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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 5 DE ABRIL DE 2003
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El encuentro del cacique Nicaragua y el conquistador Gil González Dávila
Testimonios e interpretaciones

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Academia de Geografía e Historia de Nicaragua

Las fuentes históricas

Cupo al capitán Gil González Dávila dirigir la primera expedición que lo llevó a Nicaragua por el lado del Pacífico. Existen tres testimonios importantes sobre esta aventura: La carta que el mismo capitán enviara al rey de España, donde le informa los pormenores de la expedición; el inventario de los sitios visitados y de los logros monetarios y religiosos obtenidos, según la cuenta del tesorero Andrés de Cereceda, y la información que este último brindó a Pedro Mártir de Anglería sobre el interesante diálogo entre Gil González y el cacique Nicaragua.

La carta del capitán peninsular —suscrita en Santo Domingo el 6 de marzo de 1524— y la relación de Cereceda localizan, principalmente, en el tomo I de los Documentos para la Historia de Nicaragua (Madrid, colección Somoza, 1954) y el testimonio de Anglería (1487-1526) escrito en latín y datado en Burgos el 14 de julio de 1524, lo incorporó éste a la sexta parte de su obra de Novo Orbo Dacadas. Puede consultarse su traducción más reciente: Décadas del Nuevo Mundo (México, José Porrúa, 1964).

Otras dos fuentes relatan el célebre encuentro: Francisco López de Gómara (1510-1577) en su Historia General de las Indias (1552) y Antonio de Herrera (1549-1625) en su Historia General de los Hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del gran Océano (1604), cronistas reconocidos por su capacidad de síntesis. López de Gómara, quien concluyera su obra veintiocho años después del encuentro y revisó las notas manuscritas de Cereceda, agrega cuatro preguntas a las formuladas por el “Gran Señor” indígena a González Dávila, entre ellas la última: “Y para qué tan pocos hombres querían tanto oro como buscaban”, explicable dentro del contexto de las mismas y compatibles con la lógica de su emisor. No existe ningún indicio, por tanto, de haberla inventado. Herrera, que copia a López de Gómara, también la transcribe.



El Golfo de Nicoya: puerta de entrada a Nicaragua

El 18 de octubre de 1519, enviados por el implacable Pedrarias Dávila desde Castilla del Oro (hoy Panamá), los pilotos Juan de Castellanos y Hernán de Ponce de León —tras un recorrido por la costa del Pacífico— en los barcos que había construido Núñez de Balboa llegaron a la entrada de un extenso golfo, al que bautizaron San Lúcar, donde los indígenas les impidieron desembarcar. El único logro obtenido fue la captura de cuatro naturales que, llevados a Panamá, aprendieron el idioma de los castellanos y más tarde servirían de intérpretes en la expedición de González Dávila. A ellos se refiere Pablo Antonio Cuadra en su poema “los cuatro muchachos nicoyanos” (el nican náut. Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2000, pp. 52-53).



La expedición de González Dávila y su inicio

Mientras esto acontecía, un piloto de fama, Andrés Niño, comprendiendo que no le convenía inmiscuirse con Pedrarias —reciente degollador de Vasco Núñez de Balboa, su yerno—, había solicitado autorización al Rey para recorrer el mismo litoral del Pacífico, asiento y capitulación que le fueron concedidos en Zaragoza. Para ello, se asoció con González Dávila, caballero de Santiago que se había desempeñado con éxito como contador de la isla española (Santo Domingo) y era protegido del arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca, presidente del Consejo de Indias.

Nombrado capitán de la armada en Barcelona el 6 de abril de 1519, González Dávila salió con Niño de San Lúcar de Barrameda, cruzó el Atlántico, pasó por la española y arribó a las costas del Darién, en Acla, a fines de enero de 1522. Venían también autorizados para utilizar los navíos construidos por Núñez de Balboa, ignorando el destino que para entonces Pedrarias hacía de ellos. Por eso construyeron sus propios barcos. Recorriendo la misma costa del Pacífico, arribaron al Golfo de Nicoya. Allí se separaron. Niño, siguiendo por mar, descubrió la isleta del Cardón —frente al actual Puerto de Corinto— el 27 de febrero de 1523 y el Golfo de Fonseca el 5 de marzo del mismo año.

