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VIERNES 25 DE ABRIL DEL 2003 / EDICION No. 23069 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Y además…
Ecce Homo

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Luis Sánchez S.
luis.sanchez@laprensa.com.ni

A mediados de Semana Santa (el miércoles) me visitó una señora para hablarme de su devoción al Divino Ecce Homo, y pedirme que escribiera sobre esa, a su juicio, muy milagrosa imagen.

La señora (que me pidió conservar su anonimato) me dijo que le había impresionado la información que di en la columna “Dolores” (viernes 11 de abril) sobre que los antiguos griegos y romanos representaban el dolor mediante una imagen humana —mujer o varón—, con la mejilla apoyada en una mano y una expresión de inmenso sufrimiento en el rostro. Como la escultura de la Madre Patria en el Monumento de Montoya, en Managua.

La señora me habló de los milagros que le ha hecho el Divino Ecce Homo y me informó que en la Catedral de León hay una imagen de éste, lo mismo que en la iglesia de Nagarote, pero en ésta se encuentra embodegada y sólo la sacan para las procesiones de Semana Santa.

Fui a León el Jueves Santo, y en efecto, allí está la imagen (de bulto), impresionante, encerrada en una humilde jaula de madera, sangrantes las heridas de Jesús, sentado en un banquillo, la mejilla derecha apoyada en una mano, con una expresión conmovedora de infinito dolor que lo hace pensar a uno en la célebre frase de la santa muerte: “Elí, Elí ¿lamá sabactani?” (Dios, Dios, ¿por qué me has abandonado?).

Ecce Homo (“este hombre”, en latín) es la célebre expresión de Poncio Pilato cuando presentó a Jesús ante la multitud, flagelado, con la corona de espinas sobre la cabeza sangrante y como cetro una caña en la mano: “Aquí tenéis a este hombre” (Jn. 19.5). Desde entonces la expresión denomina la imagen física degradada y doliente de Jesús, y por extensión, “persona lacerada, rota, de lastimoso aspecto”, según el Diccionario de la Lengua Española.

Al parecer el centro de la devoción al Divino Ecce Homo (también llamado “Señor de la Caña”) es Ricaurte, un pueblo del municipio de Bolívar, en el Departamento de Valle; y comenzó en el siglo XVIII, cuando un comerciante llamado Rafael Urriago al acercarse al río cerca de Ricaurte, para beber agua, encontró tirado en la orilla un cuadro con la imagen de Jesús doliente.

Urriago guardó el cuadro en su casa y antes de morir lo confió a su madre, María Manuela Urriago. Ésta la heredó a la hija menor, María Sixta Cruz, quien a su vez la dejó a su hijo de crianza, Gregorio Beltrán, quien acostumbró llevar el cuadro por los pueblos cercanos para colectar limosnas para “la fiesta del santo”.

Con el tiempo la gente comenzó a atribuirle milagros a la imagen, y le hacían alegres festejos cuando Gregorio Beltrán, primero, y su hija Domitila Triviño, después, la llevaban de pueblo en pueblo, y en las romerías que se hacían a la casa de esta última. Hasta que en 1928, el obispo de la diócesis dispuso que el cuadro fuera depositado permanentemente en la capilla de Ricaurte.

En 1933 el obispo, monseñor Díaz, fijó el segundo domingo de julio para la festividad del Divino Ecce Homo. Posteriormente el arzobispado estableció definitivamente el último domingo de agosto para su celebración.

En Nicaragua, según mi visitante del Miércoles Santo, el culto al Divino Ecce Homo está creciendo por los milagros con los que frecuentemente favorece a sus devotos. Y a lo mejor algún día le erigen su propio templo de veneración.  
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