Nueva reforma fiscal
Dice un antiguo axioma político que lo mejor que se puede hacer para colocar a un país en el estancamiento económico y sumir a su gente en la pobreza, es dictar más impuestos, desalentar con más cargas tributarias a quienes más trabajan y ganan, y desperdiciar más recursos en gasto público improductivo.
Es cierto. Así como también es característico de los países atrasados que sus gobernantes tengan una mentalidad mercantilista, y que su máxima preocupación sea incrementar la recaudación para tener más que gastar en su propio provecho y en lo que pomposamente llaman “gasto social” para beneficiar a los más pobres.
Pero la experiencia de muchos países que fueron tan pobres como Nicaragua y ahora son prósperos, demuestra que se puede tener un Estado eficaz con menor gasto y, por lo tanto, con menos impuestos. En realidad, nada justifica que haya un Estado grande e ineficaz, que gasta mucho y mal, y que no cumple como es debido ni siquiera sus atribuciones más elementales.
Valgan estas reflexiones ahora que el Poder Ejecutivo ha presentado ante la Asamblea Nacional el proyecto de una nueva reforma fiscal. Al respecto, en la comparecencia pública del Presidente de la República, el miércoles de esta semana, y en una presentación que el Ministro de Hacienda, Eduardo Montealegre, hizo en LA PRENSA el mismo día, explicaron que lo que se pretende es sanear el sistema impositivo, promover las exportaciones, expandir la economía, asegurar el perdón del 80 por ciento de la deuda externa, hacer que paguen menos los que menos ganan y obligar a que más paguen los de mayores ingresos, y ampliar la inversión social del Estado.
¡Qué bonito! Pero eso mismo se dice siempre que se dictan nuevos impuestos y se aprueban reformas fiscales, que ya son incontables.
No obstante, no queda más remedio que dar el beneficio de la duda a la nueva reforma fiscal y desear que se cumplan esos propósitos del Gobierno.
Preguntamos al Ministro de Hacienda qué está dando el Gobierno al FSLN para que respalde la reforma fiscal en la Asamblea Nacional, puesto que los votos de la izquierda son indispensables para aprobarla. Y el ministro aseguró que nada les está pidiendo ni le están ofreciendo a la oposición sandinista, salvo la oportunidad de lucirse aprobando una reforma de incuestionable beneficio nacional y popular.
Nos parece imposible, en realidad, que un partido tan sagaz como el FSLN desperdicie esta oportunidad para conseguir algo en su provecho (por ejemplo más magistrados de la Corte Suprema de Justicia), pero no tenemos ninguna razón ni evidencia para dudar de la palabra del Ministro de Hacienda.
Por supuesto que sería motivo de júbilo nacional que los legisladores sandinistas y liberales arnoldistas dejaran a un lado sus intereses particulares, y que asumieran con responsabilidad la reforma tributaria, atendiendo únicamente los intereses de la nación y las aspiraciones de la ciudadanía.
No obstante, nosotros seguimos sosteniendo que la verdadera reforma fiscal que necesita el país para crecer económicamente, promover la creación de empleos productivos y comenzar a reducir la pobreza, es una que disminuya impuestos en vez de que los aumente y los haga “equitativos”, pues con esto último se castiga a quienes trabajan fuerte y crean riqueza, y se beneficia a los haraganes y a quienes viven a expensas del trabajo y del mayor esfuerzo de otros.
Se dice que en los países ricos la gente paga más impuestos que en Nicaragua y por eso pueden ofrecer amplios y adecuados servicios públicos. Es cierto. Mas para repartir ahora la riqueza y hacer que la gente pague muchos impuestos, primero trabajaron duro y crearon el bienestar que ahora pueden redistribuir, e incentivaron con bajísimas cargas fiscales el desarrollo económico y el crecimiento de inversionistas y trabajadores.
No hace mucho al presidente del Banco Central de Canadá, Gordon Thiessen, le preguntaron cuál era el secreto del desarrollo y la prosperidad de la sociedad canadiense. “Canadá comenzó a crecer vigorosa y genuinamente sólo cuando bajó la deuda pública, cuando se redujeron el gasto público y los impuestos. Eso —dijo Thiessen—, produce un shock de confianza, más inversión y nuevas perspectivas de mayor crecimiento”.
¿Pero cuándo nosotros comenzaremos a aprender de esos buenos ejemplos? 
|