Ética, comunicación y niñez
Guillermo Rothschuh Villanueva guiller@ns.uca.edu.ni
Los resultados de una encuesta realizada por Dos Generaciones a los periodistas capitalinos en los meses de diciembre de 2001 y enero de 2002 para conocer el grado de conocimiento y valoración que tenían sobre temas vinculados con la niñez y adolescencia, no podían ser más desalentadores. Los datos revelan el conocimiento limitado que poseen acerca del Código de la Niñez y Adolescencia, un cuerpo jurídico sometido a todo tipo de escarnio y que por este mismo hecho debió haber concitado la atención de su lectura, especialmente de parte de los periodistas nicaragüenses. Uno solo de los datos reportados evidencia las contradicciones en que incurren los periodistas nacionales, al sugerir de manera licenciosa su reforma: apenas el 3.7 por ciento de los encuestados afirmó haber leído el Libro II del Código.
Como contrapartida, el 74.3 por ciento de los encuestados se mostró interesado en conocer a fondo y manejar con destreza los alcances jurídicos y las implicaciones sociales, políticas e institucionales que demanda dicho instrumento para su plena cristalización. Una actitud realista en un país literalmente de niños y adolescentes (48.2 por ciento menores de dieciocho años) y una prueba más del interés que tienen los periodistas nicaragüenses por mejorar sus calificaciones profesionales y apropiarse eficazmente de un tema complejo en sus variantes y polémico en sus alcances. La respuesta a las demandas de una mayor capacitación profesional de parte de los periodistas ha sido la creación de dos postgrados en Comunicación y Derechos de la Niñez. Una iniciativa impulsada conjuntamente por Save the Children, UNICEF, Dos Generaciones, la Procuraduría para la Niñez y Adolescencia y la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA.
Los datos arrojados por la encuesta de Dos Generaciones (el 29.6 por ciento dice haber leído el Libro I del Código de la Niñez mientras en el otro extremo, el Libro III apenas había sido leído por el 7.4 por ciento de los entrevistados) me convencen una vez más de que no se puede realizar un ejercicio periodístico responsable, si quienes informan poseen un conocimiento limitado sobre lo que están informando a la ciudadanía. El desempeño profesional resulta más dramático cuando se manifiesta a través de la expresión de opiniones sobre un tema que en la práctica ni siquiera dominan. Estos vacíos ratifican la necesidad de ampliar y mejorar sus conocimientos para alcanzar los más altos estándares profesionales.
Cada vez cobra más vigencia la certeza de que en el ejercicio del periodismo, la buena voluntad y la honestidad no son suficientes para encarar exitosamente cualquier tema, máxime tratándose de un tema tan delicado como es el de los derechos y deberes de la niñez y adolescencia. Para asumir esta tarea, se necesita del dominio y conocimiento de lo que se está informando y planteando a la ciudadanía. Los límites de la honestidad están previamente determinados por los límites del conocimiento. El planteamiento de Javier del Rey es incuestionable: “Al periodista se le supone una amplia formación —sostiene del Rey— porque su tema en definitiva es hurgar en la sociedad, distinguir entre medios y fines, priorizar y conseguir racionalidad en el tratamiento de los temas socialmente relevantes”.
En un país en donde no existen leyes que normen la libertad de expresión, la autorregulación se impone de inmediato. Los vínculos entre el conocimiento que impone cualquier disciplina y la dimensión ética del ejercicio profesional son muy estrechos. A eso se debe en la actualidad, la insistencia de plantear la relación directa que existe entre la ética y la calidad de la información que se brinda a la ciudadanía. Esta verdad obliga a preguntar, como lo hace el experto en comunicación uruguayo Luciano Álvarez, ¿en qué medida las carencias de formación teóricas y prácticas, acompañadas de la renuncia a la reflexión serena sobre el trabajo profesional, no constituyen un problema ético? Todavía insiste en preguntarse Álvarez, “¿qué sucede cuando un periodista, por mala información, por pereza mental, por incapacidad para el análisis, no utiliza a fondo los recursos que su profesión le impone? ¿No hay allí un problema ético?” La situación se agrava en un contexto como el nuestro, porque ¿a qué o a quién puede apelar un individuo, institución o colectividad, ante un periodista mal informado y mal formado, debido a las fallas de uno de los mediadores discursivos más relevantes de la sociedad contemporánea?
Aún cuando el periodista se comporte de la manera más honesta en el tratamiento de la información y la exposición de sus puntos de vista sea sincera, tenemos que concluir inevitablemente que eso no basta. Ante esta realidad el postgrado en Derechos de la Niñez y Comunicación está soportado en esta doble dimensión del ejercicio profesional. Con el agregado de incentivar y proyectar los conocimientos desde una perspectiva ética, ante la advertencia temprana formulada por Voltaire: ciencia sin conciencia es la ruina del alma. A eso se debe que el tema de la ética dentro del postgrado Derechos de la Niñez y Comunicación, tenga como marco referencial el conjunto de normas y tratados internacionales establecidas sobre los derechos humanos.
El autor es Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA.

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