol en Nindirí, la abuelita Chilita sacaba su taburete del ranchito, se sentaba entre la parvada de sobrinos y nietos y comenzaba a contar cuentos, algunos como rescoldos de otros ya contados, muchos exagerados, otros incongruentes, pero con la sal bendita del lenguaje campesino. Aquí les presentamos dos de esas narraciones |
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Mario Fulvio Espinosa mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni
A la Plutarca Ñurinda le encajaron “tapas alastes” porque no reculaba a la hora de lanzar insultos, chifletas y calumnias contra el pobre prójimo. En el pueblo de La Olotera todos tenían miedo de su “trompabulario”, porque Dios me libre si lo desenvainaba porque también estaba repleto de vulgaridades.
La Plutarca era chiquita, cenceñita, requeneta. Andaba con las patas pal monte y además bien chapina. Por eso yo les digo a mis nietecitos y sobrinos: “Mujer chiquita y mula baya, ábrale el corral para que se vaya” o aquel otro dicharacho: “Mujer chiquita, infierno grande”, eso es legítimo, legítimo.
Por esas cosas de la vida la Plutarca se había casado en segundos términos con un señor catrincito, viudo de mucho valer que tenía una hija, linda la chigüina, rubia, una porcelanita, que se llamaba Rosalba. La Plutarca también era viuda y aportó al matrimonio una hija llamada Libusy, negra, bembuda, ojos saltones, pendenciera y malcriada como su mama.
No se sabe de qué, un día el caballero de mucho valer se enfermó y murió dejando a su hijita en manos de las dos mujeres que la trataban como sirvienta de adentro, igual que lo hacían con Cenicienta la malvada madrastra y las tres hijastras. ¡Puras chinchintorras!
Mataba chancho la Plutarca y para apenar a Rosalba la hacía que fuera al Río Malacatoya todas las mañanas a lavar las tripas del cerdo para después hacer las morongas y chorizos. Pero la niña, toda bondad y servicio, se echaba a tuto aquel tripal y se iba al río, mientras la Libusy se quedaba en la casa polvoreándose la cara, pintándose la enorme geta, haciéndose el “manicuero y el pedicuero”, tratando de ocultar su fealdad con vaselinas y anilinas.
UN ENCUENTRO EN EL RÍO
Una mañana Rosalba llegó al río y encontró a una viejecita sentada sobre una piedra. ¡Buenos días de Dios, viejita!, saludó Rosalba. ¡Ay mijita! dijo la ancianita que ya parecía palo de palitos: Tengo hambre y sed pero me da miedo acercarme al agua porque cuenta me resbalo y me ahogo. ¿No tenés vos un bocadito que me des, y después me sacás un poquito de agüita para beber?
Rosalba había llevado su aliñito de queso duro con tortilla tiesa, pero no vaciló y le entregó la comida a la viejita que comió como contratada y después bebió del calabazo de la niña.
¡Uff! Que satisfecha quedé –dijo la anciana sobándose la panza–. Vos sos una niña buena y quiero recompensar tu buen corazón, acércate mijita, quiero darte tu premio, y le tocó con sus dedos la cabeza. De inmediato un brillante lucero quedó pegado en la frente de Rosalba, estrella que con su luz aumentaba la lindura de la muchacha. Haciendo eso la viejecita desapareció como si en realidad fuera una hada.
Pero el lucero dio angustias a la jovencita. ¿Qué va a decir mi madrastra cuando me vea con este tereque? ¡Me va a matar!, decía, y para ocultar aquella luminosidad se envolvió la cabeza con un trapo y regresó a la casa procurando pasar inadvertida. Pero la vieja Plutarca la vio. ¿Y qué andás ahora con la cabeza envuelta?, le gritó. Es que tengo dolor de cabeza. Pues quitate ya ese yagual y buscá que hacer. Y no contenta con regañarla, ella misma le arrebató el trapo y cual no sería su sorpresa al ver aquel lucero luminoso que Rosalba tenía en la frente. La obligó a contarle todo y Rosalba lo hizo con la purita verdad.