Por su lado, González Dávila llegó al pueblo de Nicoya, señorío gobernado por un cacique muy principal (de la etnia y habla chorotegas), a juzgar por los seis mil súbditos que aceptaron el bautismo y el valioso tributo de 13,000 pesos recogidos en el rescate del oro. Diez días permaneció Gil González aposentado en Nicoya, cuyo cacique le comunicó que a 50 leguas más adelante vivía otro más poderoso que él. Hacia el dominio de éste dirigió sus pasos el conquistador.



El encuentro del 5 de abril de 1523

Llegando a una jornada a la sede el cacique, Gil González envió a sus intérpretes con la propuesta rutinaria que justificaba legalmente las acciones conquistadoras: el llamado “requerimiento”. Es decir, que se convirtiese al cristianismo y se transformase en vasallo del Rey de España a quien representaba, porque si se negaba iba a reducirlo a la fuerza. Más que el nombre de un cacique, Nicaragua era el señorío indígena junto a un gran lago: un topónimo. El nombre náhuatl así lo confirma: nic-atl-nahuat: aquí, junto al agua. Los españoles dieron a ciertos caciques los nombres del territorio donde los encontraron, porque era más sensato para el registro de los descubrimientos referirse a la localidad que a la persona que la regía.

De manera que el llamado cacique Nicaragua contestó el mensaje de Gil González mandándole a decir, con cuatro de sus principales, que aceptaba la amistad por el bien de la paz y aceptaría la fe nueva si le parecía tan buena como se la elogiaban. Y en la soleada mañana del 5 de abril de 1523, González Dávila ordenó a su tropa marchar en orden, con sus cuatro caballos adelante y las banderas desplegadas. Al sonido de trompetas y timbales fueron al encuentro del gran cacique, quienes les dio la bienvenida y alojó en las viviendas reservadas a sus nobles. Les entregó el equivalente en oro de 18,500 pesos castellanos, la mayor contribución ofrecida a los extraños huéspedes hasta ese momento. En retribución, González Dávila dio a Nicaragua un traje de seda, una camisa de lino y una gorra de color rojo.



Las preguntas del cacique Nicaragua

Durante dos o tres días cacique y capitán sostuvieron una conversación sobre cosas terrenales y celestiales. Según Mártir de Anglería, el primero le hizo al segundo nueve preguntas: 1) Qué sabía “de un cataclismo pasado que había ahogado la tierra con todos los hombres y animales [...] y si vendría otro” (el diluvio); 2) “Si alguna vez la Tierra se voltearía boca arriba”; 3) “Del fin general del linaje humano, y de los paraderos destinados a las almas cuando salen de la cárcel del cuerpo, del estado del fuego que un día ha de enviar, cuándo se cesarán de alumbrar el Sol, la Luna y demás astros; del movimiento, cantidad, distancia y efectos de los astros y de otras muchas cosas”; 4) “Sobre el soplar de los vientos, la causa del calor y del frío, y la variedad de los días y las noches”; 5) “Si se puede sin culpa comer, beber, engendrar, cantar, danzar, ejercitarse en las armas”; 6) “Qué deberían hacer ellos para agradar a aquel Dios que él (González Dávila) predicaba cual autor de todas las cosas”; 7) Debido al desacuerdo manifestado ante la inminente privación del ejercicio de la guerra, preguntó: “Adónde habían de tirar sus dardos, sus yelmos de oro, sus arcos y sus flechas, sus elegantes arreos bélicos y sus magníficos estandartes militares”, razonando:

“¿Daremos todo esto a las mujeres para que ellas lo manejen? ¿Nos pondremos nosotros a hilar con los husos de ellas, y cultivaremos nosotros la tierra rústicamente?”.

