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LUNES 7 DE ABRIL DEL 2003 / EDICION No. 23054 / ACTUALIZADA 09:10 pm
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La lucha por la Cancillería

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León Núñez
leonn@ibw.com.ni

Los analistas políticos de Managua daban por un hecho que el presidente Bolaños, durante su viaje a Washington en el mes de marzo pasado, no iba a ser recibido por George W. Bush. Sin embargo, para sorpresa de todos, don Enrique fue recibido en la Casa Blanca por el presidente de los Estados Unidos, y es más: fue atendido con las más especiales demostraciones de admiración y aprecio.

¿Quién fue el que consiguió que George W. Bush cambiara su decisión y aceptara, a última hora, recibir a don Enrique? Con respecto a la contestación de esta pregunta circularon en Managua dos hipótesis que según sus defensores provenían de “fuentes generalmente bien informadas, dignas de todo crédito”.

De conformidad con la primera hipótesis fue don Carlos Ulvert, nuestro Embajador en Washington, el que se apuntó el éxito de la visita del presidente Bolaños a los Estados Unidos.

Los defensores de esta hipótesis me dijeron que el nivel de penetración política que don Carlos había conseguido últimamente con Dick Cheney era tan importante que hasta se habían hecho íntimos amigos, circunstancia que unida a las labores propias de su cargo de Embajador –que las desempeña con gran éxito– hacían creíble la “teoría” de que haya sido don Carlos Ulvert el artífice del encuentro Bush-Bolaños, sobre todo si se tiene en cuenta –decían los ulvertistas– que don Carlos ha de haber contado con la ayuda del Consejo de Seguridad Nacional, ya que es “uña y carne” con Condoleeza Rice.

Yo ya comenzaba a creer en la certeza de esta primera teoría cuando escuché otra versión, por cierto muy interesante, constitutiva de una segunda hipótesis. Me dijeron que no fue Colin Powell –“hermanazo” y ex compañero de armas de don Norman Caldera–, sino que fue la propia Laura Bush, esposa de George W Bush, la que convenció a última hora a su marido para que recibiera al presidente Bolaños.

Los calderistas dicen que doña Laura acababa de terminar de leer la monumental obra genealógica “Los descendientes del general don José Antonio Lacayo de Briones y Palacios en Nicaragua y el mundo”, cuando se enteró por medio de Donald Rumsfeld –“pofi” de don Norman– que el autor de esta antológica investigación histórica era nada menos que el Ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua.

Doña Laura, muy impresionada no solamente por la citada obra genealógica sino también por el linaje de su autor –don Norman es uno de los descendientes del general don José Antonio Lacayo de Briones y Palacios–, le pidió a su marido que recibiera a don Enrique y a nuestro flamante canciller, a lo cual Mr. Bush accedió. Ya sabemos que los norteamericanos tienen ciertas debilidades, digamos complacencias, con la realeza europea y con personalidades hispanoamericanas pertenecientes a estirpes españolas muy antiguas.

Pues bien, las discusiones entre el ulvertismo y el calderismo –cada uno defendiendo su propia hipótesis– han continuado hasta el día de hoy, discusiones que empezaron a ponerse al rojo vivo desde que apareció el rumor de que don Norman estaba “listo y servido” porque don Carlos Ulvert iba a ser nombrado, dentro de poco tiempo, Ministro de Relaciones Exteriores.

El fin de semana antepasado conversé con algunos amigos que formaron parte del extinto grupo de analistas políticos de Acoyapa y propuse que habláramos de este tema, que conversáramos de las dos hipótesis expuestas en este artículo.

Mis paisanos me dijeron que ellos no perdían el tiempo analizando “hipótesis” intrascendentes; que no perdían el tiempo con ejercicios especulativos propios de “pajistas” políticos, pero que si yo estaba interesado en conocer el nombre de la persona que le había conseguido al ingeniero Bolaños la entrevista con George W. Bush, lo mejor que yo podía hacer era preguntárselo al propio presidente de Nicaragua.

Efectivamente, le hice la pregunta al presidente porque consideré que la respuesta del ingeniero Bolaños nos podía dar una pista que nos permitiera presumir cómo iba a terminar la lucha por la Cancillería.

Don Enrique me contestó que por medio de la Embajadora Barbara Moore se había acordado, con fecha y hora, la entrevista con el presidente Bush, pero que no se le había dado publicidad porque existía la posibilidad de que ésta se suspendiera por razones de fuerza mayor, derivadas del problema con Irak. Es decir, que se actuó con un silencio prudente previendo la incómoda situación en que se hubiera visto el ingeniero Bolaños si estando él en Washington se hubiera cancelado la entrevista con el presidente Bush, habiéndose ya anunciado la misma.

No hay duda que perdieron su tiempo los que anduvieron defendiendo las hipótesis mencionadas, pues ninguna de las dos se confirmó, lo que llevó a decir a un analista político de Managua, que no es ulvertista ni calderista, que todavía era incierto el final de la lucha –que actualmente se apreciaba un empate–, pero que era importante que don Carlos y don Norman supieran que podrían haber sorpresas porque el Ministerio de Relaciones Exteriores tiene otros enamorados que permanecen calladitos a la espera de poder participar en la lucha final que se avecina para ocupar la tan apetecida Cancillería de la República.

El autor es abogado.  
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