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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 5 DE ABRIL DE 2003
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Oculto en la memoria

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Julián Elizama González Suárez

Cuando se decidieron era demasiado tarde. Al principio ella se lo insinuó, después se lo propuso directamente. Se negó rotundamente, pensaba que no saldría con éxito de ese laberinto extraño que le proponía. De todos modos no era factible. La idea lo asaltaba a cada instante. Le anduvo merodeando como las moscas rondan una podredumbre. Ahí estaba presente como una sombra paseándose en su imaginación. No lo dejaba en paz ni un instante. A veces se miraba a sí mismo, cometiendo el acto más repudiable de todos. Cuando regresaba de hacerle la visita, se acostaba boca arriba como interrogando el techo de la pensión donde vivía solo. Ahí permanecía en el catre, echado boca arriba, pensando si esa proposición contenía un gramo de verdad o era simplemente con la intención de probar su valentía, hasta que el sueño lo vencía durmiendo con todo y ropa.

Mientras lucha en su cama de enferma tratando de sentarse, su nieta, de nombre Dolores, disimula las palabras premonitorias de la anciana como si no fuera con ella. Después de la muerte del abuelo y de la única hija, se volvió más necia, ridícula, obsesiva, pensando cosas que nunca llegarán a suceder, en cosas que ni siquiera se le cruzan en la imaginación de su nieta. Pero ella insiste a cada momento, no pierde oportunidad para echárselo en cara. En una ocasión le dijo: “presiento que no guardarás luto por mí”. Pero la nieta no cree en los disparates de la abuela, considera que lo hace para revolverle la paciencia o para que cultive cargos de conciencia. A pesar de que Dolores la mima, la cuida, está atenta a satisfacerle cualquier ocurrencia, le cuenta anécdotas chistosas, la pasea por los alrededores de la enorme casa de madera con jardín y techo de tejas, siempre está insistiendo: “Sé lo que estás pensando, ni se te ocurra”. Y aunque el recuerdo de sus ancestros los rememora a retazos y con dificultad, se mantiene pendiente de las transacciones de sus negocios. “¡Ah!, mi abuela, por donde se le ha metido ahora!”, piensa Dolores, mientras estira las sábanas de la cama. Tanta es la insistencia de la anciana que a veces Dolores pierde la paciencia y se interroga sobre la veracidad de sus palabras. Aunque sabe que no le queda mucho, jamás cometería ese error imperdonable. Está consciente que de antemano todos los días de su vida estarían condenados. No sólo los de ella, sino los de Pánfilo, el gran amor de su vida. “Nunca lo haría, no me siento con valor de hacer eso”, murmura en silencio, haciendo rodar la silla hasta llevarla al balcón y acomodarla allí como a ella le gusta quedarse observando el tráfico de la calle o bien sumirse en la ciénega de sus recuerdos o recorriendo una por una las cuentas de los bienes que posee.

Porque aún con todo, se mantiene pendiente de los depósitos bancarios, de los estados de cuenta, de los activos a su favor y de los pasivos pendientes de pago. A un lado de su cama, en un pequeño cofre con candado, guarda el libro de registro de sus propiedades: casas en alquiler, haciendas, terrenos cercados sin construcción, acciones en negocios, y la llave de la caja del banco donde guarda sus joyas.

De vez en cuando como ahora, intenta trabajosamente sentarse en el barrote de la cama, al rato logra levantarse apoyada en su bastón y auxiliada por su nieta que hace rodar la silla. Cuando lo hace, llega hasta la baranda del segundo piso de la inmensa casa. Ella la sienta en su silla de abuela, entrecruza las manos, las coloca encima de la oreja del bastón apoyando el mentón, y desde esa posición puede observar lo poco que su visión le permite.

“—Quizás no se haya en valor de hacerlo—”, se le cruza veloz por la mente a doña Dolores, tratando de descifrar las imágenes borrosas que le llegan desde el lado opuesto donde está sentada. Trata de recordar el pasado de sus ancestros. Frunce su arrugado ceño, contrae las patas de gallo de sus ojos, pliega sus labios marchitos, con ambas manos alisa sus cabellos nevados, sus ojos celestes buscan en la penumbra de las últimas vueltas de su horizonte como traer a su memoria el recuerdo de sus ancestros. No encuentra el rostro del hombre que amó ni el de su otra hermana que se pegó fuego para purificar su alma de los horrores del pecado. Todo viene a su memoria en fragmentos dispersos como un espejo roto en mil pedazos, sólo recuerda las palabras de agonía de su hija. “No la eches a perder”, le recomendó.

“—Y si lo hiciera”— le dijo una vez su nieta, con más terror del que experimentaba en las escasas veces que se le ocurrió. Esta vez se resolvió a decírselo ante la persistencia sin tregua de la abuela. Sintió un estremecimiento raro en todo el cuerpo, las piernas la quisieron abandonar por un instante, las manos húmedas, tuvo la sensación que la sangre se le congeló en el rostro, un ligero vértigo trató de derrumbarla. Hasta ese momento estuvo consciente que no practicaría el mal en cadena ni permitiría que un solo eslabón interrumpiera una sucesión progresiva de calamidades.

Meses después fue el novio quien la interrogó en una de sus visitas: “¿Te has resuelto a hacerlo?”. Aún hasta en esos momentos dudaba de hacerlo. En realidad no encontraba una razón contundente que pudiera justificarla. No es por lo que pudiera creerse, sino porque esa idea de la abuela, poco a poco y progresivamente se había convertido en uno de esos espectros con los que se lucha en las profundidades de la noche y nos chupan la mitad de la sangre. Esa idea había germinado y amenazaba con extender sus raíces en el terreno fértil de su imaginación.

“—Lo que soy yo, estoy resuelto—”, le dijo el novio en un tono seguro, sin lugar a duda alguna como si estuviera afirmando un hallazgo científico. Hasta en esos instantes se resolvió sin remordimiento alguno. Entonces lo planearon para un viernes del mes de noviembre cuando la mayor parte de los vecinos se encontraba en sus casas, pensando que en esos momentos cruciales pudieran brindar su apremio. Se encontraron en el primer escalón de la escalera como habían acordado, repasaron el procedimiento elaborado de antemano, subieron sigilosamente hasta el segundo piso, abrieron cuidadosamente la puerta del dormitorio. Las luces encendidas, la abuela acostada en su cama, vestida, con las manos entrecruzadas en el pecho.  
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Oculto en la memoria