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LUNES 7 DE ABRIL DEL 2003 / EDICION No. 23054 / ACTUALIZADA 09:10 pm
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El problema crónico de la salud

La celebración, este año, del Día Internacional de la Salud, coincide con el brote de una nueva y terrible epidemia, el llamado Síndrome Respiratorio Agudo y Grave (SRAG), que según los entendidos es una neumonía atípica, particularmente mortal, que surgió en China y se ha extendido por diversos países de Asia y otros continentes.

Este brote epidémico mortal pone de manifiesto que por mucho que avance la medicina preventiva y curativa a nivel mundial, y por ambiciosas que sean las metas de gobiernos y organismos internacionales, las dolencias humanas no tienen fin y siempre hay que estar luchando contra ellas.

Precisamente, el Día Internacional de la Salud, que es hoy, se aprovecha para recordar las metas de la Cumbre del Milenio que se celebró por auspicio de la ONU en septiembre de 2000, y en la cual 180 gobernantes del mundo se comprometieron a lograr, para el año 2015, avances significativos en cuanto a la salud y, en particular, al control de epidemias y la reducción de los índices de mortalidad de parturientas y niños de corta edad.

Pero, aparte de que la epidemia SRAG demuestra que ni siquiera los países desarrollados están a salvo de súbitos brotes de enfermedades epidémicas, las naciones pobres, como Nicaragua, se encuentran lejos de avanzar hacia el cumplimiento de las metas de la Cumbre del Milenio en materia de salud.

En el caso de América Latina, por ejemplo, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) más de 200 millones de personas carecen de protección a la salud, 100 millones no cuentan con servicios básicos de atención sanitaria, y 82 millones de niños no tienen acceso a los programas de inmunización.

Y aunque las estadísticas no son confiables porque son proporcionadas por los mismos gobernantes y burócratas internacionales, que las manipulan de acuerdo con sus intereses políticos (Cuba, por ejemplo, según sus estadísticas que los organismos internacionales aceptan como válidas, es un “paraíso” de salud, y, a pesar de que las cárceles están llenas de presos de conciencia, hay quienes lo consideran hasta “campeón de respeto a los derechos humanos sociales”), el hecho es que en los países pobres hay un grave problema de salud pública.

Los expertos de los organismos internacionales estiman que el gasto indispensable en salud por cada persona debería ser de 34 dólares anuales. Pero los países de bajos ingresos gastan unos 21 dólares per cápita cada año, mientras que los estados ricos gastan más de 2,000. Y se asegura que con una contribución del 0.1 por ciento del producto bruto de los países ricos para el gasto de salud pública de las naciones pobres, la situación cambiaría sustancialmente.

En realidad, uno de los factores que más contribuye al grave problema de insalubridad en países como Nicaragua, es la poca asignación de recursos al sector salud, y, peor aún, que la mayor parte de lo poco que se invierte es consumido por una numerosa y voraz burocracia protegida por camarillas políticas corruptas y mafias sindicalistas, mientras que es ínfima la inversión en la salud propiamente dicha.

Según las estadísticas de la burocracia sanitaria internacional (OMS y OPS), el aumento de recursos al rubro de salud pública es vital para la protección de las personas y para el desarrollo económico y social. Y se dice que si los países ricos aportaran un 0.1 por ciento más de su producto bruto para apoyar los programas de salud en las naciones de bajos ingresos, salvarían la vida anualmente a unos ocho millones de personas.

Pero no se puede vivir esperando que por compasión, solidaridad u obligación –según se quiera entender–, los países ricos resuelvan todos nuestros problemas. Los mismos nicaragüenses podríamos hacer mucho por nuestra propia salud, si quisiéramos; por ejemplo, el gobierno reduciendo el gasto burocrático en el Minsa y aumentando el gasto en salubridad pública propiamente dicha; mientras que la gente debe contribuir para sí misma, comenzando por cuidar la higiene dentro de sus propios hogares y contribuyendo activamente al mantenimiento de un estado mínimo de salubridad ambiental.

Al fin y al cabo, ser pobres no equivale necesariamente a ser desaseados y, por lo tanto, víctimas ineludibles de toda clase de enfermedades endémicas y epidémicas.  
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