Pues mañana, le dijo la vieja a su Libusy, vas a ir vos y cuidado con portarte malcriada con esa anciana, te quiero ver con tu lucero en la frente. Así fue.
NO ES PARA CUALQUIERA SILBAR A CABALLO
A la mañana siguiente la Libusy iba echando sapos y culebras cargando el canasto de tripas, pero no vio a una viejecita sino a un viejito todo curcuchito, mancunchito y debilito. Hijita tengo hambre, dame un bocadito de tu merienda. Bonita estaría yo dando de comer a cualquier muerto de hambre, respondió con malacrianza la Libusy. Si no querés darme un bocadito dame un traguito de agua que tengo sed, dijo el viejito. Viejo saparrastroso, respondió a gritos la Libusy, acaso yo soy tu papa o tu mama, andá volá y bien alto.
El viejecito se arrechó de tanta crueldad. Por tu mal comportamiento –dijo– recibirás lo que mereces. Le hizo un pase de mago y de pronto la Libusy se vio con un gran guindandejo de carne negra que le salía de la frente. Furiosa se lo quiso arrancar pero nones, estaba bien pegado, además le dolía a cada jalón que le daba. Por fin se dio por vencida y se amarró un pañolón en la maceta y así volvió a su casa. La madre, que estaba asomada a la ventana esperándola impaciente, cuando la vio venir con la jupa envuelta se dijo: “Esa es mi hija, allá viene con su estrella”.
Pero cuando la Libusy se quitó el pañuelo y brotó aquel enorme moco, aquí fue la furia de las dos mujeres, maldijeron a diestra y siniestra, le echaron verbos a la puta que los parió y determinaron que de ahora en adelante la chavala andaría con la cabeza envuelta para que nadie le viera aquella horrible tripa de carne asada.
Y todo volvió a la normalidad, Rosalba por orden de su madrastra no se apeaba el pañuelo de la cabeza y así siguió yendo al río a lavar las tripas.
Pero a cierta hora, cuando “apercataba” que nadie la miraba, se quitaba el pañuelo para lavarse el pelo. Y ocurrió que una mañana andaba por ahí de cacería el hijo del Rey, y detrás de unos charrales observó a la bella niña y al brillante lucero que tenía en la frente.
Quedó flechado el carajo Príncipe y cuando llegó a Palacio le dijo al rey su padre: “Papá, ya encontré a mi futura esposa, es así y asá, que por aquí que por allá, mañana quiero que el primer ministro vaya a esa casa a pedir la mano de esa niña. Así lo hizo el funcionario, llegó a la casa de la Plutarca y allí mismo se cerró el contrato matrimonial, pero la vieja preparaba su artimaña.
LA LORA GRITONA Y ENCABE
Llegó el día del desfile de la boda y la Plutarca le ordenó a Rosalba que se metiera en el último rincón de la casa, mientras ella acicalaba a la Libusy y con un velo espeso le tapó el enorme chichote, así las cosas, llegó el Príncipe, se extrañó del atuendo de la novia, pero enamorado perdido que estaba no le paró bola, la tomó del brazo, la subió a la carroza destapada y comenzaron solemnemente el viaje hasta Palacio.
Pero un golpe de viento levantó de improviso el velo de la Libusy y el Príncipe le vio algunas cosas feícitas.
— Amorcito –le dijo–, por qué tenés esa piel tan negra y chamuscada?
— Sol negrió –respondió la Libusy–.
— Y ese pelo que por ahí asoma por qué es tan murruco?
— Sol murruquió.
— Y esa boca tan bemba y colorada?
— Avispa picó.
Bueno, se dijo el buen Príncipe, a lo hecho pecho, sigamos la marcha.
Así fue, pero tenían que pasar por una casa donde vivía una lora bandida que hablaba siete lenguas difuntas y ocho vivas, y que desde el techo donde estaba posada empezó a cantar a todo chifle.
“‘Moco de chompipe’ va por media plaza y Lucero del Alba se queda en casa...