Finalmente, Nicaragua preguntó —de acuerdo siempre con Anglería— : 8) Sobre “el misterio de la cruz y (la) utilidad de adorarla; y 9) “Acerca de la distribución de los días” (de las actividades según la doctrina cristiana).

El mismo Anglería revela dos preguntas más dirigidas por el cacique al intérprete: 10) “Si esta gente tan sabia [los españoles] venían del cielo”; y 11) “Si habían bajado en línea recta, o dando vueltas o formando arcos”. Cabe considerar un dato curioso y oportuno que advierte el citado cronista: aunque el cacique interrogó sobre cómo deberían comportarse sobre el nuevo señorío, y si podrían conservar algunas de sus prácticas culturales —en particular sus fiestas y el ejercicio de la guerra— (preguntas 5, 6 y 7), se abstuvo de explicar aquella referida a “las ceremonias y sanguinaria inmolación de víctimas humanas”. siguiendo al cronista —observa Pablo Kraudy—, esta actitud fue interpretada como un mecanismo de ocultación, del que se percató el capitán español, y sin haber sido requerido, habló al respecto, condenando tales sacrificios paganos (“actitud y pensamiento del cacique Nicaragua”, bnbd, Núm. 112, julio-septiembre, 2001, p. 39).

Pero Gil González no pudo resolver todo ese corpus de interrogantes cosmogónicos y antropológicos. Dice el cronista del Papa: “Aunque Gil es hombre de ingenio y aficionado a leer libros traducidos del latín, no tenía la erudición necesaria para dar acerca de ellos otra respuesta sino que la providencia se reservaba en su pecho el conocimiento de tales arcanos”. Y, a continuación, reitera: “sobre otras muchas cosas respondió Gil, explicando la mayor parte según sus alcances y dejando lo demás al divino saber”, (el énfasis es nuestro).

Si añadimos las cuatro preguntas que, como fue afirmado, consigna el cronista López de Gómara fueron quince en esencia las que formuló Nicaragua: “Preguntó, asimismo, si moría el Santo Padre de Roma, Vicario de Cristo, Dios de los cristianos (12); y cómo Jesús, siendo Dios, es hombre, y su madre, virgen pariendo (13); y si el Emperador y Rey de Castilla, de quien tantas proezas, virtudes y poderío contaban, era mortal (14); y para qué tan pocos hombres querían tanto oro como buscaban” (15).

Al margen de su cuestionador repertorio, el cacique aceptó ser bautizado con su familia y 9,017 de los suyos; convino también en erigir una cruz sobre un montículo escalonado, en el ochilobo (posiblemente el altar de sacrificios), lo cual llevó a cabo seguido por su séquito en procesión solemne acto que conmovió a los mismos españoles. Correspondió al fraile mercedario Diego de Agüero, único religioso de la expedición, hacer llover agua bendita sobre las miles de cabezas de los nuevos conversos, quienes imitaron obedientes el extraño rito al que se había sometido en apariencia su señor.



Toma de posesión de la Mar dulce

Debido al terreno plano por el que accedieron al poblado del cacique, conocido también por el nombre —según el cronista del siglo XVII Juan de Torquemada— de Quauhcapolca, “lugar de las grandes arboledas” (artificiosamente llamado Nicaraocallí por algunos historiógrafos), y a la exuberancia de la vegetación que los cercaba por todas partes, los españoles no se percataron de inmediato de la presencia del lago. El acto de la toma de posesión se refiere al episodio de la siguiente manera “... Estando el dicho capitán en la dicha cibdad (de Nicaragua) fue informado de ciertos yndios principales como en fin de la dicha ciudad había un mar dulce” (“Seis documentos fundamentales para la historia centroamericana del siglo XVI”, Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, núm. 73, octubre, 1966, p. 23).

