El sueño de los corruptos
María del Carmen Cabello*
En el libro de lecturas de tercer grado, libro del que hoy se burlarían los pedagogos modernos, había una poesía cursi entre las poesías cursis, que los niños de mi generación aprendimos de memoria y que recitábamos en el salón de clase balanceando el cuerpo de un lado a otro para controlar la timidez y los nervios. Un dibujo bastante elemental: un chiquillo que con la duda pintada en el rostro miraba un árbol cargado de fruta, ilustraba los versos que decían así: “Qué linda en la rama la fruta se ve,/ si tiro una piedra tendrá que caer./ No es mío este huerto,/ no es mío, lo sé./ /Mamá está lejos,/ papá no me ve,/ no hay aquí otros niños/ ¿quién lo ha de saber?/ Mas no, no me atrevo,/ parece que siempre sus ojos me ven,/ papá no querría besarme otra vez,/ mamá lloraría de pena también,/ y mis maestros dirían:/ ¡Qué niño tan malo!/ No jueguen con él”.
La poesía era tan ramplona desde el punto de vista estético, que si de ella hubiera dependido nuestro sentido lírico y nuestro criterio literario, Rimbaud nos habría parecido indescifrable, y además, el niñito en cuestión se nos antojaba un modelo de pedantería. Que una cosa es ser honrado y otra decirlo en verso. Sin embargo, su mensaje ético, como el de otros muchos textos parecidos, debió de calar en nuestro subconsciente profundo, porque en una reunión de coetáneos, en la que alguien volvió a recitar con nostalgia el poemita, terminamos por confesar que la frase “sus ojos me ven” había definido nuestras vidas.
Supongo que los ojos eran los de la conciencia, esculpida a cincel y martillo en nuestras pobres almas infantiles, en las que se inculcó una moral que pesa como un fardo y que tiene el grave inconveniente de que cuando faltas a ella, la culpa te roba el sosiego.
Y es que el niñito escrupuloso no era en realidad tan tonto como parecía. Para empezar se nos mostraba familiar y cercano cuando se confiesa tentado por la fruta (¿quién no ha deseado apropiarse alguna vez no sólo de un fruto prohibido sino de la inteligencia ajena y hasta de la mujer del prójimo o el marido de la prójima?), pero el disgusto que el muchacho le iba a dar a sus progenitores (las lágrimas de las madres siempre impresionan muchísimo y el desprecio de un padre debe ser terrible), unido a la mirada de su conciencia y a la mala fama que iba a adquirir si la maestra se iba de la lengua, lo movían a uno a justificar que resolviera su conflicto por la vía de la honestidad. Y caímos en la trampa. Es decir, que el niño del poema, además de escrupuloso y pedante, supo ser trascendente.
Su recuerdo habrá impedido a muchos apropiarse de lo que no le pertenecía, y el miedo a la mala fama habrá evitado que otros roben luz o cables televisivos, pero sobre todo, dejó la idea clara de que hacerse con la propiedad ajena era un grave delito que, además —y esto era lo más triste— acarreaba el desamor del prójimo.
El mensaje educativo solía ir más allá (una vez que empezaban, los padres y maestros no paraban), y no se caracterizaba precisamente por su sencillez, porque resulta que estaba prohibido quitar a los demás lo suyo, vale, pero era obligatorio compartir lo que te pertenecía, so pena de ser tildado de tacaño y mala gente. Y si privar al pobre de lo poco que tenía era de canallas, tampoco se podía uno acoger al refrán que reza “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Matices demasiados complejos y exigentes para ser asimilados sin traumas.
A juzgar por la ligereza con que Arnoldo Alemán ha esquilmado los fondos del pueblo nicaragüense, uno de los pueblos más pobres de América Latina, es evidente que no aprendió de chico la poesía del niño tentado por una fruta ni las lecciones que la acompañaron. Y que no se la tomó nunca a su hija María Dolores y que tampoco la conocieron sus cómplices. Ni los políticos que se alzan con los recursos públicos ni los empresarios que escatiman a sus empleados sus derechos o su mínimo salario mínimo. O tal vez alguien les dijo pero ya lo olvidaron. Desde que la memoria está desprestigiada, no somos los mismos.
Mis amigos me dicen que no me haga mala sangre, que los honrados dormimos a pierna suelta con el alma limpia mientras que los corruptos no pueden conciliar el sueño... pero no me convencen. Es una razón insulsa, porque no veo yo a Arnoldo Alemán, por ejemplo, con la cara demacrada y el aspecto de un insomne.
Y es que en este mundo, igual que hay guapos y feos, altos y bajos, ricos y pobres, hay gente con conciencia y gente que no la tiene. Y no puede doler lo que no existe.
¡Pero qué mala suerte la nuestra! Esto de ser Presidente anda tan desprestigiado, que parece que pocos de ellos conocieron en tercer grado a un niño que quería una fruta y que la dejó en el árbol porque no era suya.
* La autora es jefa de correctores de La Prensa de Panamá. ccabello@prensa.com 
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