“‘Moco de chompipe’ va por media plaza y Lucero del Alba se queda en casa...
— ¿Qué es lo que dice esa lora, amorcito? Preguntó el Príncipe a la Libusy.
— No le hagás caso, es una lora loca que vive ahí.
Pero la lora volvió con su pregón:
“‘Moco de chompipe’ va por media plaza y Lucero del Alba se queda en casa.
“Ya esto se pasa de pan tostado, dijo el Príncipe, y de un jalón le arrancó el velo y el trapo a la Libussy... Y va saliendo, como brincando, aquel enorme moco... ¡Puro guajolote!
— ¡Qué horror! Dijo el Príncipe, clase de encabe el que iba a cometer, ya nos regresamos a la casa de doña Plutarca para traer a mi amada Rosalba.
Así se hizo, y cuando la pareja pasaba por donde estaba la lora, ésta gritó: “Lucero del Alba va por media plaza y ‘moco de chompipe’ se queda en casa”.
Rosalba se casó con el Príncipe y dicen que tuvieron como cuatrocientos hijos y que fueron felices, comieron lombrices y saborearon perdices.
RELATOS PUROS Y SENCILLOS
En sus cuentos la abuelita Chilita descubre con amor y pasión personajes, temas y ambientes que son familiares porque están impregnados del pasado infantil que siempre vemos feliz y cercano. Son relatos que seducen por la sencillez campesina del lenguaje y su narrativa suele encaminarse a finales imprevistos y efectistas.
TODO ES POSIBLE
Si es necesario, en estos cuentos también hablan los animales y los caracoles corren como almas que se lleva el diablo.
No hay cortapisas para que un príncipe azul ronde las orillas del Río Malacatoya en cacería de zorros.
Tampoco imposibilita el relato el que tenga que existir un palacio real por Chontales, la abuelita lo pone y sigue de frente.
EL CUENTO DE LA PERRITA "OFENSIVA"
Pues sucede que la Cleofás vivía en la 21 de Octubre, y que la casa siguiente era habitada por la Juana Pelotas. Las dos mujeres eran arrechas a las chifletas y los insultos. Por esa razón en múltiples ocasiones habían cruzado sus tapas viperinas en prolongados duelos de vulgaridades y procacidades que figuran en los Guinnes Récords de los insultos.
Para ganar de mano a la Cleofás, la Juana Pelotas fue a la Policía, le sobó la mano al comisionado con unos billetitos morados, de manera que el funcionario fue a la casa de la Cleofás y le dijo: “Un insulto más que usted dirija a doña Juana Pelotas, y la encierro de por vida en la cárcel”.
La Cleofás dijo para sus adentros: “Hijo de la gran prostiputa, esta mujer sí que me jodió, y ahora cómo hago para ofenderla”.
Pero como a Dios se le dan las quejas y el diablo las disparejas, la Cleofás consiguió, quién sabe con qué maniobras, una perrita sarnosa, vaga, come cuando hay, de ladrido estridente y necio, y le puso el nombre de “Ofensiva”.
Y cuando la Juana Pelotas estaba barriendo su porche, ella con disimulo sacaba la perra a la calle, y le gritaba:
“Ofensiva, perra puta, ya me contaron que a vos te remolca cualquier bayunco y que te vas a vagar con las otras perras, que sos el candil de la calle de la 21, que a cualquiera le abrís el gancho y no respetas a nadie. Entrá a la casa ‘Ofensiva’, que ahora sí te voy a dar una buena apaleada, aunque a lo mejor tu madre es la que te pasó tanto rigio... Entrá ‘Ofensiva’, ya vas a ver con cuantas papas se hace un guiso”.
Y a cada rato se repetían las regañadas callejeras a la “Ofensiva”.
La Juana Pelotas se arrancaba los pelos de arrecha, y se fue de nuevo a la Policía, pero el inspector al escuchar sus lamentos le contestó: “No le pongás mente ¿No ves que es a su perrita a la que ella le habla en ese tono tan maternal?”.

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