Relata el escribano de la expedición San Juan de Salinas: “allegóse [González Dávila] a la costa de la dicha mar dulce”. Bebió agua —recogida en mi sombrero, con sus acompañantes —entre ellos el tesorero Cereceda y el cura Agüero—hizo la toma y mandó al alférez alzar tres veces la bandera real, diciendo: “biba la muy católica cesárea majestad del emperador e rey nuestro señor e rey natural de toda esta costa e mar dulce, descubierto e por descubrir e posehedor de ella”. Al salir del agua, cortó con su espada las ramas de un árbol vecino y arrancó algunas yerbas del suelo, en señal igualmente de posesión y dominio; enseguida, los restantes peninsulares —dispuestos a agredir a quien manifestase lo contrario— expresaron su disposición de defender lo descubierto y poseído en nombre de la corona. Esto sucedió el 12 de abril.



La resistencia de Diriangén el 17 de abril de 1523

Trasladándose seis leguas hacia el norte, a la “provincia” de Nochari —integrada por seis pueblos— González Dávila logró que se bautizasen 12,600 indios y recibió 33,000 pesos en oro como tributo, según la cuenta de Cereceda. Jaime Incer aclara que dos de esos pueblos —Coatega y Ochomogo— eran de filiación náhuatl como los de Nicaragua; quedando situados entre un río que los españoles después nombraron Gil González y otro llamado por los indígenas Ochomogo. Los otros cuatro —Nandapia, Nandaime, Mombacho y Morata, al otro lado del último río— estaban habitados por chorotegas o mangues (“almirante de la Mar Dulce”, en viajes, rutas y encuentros/ 1502-1838 (San José, Costa Rica, Libro libre, 1993, p. 52).

Estando en Coatega, llegó a visitarle otro poderoso cacique: Diriangén, acompañado de una comitiva deslumbrante: quinientos hombres con uno o dos pavos (chompipes) cada uno, diez pendones, diecisiete mujeres —cubiertas de patenas de oro y con hachas también de oro— y cinco trompeteros. Éstos tocaron antes que su cacique pasase a conocer al extranjero para hablar con él. Diriangén no aceptó el bautismo inmediato, sino que prometió volver a los tres días, lo que hizo el sábado 17 de abril de 1523, a mediodía, “con la mayor siesta del mundo —dice González Dávila—, dan sobre nosotros tres o cuatro mil indios de guerra, armados a su manera”. Diriangén fue vencido, pero González Dávila tuvo que retirarse.



La batalla de Guauhcapolca

Al pasar por Cuauhcapolca los indios del cacique Nicaragua, ocultos, le esperaban armados. Así lo sospechaba el conquistador y por eso formó un escuadrón con sus sesenta hombres sanos dentro del mismo, además de los prisioneros indios portando el oro y las provisiones, y en las esquinas colocó a los cuatro de a caballo y cuatro espingarderos. Los del pueblo llegaron inermes hasta el escuadrón a gritar a los indios dentro que soltasen las cargas o huyesen con ellas. En respuesta, González Dávila ordenó a sus ballesteros realizar algunos disparos, hiriendo a varios indios. ipso facto, empezaron a salir del pueblo innumerables guerreros que se lanzaron contra los españoles en medio de alaridos, arrojando lanzas y flechas. El escuadrón tuvo que adelantarse precipitadamente, comandado por el tesorero Cereceda, tratando de poner a salvo las cargas con el oro. González Dávila se situó en la retaguardia, para contener a los indios con sus montados, los cuatro espingarderos (con sus armas de fuego) y nueve peones ballesteros y rodeleros. Cesaron los ataques y los conquistadores, aprovechando una luna menguante, pudieron abandonar el territorio.

Anota Eduardo Pérez-Valle al respecto: “Quedaba demostrado que no era sincera la sumisión de los indios, pero su resistencia estaba destinada a ser quebrantada por la superioridad de las armas europeas” (“seis encuentros bélicos: 1523-1856”, en bnbd, Núm. 69, septiembre-octubre, 1991, p.13).



