SáBADO 2 DE AGOSTO DEL 2003 / EDICION No. 23168 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




“El ciudadano Havel”

Con este mismo título, el diario norteamericano The New York Times publicó esta semana un artículo sobre el ex Presidente de la República Checa, Vaclav Havel, seis meses después de que entregó el poder al cabo de 14 años de fecundo ejercicio presidencial.

Vaclav Havel fue uno de esos raros gobernantes que todos los pueblos del mundo quisieran tener: inteligente, culto, capaz, eficiente, modesto, y por sobre todas las cosas, íntegro y honesto a carta cabal.

Precisamente por eso Havel fue el jefe de Estado más exitoso de todos los países que fueron dominados por regímenes comunistas y revolucionarios, todos los cuales son extraordinariamente complicados, porque la principal herencia que les dejó el totalitarismo es la ingobernabilidad y la pérdida de valores tan elementales como la afición al trabajo, la confianza en las propias fuerzas, la honradez profesional y la moralidad personal. Algo que muy bien conocemos en Nicaragua donde todavía sufrimos las consecuencias nefastas del estatismo socioeconómico y el relativismo moral impuesto durante el decenio revolucionario de 1979 a 1990.

Havel logró conducir en su país –Checoslovaquia, primero, República Checa, después de la separación de Eslovaquia– la más apacible de todas las transiciones democráticas en la antigua Europa Oriental comunista, al grado de que su gobierno fue calificado por la comunidad internacional como “la revolución de terciopelo”. Y lo hizo ante todo porque predicó con el ejemplo, pues estando en el poder llevó la misma vida sencilla que cuando estaba en la llanura, porque no se aprovechó del gobierno para enriquecerse y ni siquiera para asignarse sueldos desmedidos ni aceptar pensiones inmerecidas, porque se condujo de acuerdo con el principio de que la ley está sobre la voluntad personal pero la honestidad está por encima de la ley.

Por eso no sorprende saber que sólo seis meses después de que entregó la Presidencia de la República, Havel ha vuelto a ser un disidente en su país; no sólo un ciudadano común y corriente, sino también una voz profética que paga un alto precio por su independencia y por sus críticas a los errores y los abusos del poder –porque ahora otra vez los hay–, como enfrentar grandes dificultades para recaudar los fondos que necesita a fin de construir una biblioteca y un centro de conferencias para trabajar en defensa de los derechos humanos y de los valores democráticos que él tan cuidadosamente cultivó.

Pero, como demócrata y libertario por excelencia que es, Havel ha dicho que las dificultades que enfrenta –ahora los empresarios lo eluden y le niegan la colaboración que solicita, para no ser mal vistos por el nuevo gobernante– “son una buena señal, porque confirman mi convicción de que soy un hombre libre, difícil de manipular. ¿Qué más puedo pedir?”.

En los próximos días Havel irá a Estados Unidos, donde será condecorado por el presidente George W. Bush con la Medalla de la Libertad, por defender la política exterior norteamericana y la expansión de la OTAN en Europa Oriental. Esto le ha atraído la crítica venenosa de los izquierdistas y comunistas, lo que no altera al ex presidente checo, que así como ha apoyado la política de Estados Unidos en pro de la democratización de los antiguos países comunistas euro-orientales, también critica las políticas del gobierno de Washington que le parecen incorrectas.

Por ejemplo, Vaclav Havel comparte y promueve la visión estadounidense, de que es necesario reprimir a los regímenes opresores y genocidas, como el derrocado de Saddam Hussein en Irak o el decrépito pero muy malévolo de Fidel Castro en Cuba, pero igual ha advertido a Estados Unidos que el nuevo orden internacional “debe basarse en la visión de un mundo multipolar y multicultural, donde las entidades fundamentales sean iguales, se respeten mutuamente, respeten sus diferencias y compartan algunos principios básicos de convivencia”.

Dicen los historiadores que en Nicaragua hubo, en la segunda mitad del Siglo 19, gobernantes sencillos y honestos que salieron del poder tan pobres como entraron, sólo más ricos en dignidad y respeto de sus conciudadanos. Como Vaclav Havel, de quien nuestros políticos deberían tomar ejemplo para que el país pueda salir del vergonzoso sistema del caudillismo autoritario y corrupto que impide el desarrollo y envilece a la nación.
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“El ciudadano Havel”