El vocero de la justicia
A ciegas, como alegóricamente se dice que es la justicia, en un artículo de opinión que publicamos ayer el vocero de la Corte Suprema arremetió contra LA PRENSA y personalmente contra nuestro jefe de redacción, Eduardo Enríquez, porque éste en su columna de los sábados (Blanco y Negro) criticó a los magistrados; y porque hemos publicado algunas de las muchas denuncias sobre corrupción en el Poder Judicial.
Al parecer el vocero quiere volver por sus fueros de antiguo reportero estrella de Barricada (el periódico que era órgano oficial del FSLN), cuando se perseguía a quienes criticaban al régimen totalitario sandinista; y cuando el ahora vocero de la justicia en su condición de reportero parlamentario y redactor político, intimidaba a los dirigentes democráticos de oposición acusándolos de contrarrevolucionarios y agentes de la CIA, e investigaba hasta por qué activistas cívicos tenían computadoras.
Pero gracias a Dios ya no estamos en aquellos tiempos. Ahora todos podemos opinar y criticar sin miedo al poder; e inclusive los agentes y voceros gubernamentales pueden criticar libremente a los periódicos y a los periodistas que los critican a ellos, aunque no puedan censurarlos ni reprimirlos.
El vocero de la justicia acusó a Eduardo Enríquez de que “no es objetivo” en sus críticas al Poder Judicial. Absurda acusación puesto que toda opinión es subjetiva por su propia naturaleza. Seguramente el vocero de la justicia no ignora algo tan elemental, puesto que él, además de hombre de “derecho” también es periodista. Lo que pasa es que en la mentalidad totalitaria, la opinión, para ser aceptable por el poder tiene que ser “objetiva” en el sentido de que debe reflejar la “verdad” oficial. Y quienes no opinan de esa manera “objetiva” son censurados, perseguidos, reprimidos y hasta condenados a prisión, como ha ocurrido y sigue ocurriendo actualmente en Cuba comunista.
Pero eso no puede acontecer donde hay libertad de expresión; y aunque le moleste a los fieles guardianes y voceros del poder, los columnistas tienen derecho a criticar “subjetivamente” a los gobernantes, sobre todo cuando su comportamiento es equívoco y poco o nada transparente.
Eso por un lado. Por otra parte el vocero de la justicia nos acusa de que publicamos un artículo con seudónimo para atacar como francotirador a la Corte Suprema de Justicia. Y asegura que de manera deliberada violamos nuestro propio código ético, aportando como “prueba” que en los archivos de la Corte no está registrada la persona (Fabián Ruiz Ramírez) que escribió el artículo de opinión que publicamos el lunes de esta semana.
Pero, aparte de que la persona mencionada existe realmente, ¿acaso no hay muchos profesionales nicaragüenses que residen en el extranjero, inclusive abogados, que no tienen por qué registrarse en los archivos del vocero de la justicia nicaragüense?
Es comprensible que el vocero de la Corte Suprema de Justicia no crea que en LA PRENSA se ejerce un periodismo ético, y por lo tanto radicalmente distinto al que él practicaba en la Barricada de la época del poder totalitario sandinista. Debe ser imposible para el vocero comprender que LA PRENSA es un periódico ético y profesional, que a veces nos equivocamos pero que siempre reconocemos nuestros errores, ofrecemos nuestras disculpas al público y nos esforzamos en lograr la excelencia periodística, para beneficio de los lectores a quienes nos debemos por encima de todo.
En cuanto a los problemas del Poder Judicial, la verdad es que más bien se nos ha criticado porque no hemos denunciado de manera sistemática y enérgica los casos de corrupción; porque criticamos (25 de marzo de 2003) el error que cometió el procurador Francisco Fiallos por la forma en que acusó por corrupción al Poder Judicial; y porque expresamos (24 de febrero de 2003) confianza en que a pesar de sus antecedentes partidistas la presidenta de la Corte está tratando de dignificar la administración de justicia, y dijimos que la ciudadanía debe apoyarla en este saludable empeño.
LA PRENSA no publica anónimos por ningún motivo. Puede ser que algún pillo o provocador nos sorprenda, pero eso no modifica nuestra voluntad de decir siempre la verdad y dar la cara por lo que decimos; aunque esto no pueda entenderlo el vocero de la justicia. 
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