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SáBADO 5 DE ABRIL DEL 2003 / EDICION No. 23052 / ACTUALIZADA 06:58 pm
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Guerra y humanitarismo

Decía Will Rogers, en plan jocoso, que “la diferencia entre el soldado y el hombre común es que a éste lo viene a buscar la muerte, y en cambio el militar va en busca de ella al campo de batalla”.

No obstante, ese trágico destino para el militar que toma el arma por vocación o por reclutamiento, es aliviado por la compasión que despierta en la época dramática de la guerra. Así como también la población civil que es expuesta a maltratos, inclusive la muerte, en los conflictos armados, es objeto de gran preocupación, sobre todo tratándose de mujeres, niños y ancianos.

Sin embargo un compromiso formal de los Estados para defender a quienes resultaban maltratados por las contiendas militares, no se estableció sino hasta 1864, cuando se firmó el primer Convenio de Ginebra. De ahí en adelante los gobiernos contratantes se obligaron en todo tiempo y circunstancia a respetar la integridad psíquica y física de los soldados capturados o lesionados. Ese Tratado, que cuenta con 499 artículos, fue ratificado con ampliaciones en 1949, constituyendo un verdadero “monumento jurídico”.

De todos modos, mucho antes, en 1850, el suizo Henry Dunant, quien presenció la horrorosa batalla de Solferino (1859) librada entre turcos y austriacos, se dedicó a promover el movimiento filantrópico y voluntario de la Cruz Roja, convertida ahora en una organización internacional respetada por su neutralidad y que toma en el Oriente el nombre de Media Luna Roja.

A pesar que la tecnología ha vuelto más despiadada a la guerra, ha producido también recursos médicos más eficaces para restaurar la salud. Lo cierto es que hay ciertos principios que deben sobrevivir, como por ejemplo “la prohibición de armas y métodos de guerra que sean de tal naturaleza, que ocasionen daños superfluos o sufrimientos innecesarios”. Es así como los Estados que se adhirieron al Derecho Internacional Humanitario, se obligaron a respetar y hacer respetar los Convenios de Ginebra, así como “determinar las sanciones penales que se aplicarán a las personas que hubiesen cometido o dado orden de cometer infracciones graves del presente Convenio” (artículos 49, 50 y 5l).

A pesar de esas advertencias el mundo presenció en pleno siglo XX carnicerías como la Batalla del Marne (1914) y el asedio a Stalingrado (1942-19433), sin olvidar los terribles estragos del bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaky (1945) en Japón, que ocasionó 140,000 víctimas. Mencionemos además las cámaras de gas aplicadas por los nazis a judíos y los sufrimientos inflingidos a prisioneros chinos (1937) por tropas japonesas de ocupación, obligando años después al emperador Akiito a presentar disculpas. Esperamos que la conquista de Bagdad no repita esas dolorosas experiencias.

En Nicaragua el trato a prisioneros fue muchas veces cruel, y quedó impune. Baste mencionar al respecto las torturas a los detenidos políticos cuando el régimen del general José Santos Zelaya (1893-1909) y durante el gobierno de la dinastía somocista (1936-1979). A su vez los Tribunales Populares Antisomocistas (TPA) del sandinismo (1979-1990) mandaron a la cárcel por años a ex guardias nacionales que se entregaron.

Por otra parte, deben reconocerse las estratagemas y excesos de los contendientes que vuelven difícil a veces la salvaguarda de los derechos humanos. En la guerra actual contra Irak hay que mencionar: 1) que militares iraquíes disfrazados de civiles atacan mortalmente a la retaguardia anglo-estadounidense; 2) que bombas múltiples o en “racimos” caen de aviones norteamericanos B-52 y matan a mujeres y niños; y, 3), que fanáticos fedayines se inmolan para aniquilar a centinelas en los puestos de mando.

Lo constructivo en medio de todo eso ha sido la creación por parte de la Organización de Naciones Unidas (ONU), de dos tribunales para juzgar a infracciones graves del Derecho Internacional Humanitario. Nos referimos al Tribunal Penal Internacional, de Roma, en 1993, a pesar de que no ha sido ratificado por EE.UU., China comunista y la Federación Rusa, que juzga al ex dictador serbio Slobodan Milosevic por actos genocidas contra Bosnia, Croacia y Kosovo entre 1992 y 1999.

A la luz de esos acontecimientos bélicos internacionales que han ocurrido en el transcurso de la historia, se comprende por qué Su Santidad Juan Paulo II aseguró que toda guerra es un fracaso de la humanidad.  
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