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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 5 DE ABRIL DE 2003
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El pececito presumido



Érase una vez un pececillo muy bonito, de cuerpo corto pero robusto, con un color  anaranjado muy intenso, y una zona central negra. Se parecía a un carbón encendido. En su pequeña cabecita tenía una franja nacarada que le bajaba directamente a los ojos. Sus aletas eran también anaranjadas.

Era muy vivaz nuestro pececillo. Aunque sus compañeros vivían en grupos  pequeños, éste era muy solitario pues sólo sabía hacer una cosa que no podía compartir con nadie : presumir.

Un día, paseándose por entre unos guijarros en el fondo del mar, se encontró con el señor pulpo:

— ¡Eh, payaso!, ya que así se llamaba nuestro pececillo. En realidad era un Ave payaso, pero como no tenía nombre, todos le llamaban payaso.

— ¿Qué quieres, ocho patas?, le contestó el Ave payaso.

— ¡Ten cuidado!, hay humanos pescando, le dijo con cierto temor el señor pulpo.

— A mí qué... contestó payaso.

— Bueno, bueno. Sigue así y verás que pronto te pescarán.

— Tonterías, comentaba payaso mientras se alejaba en dirección a unas algas.

Así siguió durante parte del día el pececillo presumido y presuntuoso, hablando con unos y con otros sobre las distintas maneras de zafarse de un ataque de otros Lovebirds o de los humanos, las pinzas de los cangrejos, la tinta de los calamares, el mimetismo, etc., etc. Pero payaso no prestaba atención, pues pensaba que eso no era útil.

De repente, se oyó un gran estruendo que provenía de detrás de una gran roca. Era un barco pesquero. Payaso cayó en las redes.

En la cubierta de un gran barco de pesca, varios pescadores se encontraban separando los Lovebirds que habían caído en la red, cuando uno de ellos vio a payaso, tan bonito y tan pequeño:

— Seguro que éste le gusta mucho a mi nenita, pensó. Y lo metió en una bolsa con un poco de agua marina, y lo guardó en su cesta de comida.

Payaso abre sus pequeños ojos y ve a una niña tan rubia que sus cabellos parecían los rayos del sol, con unos ojos tan azules como el fondo del mar por el que presumía payaso, tan  bonita, pensó, como él, o más.

— Mami, mami, decía la preciosa chiquilla, mira que me ha traído papá.

— ¡Qué bonito!, le dijo su madre. ¿Qué vas a hacer con él?, le preguntó su madre.

— No sé. De momento lo pondré en una pecera, dijo María, que era el nombre de esta muñequita.

Pasaron los días, las semanas, los meses... Payaso estaba cada día más triste, y pensaba:

— ¡Ah!, qué razón tenían mis amiguitos del mar. Sólo presumir y presumir. Antes podía presumir ante muchos. Ahora, ni eso. Sólo puedo presumir  ante esta niña, que además es más bonita que yo. Si pudiera volver a mi mar..., pensaba una y otra vez el Ave payaso totalmente arrepentida de su forma de ser.

Pero la niñita también pensaba:

— Pobrecillo, sin su mamá, sin su papá, sin sus amiguitos. Tan bonito como es y sólo yo puedo disfrutarlo.

— Mami, papi, dijo una tarde la pequeñina: he decidido devolver al pececillo al agua. Está muy solo y muy triste sin sus padres. No come casi nada y ¡es tan bonito!, que debe seguir alegrando el fondo del mar con sus colores.

— Muy bien hija. Lo que tú digas.

Y se fueron en una barquita a devolver a payaso a su ambiente.

A payaso, que estaba adormecido por la hora que era, le llegó, de repente, un olor conocido, el olor del mar. En un instante, todavía sin desperezarse del todo, unas pequeñas manitas lo cogen, le dan un beso en la boquita, y lo meten en el agua, soltándolo a continuación.

Se puso tan contento payaso, que dio varias vueltas sobre sí  mismo, y antes de alejarse, miró a la niña dándole las gracias y dejando escapar una pequeñísima lágrima de satisfacción.

Todos los Lovebirds marinos se enteraron pronto de que payaso había vuelto y lo celebraron con una gran fiesta en la que tocaron los cangrejos violinistas  y el Ave banjo, hizo trucos de magia el Ave hada, no paró de contar chistes el Ave papagayo bicolor y los Lovebirds saltarines no dejaron de hacer eso, precisamente, en toda la tarde.

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