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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 2 DE AGOSTO DE 2003
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La vida no es una novela

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Leonardo Padura.

 

Nicasio Urbina*

Uno de los lugares comunes de la mitología popular literaria, es decir, que la vida es una novela. Los productores en serie de biografías parten del presupuesto que cada vida encierra una historia digna de contarse, y la mayoría de los seres humanos tendemos a sospechar que nuestra vida está hecha de una serie de eventos, que bien contados, harían una novela magnífica. A todo narrador, a lo largo de su vida, la gente le regala historias que casi nunca terminan en novelas. Leonardo Padura (Cuba, 1955), publicó recientemente el libro titulado La novela de mi vida (Barcelona: Tusquets, 2002) ,donde narra la vida del gran poeta José María Heredia. La novela de mi vida está formada por dos líneas narrativas: la primera cuenta en primera persona, por medio de un narrador intradiegético, la historia de Heredia, pretendiendo ser un texto realmente escrito por Heredia pero irremediablemente perdido. La segunda línea narrativa es la historia de Fernando Terry, un cubano desterrado por el régimen castrista, que regresa a Cuba con un permiso especial, para buscar el texto perdido de Heredia. Esta segunda narración nos llega por medio de un narrador extradiegético, con focalización panorámica, y se desarrolla en el pasado inmediato.

Leonardo Padura es quizás el novelista más importante en Cuba actualmente. Su especialidad es la novela policíaca, y es el creador del ya famoso detective Mario Conde, protagonista de “Las cuatro estaciones” tetralogía formada por Pasado perfecto (1989), Vientos de cuaresma (1992), Máscaras (1994) y Paisaje de otoño (1996), todas publicadas por Tusquets. Padura es responsable por la renovación de la novela policíaca cubana, y uno de los mejores exponentes del género a nivel continental.

La novela de mi vida trabaja en parte dentro del género de la novela policíaca, ya que Fernando Terry regresa a Cuba del exilio forzado, en busca del manuscrito de Heredia titulado “La novela de mi vida”. De nuevo, entonces, el maestro de la novela policíaca cubana, el autor que ha venido a reformar y a transgredir el género en Cuba, nos ofrece una nueva y creativa versión de la novela policíaca latinoamericana. La investigación de un crimen, en este caso no se trata de un asesinato, la búsqueda, la indagación, las pesquisas, la deducción y la inducción, el interrogatorio, todos los elementos de la novela policíaca los encontramos en esta maravillosa narración titulada La novela de mi vida.

Sin embargo, el crimen en este caso es un crimen literario. La víctima es un manuscrito que aparentemente ha desaparecido, ya que revelaba el origen bastardo de un miembro de la familia más importante de la isla. Por otro lado esa investigación nos lleva a la discusión sobre la autenticidad del poema épico cubano Espejo de paciencia, supuestamente escrito por Silvestre de Balboa en el siglo XVII, y recogido por Félix de Arrate en su Historia de La Habana. La invención de este poema según la teoría que se defiende en la novela, tiene razones nacionalistas muy claras e importantes. Se trata de un hecho literario, deliberado y espúreo, con el objeto de crear un precedente histórico, donde el esclavo se representa como contento y resignado a su situación de manumitido. Tenemos así un poema épico, que canta el nacimiento de una nación, y justifica al mismo tiempo la esclavitud reinante.

José María Heredia, el primer gran poeta de Cuba y el gran romántico de América Latina, se encuentra en el ojo de este huracán histórico-literario, es víctima de la lucha por la emancipación de la isla del yugo colonial español, es víctima de las artimañas y triquiñuelas de su amigo Domingo Vélez, supuesto defensor y editor de sus poemas, pero que al final se revela como el hombre que lo delató y lo traicionó por celos literarios, porque sabía que nunca podría escribir un poema como los de Heredia, y porque, cazador de fortunas, se casó con la hija de un gran magnate de la industria azucarera. Domingo urde por estas razones el hallazgo de un poema épico fundacional, que por un lado desplaza a Heredia como el primer gran poeta cubano, y por el otro, justifica la esclavitud de los negros en Cuba.

“La novela de mi vida” texto que busca Fernando Terry desesperadamente, se nos ofrece en la novela en segmentos alternados con las narraciones de Terry en una Cuba contemporánea. Hay aquí un juego de ilusiones e ironías.

Como en “The Purloined letter” de Edgar Allan Poe, las cosas están en el lugar más evidente y claro, y precisamente por eso, no las podemos ver. Leonardo Padura, maestro del arte policíaco, nos engaña y nos seduce, rescata la angustiosa biografía de José María Heredia, lleva a cabo una crítica descarnada contra la dictadura militar cubana, pero lo hace de una forma tan sutil y tan literaria, que los sabuesos de la censura castrista no han podido silenciarlo.

“Dadme mi lira, dádmela, que siento / en mi alma estremecida y agitada / arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo / en tinieblas paso sin que mi frente / brillase sin su luz...” Pocos versos hay tan famosos en la historia de la literatura latinoamericana, versos que ruegan y claman por la inspiración poética, por el misterio incomprensible e inexplicable de la inspiración poética. Padura aprovecha ese misterio, lo une a otros enigmas de índole amorosa, de índole política, de índole literaria, para vendernos una de las novelas más interesantes y sutiles de este principio de siglo en la literatura hispanoamericana.

*Catedrático de la Universidad de Tulane.  
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La vida no es una novela


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