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SáBADO 12 DE ABRIL DEL 2003 / EDICION No. 23059 / ACTUALIZADA 02:52 am
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Desde Westfalia hasta Bagdad

Ante la caída del régimen de Saddam Hussein, en Irak, los líderes de la coalición anti terrorista —el presidente estadounidense, George W. Bush, y el primer ministro británico, Tony Blair— dijeron en Belfast, Irlanda del Norte, que la ONU debe jugar “un papel vital en la posguerra iraquí”.

Esa expresión de los líderes democráticos victoriosos demuestra generosidad hacia la organización internacional que fue incapaz de tomar decisiones apropiadas para defender la libertad y derrotar la amenaza terrorista mundial, o es simplemente una actitud de realismo político para que toda la comunidad internacional participe en la reconstrucción material del Irak posbélico.

Pero confiar la reconstrucción institucional de Irak a la ONU podría ser un grave error, por los antecedentes y las fuerzas políticas que predominan en esa organización internacional, que no garantizarían un futuro genuinamente democrático para aquel país devastado por la tiranía absolutista de Saddam Hussein.

En realidad, lo que se debería hacer es considerar seriamente la posibilidad de sustituir a la ONU con otra organización internacional que tenga capacidad de decisión para responder a las nuevas circunstancias imperantes en el mundo, que son muy diferentes a las que había en 1945, cuando se creó la Organización de Naciones Unidas.

Según los historiadores, la comunidad internacional contemporánea nació en 1648, con los tratados para la Paz de Westfalia que pusieron fin a las Guerras de los Treinta Años y legitimaron el primer gran reparto del mundo de la historia moderna.

La comunidad internacional westfaliana duró hasta el 28 de junio de 1919, cuando se firmó el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial y decidió el segundo reparto del mundo. Posteriormente, en la Conferencia de Yalta del cuatro al 11 de febrero de 1945, los gobernantes de las potencias triunfantes en la Segunda Guerra Mundial (Franklin D. Rossevelt, de Estados Unidos; Winston Churchill, de Inglaterra; y Yosif Visoriónovich Stalin, de la Unión Soviética), decidieron las condiciones del nuevo orden mundial y efectuaron el tercer reparto del mundo.

Por cierto que con la caída del Muro de Berlín, de la Unión Soviética y del sistema de Estados comunistas europeos, en 1989, la comunidad internacional comenzó a vivir una cuarta etapa de su desarrollo. Pero, aunque la caída del comunismo modificó dramáticamente el mapa geopolítico mundial, no hubo en esa ocasión un nuevo reparto del mundo, lo que indica que se ha operado un cambio radical en el sistema de hegemonías internacionales, es decir, que de la bipolaridad se pasó a la unipolaridad, y ahora, de ésta a la multipolaridad.

En este contexto, la situación en que ha quedado la ONU como consecuencia de la guerra en Irak es prácticamente igual a la de la Sociedad de Naciones en 1946, cuando ésta se disolvió por haber sido incapaz de impedir la Segunda Guerra Mundial.

La Sociedad de Naciones fue creada al terminar la Primera Guerra Mundial (194-1918), por iniciativa del presidente estadounidense Woodrow Wilson, con el propósito de impedir una nueva conflagración, para mantener y consolidar la paz internacional y fomentar la cooperación económica, material y cultural entre los diversos Estados del mundo. Pero la Sociedad de Naciones fracasó estrepitosamente cuando los claudicantes gobiernos europeos, particularmente de Francia e Inglaterra, no quisieron enfrentar a tiempo al agresivo nazi-fascismo alemán y más bien entraron en componendas con Hitler, con el Pacto de Munich del 29 de septiembre de 1938.

Aquello fue muy parecido, guardando las diferencias de tiempo y circunstancias, a la posición ahora de los gobiernos de Francia y Alemania de no querer actuar resueltamente, junto a Estados Unidos, contra Irak, aunque tampoco pudieron facilitar una solución pacífica a la crisis forzando la abdicación de Hussein. De manera que Estados Unidos y el Reino Unido se vieron obligados a ir solos a la guerra para derrocar al régimen de Bagdad.

Una nueva organización internacional debería agrupar sólo a los Estados genuinamente democráticos y que estén dispuestos a rechazar con los recursos que sea necesario, al terrorismo y el totalitarismo mundial. Pero evidentemente eso no es posible, por ahora, tal vez hasta que estalle una nueva crisis en el inevitable enfrentamiento del mundo libre con los Estados que auspician y financian el terrorismo internacional.  
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