|
|
|
Los inviernos
Joaquín Absalón Pastora*
Cada invierno induce a las agradables esperanzas y las presumibles emergencias.
En el balance se empina la fatalidad. Las aguas de septiembre se vuelven lacrimosas en los ojos de los barrios improvisados donde se instala la miseria —asentamientos les llaman— sin prever los efectos de una sola de las ásperas gotas que caen sobre los techos de cartón y los pisos desnudos.
El éxodo de las masas desesperadas corta la secuencia de la calma. En el caso de Managua no es su inveterada fragilidad la indicada para ser el alivio de las crisis rurales por carecer de la estructura adecuada para cumplir con la seguridad requerida por la sobrevivencia humana.
No cuenta ni con el soporte ecológico ni con las reglas trazadas por el urbanismo y sí con un palúdico y anárquico crecimiento visto en cualquiera de sus costados invadidos.
Vientos de mínima arrogancia estremecen la contextura endeble. Y aún así sirve de cobija a familias enteras. Hacen el borrador de vivienda con sus manos sin ver que tengan de vecino a un cauce que podría ser el asesino de sus propios niños.
En ocasiones son víctimas de la irresponsabilidad del populismo político. Faranduleros de campaña invitan a los pobres a tomar las tierras porque éstas por los asuntos del profundo desnivel social —tan antiguo como irremediable, deducción por cierto lamentable pero realista— pertenecen a los pobres y no a los ricos.
Cuando comenzó este invierno, las autoridades técnicas indicaron que la sequía comenzaría a perforar los entusiasmos del agricultor. El escenario fue revertido por la realidad. Se vino encima el extremo. La región centroamericana tiende a ser “tajoneada” por fenómenos los cuales con nombre de alma o de demonio nos visitaran en fila en todo el trayecto de la estación recién nacida.
Estamos en presencia del caritativo espectáculo de la damnificación, de la obligada creación de presupuestos de emergencia.
Estas tragedias traen el recuerdo de las imágenes de Miralagos cuyo desborde produjo el nacimiento de un municipio: Ciudad Sandino. La costa del lago ha sido vaciada en muchas ocasiones pero en la misma proporcionalidad se llenó de nuevo de las mismas gentes que la evacuaron. Y lo mismo ocurre en los barrios como el “Hugo Chávez” (¿por qué lleva su nombre?) donde el adiós a sus lodos estaría disipado con el regreso de las polvaredas. El cariño a la cuna original inspira al retorno.
Tenemos una oficina de previsión de Desastres. Ese es un avance. Sirve de orientación a quienes lejos de “ver más allá de las “narices”, no barruntan las tendencias catastróficas del futuro.
Lo natural es esperar los inviernos con la diafanidad del clarín optimista. La lluvia se hizo para hacer más intensa la alegría de vivir, más prolífica la capacidad de la tierra. Los errores del hombre —en parte— la convierten en verdugo.
* El autor es periodista. 
|

|
|
|
|