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VIERNES 25 DE ABRIL DEL 2003 / EDICION No. 23069 / ACTUALIZADA 02:30 am
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El difícil manejo de la libertad de expresión

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Fabio Gadea Mantilla

En Nicaragua siempre se tuvo como meta suprema el que existiera irrestricta libertad de expresión. Los nicaragüenses nacieron bajo un sistema dictatorial en el que los espacios de libertad se lograban por pequeños períodos de tiempo, y en donde siempre, al final la dictadura, se le pasaba la cuenta a la gente. En los años cuarenta había varios periódicos de oposición: LA PRENSA, La Noticia, La Flecha, La Nueva Prensa. Luego apareció El Gran Diario, del poeta Adán Selva; La Tribuna, del Dr. Jacinto Suárez Cruz; e Impacto, del periodista Ignacio Briones Tórrez, etc. etc.

Todos criticaban a la dictadura. Unos más que otros, pero todos atacaban. Eso sí. Somoza García, el primero de los Somoza, les llevaba la cuenta, les contaba sus incursiones en aquellos pequeños espacios de libertad y tenía anotadas las fechas y los adjetivos que los periódicos le habían dedicado. Así, en el momento en que el dictador quería, hacía aparecer un supuesto cargamento de armas en alguna playa, armas puestas ahí por sus mismos esbirros, hacia una conferencia de prensa e inmediatamente decretaba un estado de sitio. No había garantía para nadie y comenzaba la censura a todos los periódicos que en ese tiempo eran los únicos medios de difusión de noticias pues no se había desarrollado aún el radioperiodismo como se conoce ahora y la televisión no había sido inventada. Terminaban así los pequeños espacios de libertad de expresión en el momento en que el dictador se sentía de mal humor.

En otras ocasiones ocurría algo peor. Se inventaba todo un complot en contra del gobierno y caían presos todos los periodistas de oposición y todos los opositores políticos. Muchas veces fueron puestos en la frontera tica, en pijama, personajes como Pedro Joaquín Chamorro, Pablo Antonio Cuadra, Emiliano Chamorro, Enoc Aguado, Enrique Espinoza Sotomayor, Manolo Cuadra, etc. etc.

Hoy en día se sigue anhelando la libertad de expresión y se ha logrado tenerla, pues los sacrificios históricos, junto a los avances del mundo moderno permiten disfrutar de una protección casi universal en defensa de la libertad de expresión. Cierto que hay sus pequeños trucos como las pautas publicitarias de los gobiernos o las leyes que puedan restringir las importaciones de los medios, pero en lo general hay libertad plena para expresarse.

El problema ahora es al revés. ¿Cómo practicar esa libertad guardando el debido respeto para los ciudadanos y también para los funcionarios de los gobiernos? Para mí que la única manera de proteger la libertad de expresión lograda es, como dijo Martí, preservándola sin temblar de quienes la comprometen con sus errores. Hacer uso de un micrófono en la televisión o en la radio para decir vulgaridades, para ofender en forma grotesca y sin consideración ni respeto a los adversarios políticos, usar un lenguaje incorrecto por no conocer las elementales leyes de la gramática o de la preceptiva literaria, eso es desfigurar la libertad de expresión; convertir en ofensa al ciudadano una bellísima conquista lograda con grandes sacrificios. Hacer comentarios partidarizados, chocarreros y tendenciosos para burlarse de los adversarios políticos es tener una visión completamente miope de la libertad de expresión, es precisamente poner en peligro una gran conquista de estos tiempos.

Se impone en nuestro ambiente la necesidad de una mejor selección de personal por parte de los dueños de medios de comunicación. No se puede permitir que, el más atrevido o el más vulgar o el más gracejo, por un inútil afán de figuración, pongan en peligro la hermosa conquista de la libertad de expresión.

El autor es empresario radial.  
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