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MIéRCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22862 / ACTUALIZADA 1:30 am
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Editorial
Los templos no son tribuna política

En términos generales es reprochable que se usen los templos –católicos o de cualquier otra denominación religiosa- para hacer política, y en particular política partidista y a favor de personas claramente involucradas en actos de corrupción. Y con mayor razón es reprobable que activistas políticos se tomen los templos para hacer protestas y proclamas de cualquier clase, como la que se hizo de la Catedral de Managua el martes de la semana pasada.

El Artículo 30 de la Constitución Política de la República de Nicaragua garantiza que “Los nicaragüenses tienen derecho a expresar libremente su pensamiento en público o en privado, individual o colectivamente, en forma oral, escrita o por cualquier otro medio”. Eso quiere decir que las personas que se tomaron la Catedral de Managua, como ciudadanos nicaragüenses que son, tienen todo el derecho del mundo de manifestarse en contra de lo que ellos consideren incorrecto. Pero, a lo que no tienen derecho es a invadir los templos de ninguna confesión religiosa. Sobran los lugares públicos donde manifestarse. La iglesia, el templo, es la casa de Dios, y no debe ser convertida en centro de activismo político.

En la Nicaragua del presente hay muchos problemas y desviaciones del sistema democrático, pero nadie puede poner en duda que existe plena libertad para protestar. Este país no es el de la época somocista ni de la era sandinista, cuando toda manifestación en contra del régimen de turno era reprimida mucha veces de manera brutal e inclusive sangrienta. Es por eso que tampoco es justificable que para expresar sus opiniones las personas que protestan se cubran los rostros con pañuelos o cualquier clase de máscaras. Los nicaragüenses que tienen afiliaciones y simpatías partidistas deben tener completamente claro que en las actuales circunstancias de libertad, en donde no existe el temor a pensar, ni a expresar las ideas ni a manifestar las opciones políticas, la clandestinidad es totalmente innecesaria. Y para decirlo con toda franqueza, cubrirse la cara no sólo pretende transmitir una idea falsa de represión gubernamental que no existe sino que también y sobre todo denota falta de valentía y de entereza.

Quienes aplauden las acciones de quienes ponen tranques, hacen plantones e inclusive se toman los templos, como el caso concreto de quienes ocuparon la Catedral de Managua la semana pasada, fomentan en la ciudadanía en general y entre la juventud en particular, todo un esquema de anti valores que no son deseables ni apropiados para forjar una sociedad democrática, libre y civilizada. A los ciudadanos y particularmente a los jóvenes, hay que enseñarles a tener valor cívico, a dar la cara, porque esto significa ser responsable; significa asumir las propias responsabilidades y estar dispuesto a dialogar, a debatir, y a sostener las posiciones y puntos de vista que cada quien considere correctas, todo, por supuesto, dentro de un marco de civilidad y de respeto al derecho ajeno.

¿Es que no se puede comprender que poner tranques, obstaculizar la libre circulación, perturbar el derecho de las demás personas, y esconderse detrás de un antifaz para no dar la cara son actos muy parecidos al de esconderse detrás de una inmunidad parlamentaria para no tener que enfrentar la justicia?

No dudamos que son justas las motivaciones de quienes protestan en las calles y centros públicos en general. Inclusive creemos que la intención de quienes se tomaron la Catedral de Managua era sana, porque querían manifestar su desacuerdo con la corrupción y contribuir a la construcción de una nueva Nicaragua libre y digna. Pero esos métodos son incorrectos. Los jóvenes son el futuro de la patria. Son ellos los que eventualmente tomarán en sus manos las riendas del poder público y privado, y los que deberán seguir construyendo nuestra nación. Y por eso mismo es de suma importancia que desde ya la juventud se vaya formando en los valores de libertad, apertura, y responsabilidad que deben inspirar al ciudadano que desee ser parte de una sociedad civilizada.

La política de cualquier clase, partido o ideología, nada tiene que hacer en las iglesias. Los templos son casas de Dios, de oración, y no tribuna política de nadie.  
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