“Teba, teba, xuja; toya, toya”

Por su parte, Jorge Eduardo Arellano puntualiza que la refriega —bajo banderas tendidas— duró desde las once de la mañana hasta caer la tarde. Entonces los indios solicitaron la paz y González Dávila se la concedió. Tres de los principales del pueblo del cacique Nicaragua se disculparon, afirmando que ni el cacique (cuyos rastros posteriores se ignoran) ni los suyos habían sido responsables de aquello, sino la gente de otro cacique se hallaba en el pueblo. Pero González Dávila les contradijo diciéndoles que en la pelea había reconocido a varios de los que antes le habían recibido pacíficamente. “A lo cual —informó claramente a Carlos V— no tuvieron qué responderme”. Sin embargo, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés —basado en carta inédita que le envió González Dávila— indica que algunos le replicaron antes de su partida: “Teba, teba, xuja”: “Está bien, ándate, vete en buena hora” y “toya, toya”, muchas veces, que quiere decir: “anda, corre”.

“Toya” —explica Arellano— funciona como imperativo del verbo toyana que expresa la idea de rapidez. Le instaban, en otras palabras, a largarse. evidentemente, ambos caciques combatieron —como se desprende de la carta del descubridor de la provincia de Nicaragua—, nada más que en forma distinta (Nueva Historia de Nicaragua. Managua, Fondo Editorial Cira, 1990, p.92).



Reconocimiento de Gómara y Darío

La anterior resistencia fue confirmada por otro cronista de indias, pero en lengua italiana: Girolamo Benzoni, quien vino a Nicaragua en 1546 y permaneció aquí más de doce meses. En esa visita trató a otro cacique del pueblo de Nicaragua, llamado don Gonzalo, que había sobrevivido a la etapa sangrienta de la conquista, hablaba estupendo castellano y se había bautizado. Pues bien, Benzoni inserta el testimonio de don Gonzalo, o visión de los vencidos, más un singular razonamiento sobre la bribonería de los conquistadores, ya dentro de las concepciones cristianas. Reconocimiento tan admirable como el de su antecesor, el cacique Nicaragua, reconocido éste por los cronistas citados.

De ellos sobresale López de Gómara al dejar esta frase memorable sobre su curiosidad filosófica: “Y nunca indio alguno, a lo alcanzo, habló como él a nuestros españoles”. Frase que nuestro Rubén, en su libro El viaje a Nicaragua (1909), fue el primero en transcribir y valorar. El mismo cronista le sirve de fuente para referirse, en el capítulo tercero de su libro, el encuentro que el jefe de los nahuas asentados en el Istmo de Rivas tuvo con González Dávila. Darío escribe: “Nicaragua y su gente aceptaron pasablemente todo, menos dos cosas: que se les prohibiese la guerra y la alegría”, según López de Gómara, a cuyas líneas recurre de nuevo:

“Dijeron que no perjudicaban a nadie en bailar y tomar placer, y que no querían
poner al rincón sus banderas, sus arcos, sus cascos y penachos, ni dejar tratar
la guerra y armas a sus mujeres, para hilar ellos, tejer y cavar como mujeres y esclavos”.

En otras palabras, Darío sugiere que el control y uso de las armas garantizaban a nuestros indígenas —y en concreto a los de filiación nahua— su libertad y que la alegría hedónica (“bailar y tomar placer”) otorgaba sentido a su existencia. Pero Darío va más allá en su interpretación del duelo de ideas que inauguró la historia de Nicaragua en el siglo XVI: al vincular a nuestro cacique filósofo con otra figura aborigen de rango continental —Athahualpa—, intuye el cuestionamiento que aquél hizo del vasallaje político e ideológico que se le exigía. “Como el peruano Atabaliba con el padre Valverde —anota—, Nicaragua arguyó varios puntos en religión, que agudo era, y sabio en sus ritos y antigüedades” cita, una vez más, a López de Gómara.



