El estrés escolar
Ernesto González Valdés egonzav@uam.edu.ni
El estrés o stress, en medicina, es considerado un proceso físico, químico o emocional producto de una tensión que puede llevar a la enfermedad física. Se plantean tres etapas en el desarrollo de este proceso:
1. Alarma, el cuerpo reconoce el estrés y se prepara para la acción, ya sea de agresión o de fuga. 2. Resistencia, el cuerpo repara cualquier daño causado por la reacción de alarma, donde si la causante del estrés continúa, el cuerpo permanece alerta y no puede reparar los daños. 3. Agotamiento, se agotan las reservas de energía del cuerpo y puede llevar en situaciones muy extremas incluso a la muerte.
Extrapolemos esta situación a la escuela, analizando primeramente ¿quiénes están sometidos a estrés en el centro escolar? Evidentemente los dos actores principales. Los docentes y los estudiantes. Vamos por partes.
El docente, en su mayoría en nuestras escuelas: mujeres, donde el sexo femenino es mucho más propenso que en el hombre, ya que ella además de tener la carga laboral, tiene la carga familiar (y sobre todo en nuestra sociedad, que aún sigue siendo muy machista).
La profesora, no sólo prepara clases, estudia, busca medios didácticos, atiende los problemas personales como una gran consejera y hasta a veces de forma maternal con los alumnos y alumnas, donde en muchas ocasiones la situación hogareña de donde proceden, es bien compleja; pero además habrá de planificar, organizar, dejar las cosas listas de su casa, para que posteriormente a su regreso (posiblemente en la noche después de dar clases en más de un centro) con el apoyo del resto de la familia (¿esposo?, abuela, los niños más “grandes”, la hermana, etc.) ver cómo se solucionaron los problemas y lo que quedó más o menos, ella enfrentarlo y darle solución.
Lo antes descrito, lo concibo como si fuese una olla de presión en potencia, lo que al parecer la válvula que evita el estallido, en cientos de profesoras y profesores, funciona de maravilla, y por eso no explotamos.
El estudiante sentado horas frente a un mismo profesor o varios profesores —dependiendo del tipo de nivel o enseñanza— presionado desde la casa, sobre todo si resulta perezoso al levantarse, en que hay que insistirle “n” veces que se levante, para que no sólo llegue puntual a clases, sino que también tenga tiempo de darle una nueva “ojeadita” a lo estudiado en la noche anterior, estrés que inclusive pudo haberse iniciado desde la noche anterior: ¿Hiciste la tarea? (¡Alto!: Papá o mamá ¿Usted le revisó la tarea?), ¿Alistaste la ropa?, ¿Los zapatos están lustrados?, ¿La mochila está lista? Luego, todo lo anterior, nos conlleva a pensar, que estamos formando futuras ollitas de presión.
¿Cómo solucionar, todo lo anterior?
1. Exteriorizar las emociones: En docentes, comentar las preocupaciones y sentimientos que nos angustian y que posiblemente un buen consejo o una invitación posterior a una exquisita sopa “descargue” la solución al menos temporal del problema o de los problemas; en estudiantes de igual forma pero ya llevados al juego (dependiendo de la edad obviamente) o del cambio de actividad: al cine, al parque, o simplemente entablar conversaciones sanas.
2. Eliminar las tareas innecesarias: Ello conlleva (para ambos alumnos y profesores) a un uso racional del tiempo, entiéndase saber gestionar el tiempo y planificar la jornada y en esto nos falta mucho camino por andar.
3. Autorreflexionar: Siendo muy importante conocerse a sí mismo, para poder detectar los elementos causantes del estrés para evitarlos. La experiencia, la formación y la personalidad de cada uno contiene herramientas para atajar la tensión. Y se me olvidaba: ¡Sonría! 
|