Folclor e identidad nacional
La celebración de Santo Domingo, en Managua, es sin duda la fiesta folclórica más importante de Nicaragua. Pero no porque sea superior, culturalmente, a las demás festividades populares del país, sino simplemente porque en la capital se concentra la mayor parte de la población nacional y necesariamente es mucho mayor la cantidad de gente que participa y los recursos que se movilizan durante los diez días de este festejo patronal.
Como es bien sabido, las numerosas fiestas patronales que cada año se celebran a lo largo y ancho de todo el país son mucho más folclóricas que religiosas, y todas ellas ofrecen brillantes muestras de la música, bailes, vestimentas, comidas y bebidas, ornamentaciones, artesanías y demás expresiones de esa esencial forma de cultura nacional que es el folclor.
El folclor constituye uno de los aspectos vitales de la herencia cultural, que nos distingue y da identidad en nuestra condición de nicaragüenses. En los valores y las expresiones culturales, ante todo folclóricas, es precisamente en los que todos los nicaragüenses nos identificamos como una sola nación, por encima de la diversidad étnica y al margen de las muchas veces mezquinas diferencias y antagonismos ideológicos y políticos.
“Podría decirse, sin incurrir en exageración, que el folklore es la patria, como que es el depósito de la sabiduría y cultura que nos han legado nuestros abuelos. Conservar su pureza y mantener su incolumidad es sagrado deber de los patriotas. Se honra a la patria custodiando su tesoro folklórico, sin alterarlo, sin menoscabarlo, sin adulterarlo, sin mixtificarlo y sin permitir que lo hagan hijos inescrupulosos”, escribió el eminente maestro y académico don Enrique Peña Hernández, en su insuperable obra Folklore de Nicaragua.
Ciertamente, el folclor es la sustancia conceptual y artística de nuestra cultura positiva, que expresa de manera espontánea, sencilla y popular los mejores sentimientos y rasgos de carácter de los nicaragüenses. El folclor representa la historia viva y la manifestación gozosa de la voluntad del pueblo de perpetuarse en el tiempo presente y futuro de su historia.
Por supuesto que lo más importante del culto al folclor no es la simple participación como espectadores en estas celebraciones patronales. Lo fundamental es cultivar incesantemente las expresiones folclóricas de la cultura nacional, aprender y enseñar a las nuevas generaciones a distinguir en sus múltiples manifestaciones lo genuino de lo artificioso, lo sustancial de lo superficial, lo legítimamente nacional de lo copiado (como por ejemplo, ciertas vestimentas y estilismos en los bailes que no son verdaderamente nicaragüenses). En verdad, una de las peores desgracias que puede sufrir un pueblo es la distorsión de sus expresiones folclóricas, ya que esto significa quebrantar la cultura nacional y perder la propia identidad, es decir, lo que nos hace únicos, distintos e importantes entre los demás.
Al respecto debemos llamar la atención sobre la necesidad e importancia de cultivar la educación en folclor —lo mismo que en iniciación artística—, que debería ser parte sustancial del nuevo currículo escolar, lo que le daría sentido de realidad y permanencia a la consigna del actual Ministro de Educación, de que hay que educar para la vida.
Sólo de esa manera se podrían preservar, enriquecer y difundir las riquezas culturales del país, pues nada mejor que las aulas escolares para cultivar y hacer florecer las expresiones formales de nuestro folclor, y para protegerlas tanto del olvido como de las falsificaciones que introducen quienes lo manejan y explotan con fines estrictamente comerciales.
En realidad, en lo que se refiere a identidad y cultura nacional, y en consecuencia al folclor, es que cobra su mayor sentido la sabia advertencia de que los pueblos que carecen de memoria son aquéllos que permiten que se diluyan o que se mueran los rasgos de su propia personalidad y de su esencia cultural.
Máxime en los actuales tiempos de globalización en los que no sólo nos invaden los productos materiales de otros países más competitivos que Nicaragua, sino también sus bienes culturales y sus expresiones artísticas, que así como la bebida de cola y la hamburguesa desalojan al “tiste” y al quesillo, podrían también desahuciar de nuestra alma común la rica variedad de la cultura histórica y folclórica nacional.

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