PAC y sus acotaciones

Según el historiador guatemalteco Virgilio Rodríguez Beteta, el encuentro debe llamarse “diálogo de los siglos” y declara “muerto”, en esa confrontación ideológica, al capitán español. “El cacique Nicaragua se remontó, siempre con la mayor naturalidad, a una crítica sonriente de la naturaleza” —apunta en su obra la evolución de la imprenta, los libros y el periodismo coloniales (Guatemala, Tipografía Nacional, 1962, p. 13). Pero desde 1959, en un primer esbozo de su teoría de la nicaraguanidad, Pablo Antonio Cuadra había profundizado en el pensamiento prefilosófico de los nahuas de Nicaragua, basado en dicho diálogo.

Precisamente, “el diálogo con que inicia nuestra historia” tituló un ensayo de 1965 —aparecido en La Prensa Literaria del 10 de octubre de ese año— en el que señalaba que nuestro cacique tenía un conjunto de mitos elaborados por la antiquísima cultura náhuatl, o sea, respuestas ya formuladas con las cuales podía quedar satisfecha una mentalidad primitiva. Pero Nicaragua, con inquietud crítica, buscaba conocer “la causa de todas las cosas”: esa feliz meta del alma contemplativa o filosófica que había cantado el poeta latino Virgilio en su “elogio de la vida del campo”, geórgica en la que plantea preguntas dignas de un significativo paralelo. Y continúa PAC su acotación:

“Aprovechar la llegada de una gente que le parecía avanzada en cultura y en ciencia para buscar la respuesta a una serie de importantes o fundamentales interrogaciones, es buena prueba de que, quien esto hacía, encaraba la vida con actitud filosófica y que, seguramente, se había planteado con los suyos y con frecuencia problemas como los que abordan sus preguntas acerca del origen y causa del universo, la naturaleza del mundo cósmico, y el destino del hombre, o sobre el problema del espacio vertical —concepción cosmogónica que no entendió Gil González— o sobre los atributos de la humanidad”.

Una segunda acotación de PAC, relacionada con la frase que acuñó Gómara al decir que Nicaragua “tuvo grandes pláticas con Gil González y los religiosos” (en realidad, sólo era uno: Diego de Agüero), lo llevó a escribir estas líneas: “A través del cuestionario del cacique, la agudeza y sabiduría aparecen muy compendiadas ya que los cronistas, aunque admirando al cacique filósofo, no nos copian sus pláticas, sus réplicas y contra-réplicas, sino la lista escueta de algunas de sus preguntas. En ella se advierte, sin embargo, una extraordinaria inquietud por conocer y saber, y una curiosidad científica por hallar respuesta a los grandes problemas del hombre es su tiempo y de su relación con el universo y la naturaleza”.



La valoración de Láscaris

Más concreto resultó Constantino Láscaris en su Historia de las ideas en Centroamérica (San José, Costa Rica, 1970, p. 36-39). En primer lugar, le otorga el adjetivo de “filósofo” en el sentido de interrogarse por lo desconocido-presente, no limitarse a mirar sin ver, “sino problematizar lo dado”. Sus preguntas las cree auténticas (no las respuestas de Gil González), “pues corresponden al nivel animista de su pueblo” (?) y responden a tres preocupaciones: “información sobre los españoles, información sobre su dios, y las dos últimas, que piden información sobre el status de Nicarao —así lo denomina erradamente—, cuando dependa del Dios de los españoles”. Y especifica:

“Es un cacique que: 1) Escucha el requerimiento del conquistador, pero planteando los temas del mismo; 2) Una vez requerido, acepta el requerimiento. Ahora bien, esa aceptación implicaba dos cosas: jurar vasallaje al rey español y bautizarse cristiano. Y todo ello planeaba nuevos problemas. El vasallaje, en concreto, le planteaba al cacique el problema de vivir en paz: ¿Qué hacer entonces con las armas? ¿Tendrán los hombres que hacer oficios de mujeres? A esto Gil González prefirió no responderle en público al cacique; el pacto político lo consumaron los dos jefes en privado luego. El bautizarse planeaba dos nuevas: la encarnación de Dios y la mortalidad del Papa y los españoles. Y ambos, vasallaje y bautizo, plantearon al cacique la gran pregunta de aquellos años: ¿Para qué querían tanto oro tan pocos hombres?

