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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 5 DE ABRIL DE 2003
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Círculos concéntricos la generación del 27 en Nicaragua

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.Palabras de la novelista a propósito del Premio Generación del 27, por su poemario “Íntima multitud”, publicado en España por la editorial Visor, al momento de la entrega del Premio hace unos días

Gioconda Belli

 

Gioconda Belli

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que los poetas del 27 son mis abuelos literarios. Soy hija de la Generación de Vanguardia en Nicaragua. Esta generación cambió de 1925 a 1940 el panorama de la literatura nicaragüense. Hasta entonces nuestro horizonte cultural tenía la forma del ala de cisne de Rubén Darío. La mediocridad formal de los imitadores y de los seudo-académicos que decían velar por su grandeza habían convertido a Darío en una efigie —así vive el pobre en un parque de Managua— vestido de toga romana y coronado de laureles, cuyos versos de faunos, princesas exangües —o sea su producción más afrancesada y cortesana— se recitaban en los colegios y funciones públicas con las niñas declamadoras vestidas de musas. Los concursos de belleza en Nicaragua elegían a la más bella como “musa Dariana”. Contra esta malversación de la poesía de Darío y hasta contra él mismo, se rebelaron los vanguardistas. El más aventajado de ellos, su líder intelectual, José Coronel Urtecho, nacido en 1906, publicó en 1925, su Oda a Darío, donde dice, por ejemplo:

“Te amo. Soy el asesino de tus retratos” o
“Enseñaste a criar centauros a los ganaderos de Las Pampas”
O finalmente: “En fin Rubén, paisano inevitable, te saludo/con mi bombín/ que se
comieron los ratones en 1925. Amén”.

Aunque este comienzo iconoclasta de mis ancestros poéticos nicaragüenses es muy diferente al homenaje a Góngora que unió a los poetas de la generación española del 27 y aunque también hubo entre ambas generaciones importantes diferencias políticas, las coincidencias en cuanto a los planteamientos estéticos son innegables. Hablando de la Vanguardia, el crítico y poeta nicaragüense Julio Valle Castillo dice: “La novedad es lo antiguo y lo exótico. Las lecciones de este cosmopolitismo a aquella poesía nicaragüense emergente, radica en la poesía como otra lengua, en la poética citadina e itinerante, en la imaginación y la imaginería, en el cultivo de la metáfora, en verdad, corazón de la poesía nueva, en lo sorpresivo y en el humor, en una visión crítica y expresión dinámica, abigarrada, cubista, criaturas y cosas acaso superpuestas, un ritmo dislocado, desvertebrado, un movimiento veloz, vertiginoso, vivo, nada mórbido ni lánguido, ni crepuscular. El discurso verbal o la tipografía convencional era rota para dar lugar al discurso espacial, o sea, a la representación gráfica o ideográfica del poema”.

Como vemos hay una cantidad de vasos comunicantes con sus coetáneos españoles en esta relación dinámica con la forma, así como en las contradicciones entre innovación y tradición, entre lo culto y lo popular, porque los poetas nicaragüenses cultivaron también el neopopulismo, que en nuestro caso, como dice otra vez Valle Castillo, “se hizo criollo, o criollista”, mezclando el nacionalismo popular con lo hispánico, como en la poesía-pregón de Joaquín Pasos:

Cincuenta veces España
he dicho madre.
Cincuenta veces España
Dice mi sangre.
Carne española, sangre.
Carne española sangre, madre,
sangre mía
que ya la savia del plátano
da flores de Andalucía
vamos sangrando a la playa
vamos sangrando a la mar
España, cincuenta veces España,
cincuenta veces más.

Los poetas de la Vanguardia se reían de la inmortalidad literaria y decían que eran los mejores poetas de Nicaragua en una manera humorística casi. Luis Alberto Cabrales, junto con Coronel mentor intelectual del movimiento, decía: “Somos los mejores poetas de Nicaragua. Es cierto.., Sin pretensiones, poetas en el nuevo sentido de la palabra, temporáneo y limitado, poco importante. Como si yo dijera que somos el mejor club de fútbol. La poesía es un sport espiritual”.

Estos nuestros poetas vanguardistas de Nicaragua, publicaron en el diario granadino El Correo, a partir del 14 de junio de 1931, un “rincón de vanguardia” en cuya primera entrega aparecieron tres poemas de Manuel Altoaguirre, dos de Pedro Salinas y uno de Antonio Espina. Luego publicaron a Gerardo Diego, a Jorge Guillén, Federico García Lorca y Rafael Alberti.

A mí en lo personal me tocó la suerte de conocer muy de cerca a dos de aquellas figuras de la Vanguardia: Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho. Puedo decir que ambos fueron mis mentores y defensores cuando mis poemas eróticos, que Pablo Antonio publicó en el suplemento literario del Diario LA PRENSA en 1970, escandalizaron a la sociedad. Ellos se erigieron como barrera de contención y opusieron su prestigio intelectual a la habladuría pueblerina, defendiéndome de quienes quisieron silenciarme o forzarme a pasar mis poemas por la censura.

Siento pues que, a través del amor y agradecimiento que siento por estos grandes poetas nicaragüenses, a través de las muchas conversaciones que tuve con ellos ya fuera en la oficina atestada de papeles de Pablo Antonio en el Diario LA PRENSA o en un corredor a la orilla del Lago de Granada en las largas temporadas que pasaba don José en esa ciudad, mi hacerme poeta guarda en los ecos de este ministerio que ellos ejercieron conmigo —cuando era apenas una muchacha de veinte años con un conocimiento sobre todo intuitivo de la poesía y una cantidad de lecturas desordenadas— sonidos, rimas y anécdotas de Alberti, de Lorca, de Vicente Aleixandre.

Tantas paternidades y maternidades literarias lo hacen a uno ser quien es que descifrarlas es tan difícil como para los científicos elaborar el mapa del genoma humano, pero sé que en mi conciencia estos poetas del 27, que Lorca y Alberti sobre todo, me han soplado más de alguna vez su aliento. De niña, recuerdo a mi madre —que dirigía una compañía de teatro experimental en Managua— dirigiendo La Casa de Bernarda Alba. Y ya de mujer, en 1987, con Luis García Montero, Ernesto Cardenal, Mario Benedetti, Claribel Alegría y Julio Valle Castillo, me tocó leer con Alberti en un teatro en Granada, en un acto que era también un canto a la revolución nicaragüense y más tarde escucharlo recitar, al calor del vino, poemas de Góngora en una tasca.

Estar aquí leyendo, haber ganado con el poemario “Mi íntima multitud” el Premio de la Generación del 27, es como cerrar y volver a abrir de nuevo uno de esos misteriosos círculos concéntricos de la vida.  
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Círculos concéntricos la generación del 27 en Nicaragua


La protesta artística