¿Y los amigos de Arnoldo, a dónde se fueron?
Gustavo Soto García
Ésta es la frase de don Roger Fisher en un artículo publicado hace dos años, cuando el Dr. Alemán era presidente y ninguno de sus ministros-amigos salía a defenderlo ante la opinión pública, siempre lo dejaron solo. Hoy estas palabras son válidas, con la diferencia de que el doctor Alemán está confinado en la cárcel en su propia casa, tema que no es el motivo de este artículo, sino el del valor de la amistad, en la que casi no creo.
A mediados del 2002 cuando se miraba venir la andanada de cargos y acusaciones, especificamente la “guaca”, empecé a ver muchos signos de “lepra política”. Arnoldo estaba pegado con la enfermedad. Observando y con mi “banderita de liberal”, al encontrarme con “amigos” de Arnoldo en el supermercado o lugares públicos, la conversación iniciaba así: “Hombré, el gordo está hasta la...” Otros decían : “Es que se le fue la mano”, “ya era hora”. Inclusive, un ex-diputado liberal del Sur, que en otros momentos disfrutó del poder, con palabras de cortesano y bufón me dijo: “Por fin se está haciendo justicia...”
Mi vieja decía sabiamente: “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Así transcurrió el año pasado, se fueron disimulando las simpatías de los ex-arnoldistas, unos orillándose al nuevo rey, comprometiéndose tímidamente con el nuevo CEN. Otros, muy comprensivamente buscaban un empleo, y algunos adoptaron una actitud de “esta boca no es mía”. Pero detrás de esta ingratitud están los funcionarios recontratados por don Enrique, en un completo mutis, comenzando a padecer Alzheimer, olvidándose de los grandes favores, de sus deudas, viajes a Miami, vacaciones con familia y empleada, vehículos gratis, cambios de viviendas populares a residenciales, empleos para el sobrino y la cuñada, participación en el séquito de los viajes a Europa, etc, etc.
Pero mi observación continuó. Los bolañistas evitan encontrarse con los arnoldistas y despotrican diciendo: “Esos están con el viejo, son traidores”. El caso que me ocupa no es describir los bandos, estaré por encima de ambos, lo que detesto es lo inconcebible del género humano, la velocidad para cambiar de opinión, de ropaje, de negar como Pedro a un amigo. Ahora nadie se lucró de Arnoldo, jamás necesitaron de su ayuda, les cuesta todo lo que tienen por el sudor de su frente, inclusive hay quienes hoy son abstemios, nunca se echaron un trago con el “gordo”, son tan limpios y fragantes como la sábana de un motel.
Pero en este país hasta los chintanos comen chicharrón. Para algunos ex-amigos, Arnoldo puede curarse de la “lepra”, dejan entrever una ventanita: “¿Y si Arnoldo sale y vuelve a mandar?” Hasta varios dirigentes pro-sandinistas afirman que “al hombre todavía no se lo ha tragado el lagarto”; “el gordo manda desde El Chile”.
Pero lo que me ha dejado perplejo es la candidez de muchos “santos liberales y empresarios privados”, que tienen “concha” como se dice en buen argot nicaragüense, no conocen a Arnoldo, ni quieren contagiarse de su enfermedad, pero sí asistían religiosamente a recoger sus “sueldos” en fila y ninguno se “chillaba”, ni decían a qué llegaban a la Presidencia, y no escatimaban en rubor para ofrecerle una comidita al ex-mandatario cuando pasara por su casa en sus giras. Ah, pero también cuando se acercaba su cumpleaños, se “prepeaban” para llevar el regalo más grande, cuanto más voluminoso “más amistad”, y el abrazo sería tan prolongado y pulmonar.
Atrás quedaron las “obras y no palabras”, en la nueva era, cada quien libra su cubo, se acabaron las Mitsubishi, los extrapagos, las recetas falsas para viajar gratis a EE.UU. Si son ex-funcionarios de Arnoldo salen en la foto con cara de yo no fui, o si el presidente Bolaños habla del tema de la corrupción, vuelven a ver hacia al cielo vaticanamente, o hipócritamente ofrecen cátedras de ética, casi convencidos de su nueva iluminación. El asunto es no quemarse por Arnoldo, padecen del mal de Parkison, tiemblan de miedo.
Ojalá Arnoldo se dé cuenta que nunca tuvo tantos amigos, sino muchos conocidos, porque la amistad real no tiene signos, ni tendencias, ni tiempos. Aún cuando el que caiga en desgracia fuera el asesino más cruel, no nos corresponde juzgarlo, sino demostrarle el afecto, sin miedo a tocarlo, no con servilismo ni adulación. Ésa es la verdadera amistad.
El autor fue gerente de la Lotería. 
|