Láscaris insiste en que el diálogo en cuestión “debe leerse en función del requerimiento”. Y está en lo cierto. y agrega: “No era una conversación teorética, ni desinteresado buscar el saber. Nicarao, como cacique, se enfrentaba a un emplazamiento: o guerra o vasallaje. Y previamente al tomar la decisión, se informó de a qué se comprometía”.



La lectura de JEA

La lectura de Láscaris es válida, pero incompleta, porque ignora el recurso de las armas a que Nicaragua se vio obligado, en alianza con Diriangén. Tal lo concibe Jorge Eduardo Arellano: “Diriangén, guerrero por antonomasia, se aproxima a los seres mitológicos —con barbas, caballos y armas de fuego— que han aparecido por el sur, ofreciéndoles regalos en una esplendorosa embajada marcial —recuérdense los pendones o banderas— y aceptar, por conveniencia, el requerimiento del bautizo. Pero solicita tres días para resolverse. (El cronista Francisco López de Gómara sostiene que ese plazo fue para consultar a sus mujeres y sacerdotes). En realidad, conforme a la tradición guerrera chorotega, Diriangén le otorga una tregua al adversario. Y a los tres días ataca por sorpresa. La trampa ha comenzado”.

Y prosigue: “Nicaragua, en cambio, desarrolla una actitud distinta; no instintivamente guerrera, sino racional. Como el chorotega, el nahua —que pertenecía a un pueblo de vocación expansiva y dominadora— confronta al extraño que le exige convertirse a una religión desconocida y someterse a un vasallaje político: la remota autoridad de un rey ultramarino; de lo contrario, será reducido, con su pueblo, a la fuerza. No sin prudencia, el jefe de los nicaraguas acepta escuchar a González Dávila para cuestionar sus argumentos y luego, a los pocos días, intentar entramparlo con sus fuerzas y las de Diriangén. Si éste resultó, guardando las distancias, “espartano”, aquél demostró ser “ateniense”, si se aplican a la resistencia de nuestros dos caciques paradigmáticos categorías occidentales (“nuestros caciques paradigmáticos”, raghn, tomo LI, septiembre, 2001, p.8).



Las observaciones de Incer

Focalizando su atención en algunas de las preguntas, Jaime Incer observa: “no podía responder Gil González a las preguntas del cacique. En aspectos cosmológicos, la Europa del principio del siglo XVI todavía aceptaba el modelo geocentrista de Ptolomeo. Como una paradoja, el cómputo del tiempo era menos preciso en el viejo continente, que el heredado por los varios grupos mesoamericanos de los sabios astrónomos de Copán”. Y puntualiza sobre el aspecto que había señalado Darío: “Los indígenas también pusieron reparo a todo lo que impidiera el baile y la embriaguez —según comentario del cronista Antonio de Herrera— aduciendo que con tales actos no perjudicaban a nadie. En realidad, ambas acciones eran parte importante de la propia liturgia indiana”. Por lo demás Incer —experto en geografía histórica— anota que el lago de Nicaragua era llamado por los indios Ayagualo (en náhuatl “redondel del agua”) y Cocibolca, nombres mencionados por Oviedo y Valdés. Su vasta extensión impresionó tanto a los españoles que lo calificaron como “mar”. En verdad, ningún lago de Europa puede rivalizarse en dimensión; tampoco los europeos del siglo XVI conocían otro de magnitud comparable (“Almirante de la Mar Dulce”, Cap. cit., p. 51).



El afán indagatorio de Salomón de la Selva

Además, Incer retoma a un autor nicaragüense (¿Luis Cuadra Cea?), quien informa de la muerte del cacique Nicaragua a causa de un tiro de arcabuz, en los enfrentamientos posteriores con los españoles, exclamando antes de morir: “húndanse conmigo los siete ...reinos”. Incer ni nadie han podido encontrar documento alguno que confirme tal aseveración. Sin embargo, ya había adquirido categoría poemática en “Nicaragua”, texto de Salomón de la Selva, publicado en La Noticia Ilustrada (Núm. 21, 19 de septiembre, 1926): “y vivimos en casas de lodo asoleado/ y morimos de tanto médico y abogado...// el suelo tiene venas de petróleo y de oro./ ¡Ah, pero Nicarao maldijo su tesoro: //dijo: húndanse los siete reinos, y se han hundido/ los siete reinos, y a fe, se han perdido!”. pero Salomón, en su madurez, olvidó este profético karma nacional y en la biblioteca vaticana se encontró con un dato excepcional: el testimonio de Mártir de Anglería fue leído por el Paulo III, el pontífice romano que el 9 de junio de 1537, en la bula sublimus deus, prohibió a los españoles privar de la libertad y del disfrute de sus bienes “a los dichos indios y a todos los demás pueblos que lleguen en el futuro al conocimiento de los cristianos”. Fray Bernardino de Minaya, quien había estado en Nicaragua, había solicitado directamente al Papa esa declaración.



El estudio de Pablo Kraudy

En cuanto a Pablo Kraudy, evidencia en el cacique autenticidad y profundidad filosófica. “Autenticidad, puesto que nacen desde el seno de una cultura propia, la que —al aparecer— empezaba a ser cuestionada, o respecto de la cual testimonia cierta incertidumbre vital, que promueve al sujeto dialogante a interrogar a la cultura-otra, en busca de respuestas que mejor satisfagan. Profundidad filosófica, pues las preguntas que se hicieron apuntan directamente a los fundamentos no sólo de la cultura propia, sino también de la cultura otra. Pero más importante aún, destacan al connotar la capacidad de ubicuidad psicológica del cacique ante lo desconocido-presente” (“actitud y pensamiento del cacique Nicaragua”, art. cit).



Conclusión

Otros autores —Ricardo Pasos, autor de una recreación poemática en prosa y Rafael Casanova, entre otros, en un ensayo interpretativo— han dedicado su atención al encuentro: pero, por falta de espacio, no es posible resumirlos esta vez. Basta concluir que nuestra tierra fue el único escenario en el continente americano donde se dio un encuentro de indiscutible dimensión filosófica. Láscaris recuerda la diplomática–desconcertada de Moctezuma y la viril de Cuauhtémoc; pero la de Nicaragua es peculiar. “No es simplemente un cacique curioso —anota—, o receloso, o amistoso”. Él sabía que tendría que ir a la guerra. Pero antes, prudentemente, aceptó escuchar al “otro” e intentó comprenderlo, dando un ejemplo y una lección. Un ejemplo de apertura inteligente —que PAC subraya como muy “nica”— y una lección de racional defensa, aliándose con el cacique vecino tan poderoso como él. Prefirió la reflexión estratégica antes que la directa acción bélica, pero digna y orgullosa, de Diriangén. Por algo el cronista Herrera llama a éste “cacique guerrero y valiente”. Y López de Gómara define Nicaragua –—frase ya citada por Darío”— agudo y sabio en sus ritos y antigüedades. Por algo los dos conforman el más antiguo sustrato de la nacionalidad nicaragüense y de la esencia de nuestro pueblo; pueblo que, de acuerdo con Rubén Darío, “cuando no va en rocinante hacia el heroísmo, va en clavileño hacia el ensueño”.

Y por algo este pueblo nos dio dos excelencias paradigmáticas: el mismo Darío y Sandino.  
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