Opinión Económica
Alan Greenspan y las burbujas
Javier Gómez Biscarri*
Recientemente la prensa estadounidense e internacional se ha hecho eco de unas palabras de Alan Greenspan en las que el maestro intentaba dar razones —no excusas— por su aparente falta de atención a la burbuja especulativa de finales de los años noventa o, más exactamente, por la falta de intervención por parte de la Reserva Federal que propició el que la burbuja se hinchara hasta extremos que posteriormente serían dolorosos para muchos inversores. Hacía ya unos meses que la prensa americana le culpaba de no haber puesto freno a un frenesí especulativo y supongo que, harto de oír tales acusaciones, decidió por lo menos explicarse.
Recuerdo mi reacción de estupor, y casi de indignación, cuando el primero de dichos artículos apareció en la prensa americana. Curiosamente, recuerdo también que por primera vez la mayoría de los demás economistas con los que hablé del tema compartían mi reacción. ¡Hasta dónde podemos llegar en la búsqueda de un culpable de nuestros problemas! En su momento pensé en escribir una pequeña apología de Greenspan, pero dado que la noticia no había trascendido a la prensa española decidí no dar rienda suelta a mi —quizás injusta— ira. Ahora me veo en la obligación de, por lo menos, escribir unas líneas que apoyen las razones que el propio Greenspan ha aducido sobre su falta de actividad, razones que son correctas y de sentido común económico, como casi todo lo que ha hecho o dicho en sus años al frente de la Reserva Federal.
La afirmación, que algunos hicieron, de que Greenspan pudo no haber sido consciente de que había una burbuja especulativa centrada en las famosas dot-coms borda en el ridículo. Él fue la primera persona que llamó la atención sobre la sobrevaloración del mercado de valores en su momento y que de hecho acuñó el término exuberancia irracional, que luego pomposamente todos hemos utilizado en nuestras conversaciones post-burbuja. Puede ser cierto que posteriormente no continuó este discurso alarmista —y quizás debiera haberlo hecho— o que incluso corrigió sus afirmaciones cuando algunos valores tecnológicos sí mostraban síntomas de solidez, pero nadie le puede acusar de no haber sido consciente de que algo gordo se estaba cociendo en el mercado de valores, algo que luego podía repercutir muy negativamente en la economía real. Tampoco olvidemos que él repetidamente advirtió del posible efecto riqueza que se derivaría, y a posteriori se ha derivado, de la caída de las cotizaciones bursátiles.
Decir que Greenspan debería haber actuado contra esa burbuja supone ignorar dos cosas. La primera, el simple hecho de que no es tarea de la Reserva Federal el control del mercado de valores o el influir sobre la valoración de los activos bursátiles.
Ya tienen suficientes quebraderos de cabeza con intentar controlar los precios internos, estimular la economía real y, quizás, ejercer un cierto control sobre el valor del dólar. Pretender añadir la supervisión del mercado de valores a estas tres ya de por sí ingratísimas y a veces incompatibles tareas es poco realista desde un punto de vista práctico y filosófico. ¿Nos gustaría realmente que el Banco Central interviniera directamente en el mercado de valores? Tiemblo sólo de pensarlo.
La segunda cosa y la más relevante, pensar que Greenspan hubiera podido tener una influencia estructural efectiva en la evolución de las valoraciones de Bolsa es ciencia-ficción económica. Es cierto que sus comentarios sobre coyuntura económica tienen un efecto inmediato en los mercados de valores. Al fin y al cabo, todos identificamos a Greenspan como la persona que tiene la mejor información sobre el estado de la economía. Cuando él se pronuncia, los mercados suelen reaccionar. Hasta aquí, bien. Y esto lo hizo, en cierta manera, cuando avisó del peligro de sobrevaloración de muchos activos tecnológicos. Sin embargo, es simplemente descabellado insinuar que Greenspan, o el Comité de Operaciones de Mercado Abierto, debería haber subido los tipos de interés para frenar la especulación bursátil.
En vista de los retornos que se estaban consiguiendo en los meses anteriores a la explosión de la burbuja, la subida de los tipos de interés que hubiera sido necesaria para desviar inversiones del mercado bursátil hacia otros activos o para parar el endeudamiento de pequeños inversores en deuda marginal habría sido letal (sin quitar una sola letra) para una economía que ya presentaba síntomas de debilidad a principios del año 2000, antes de que la burbuja explotara.
Una subida de tipo de interés en los momentos de frenesí especulativo no habría sido efectiva contra la especulación pero habría adelantado y profundizado la ya incipiente crisis. Greenspan lo sabía y, en cierta forma, tuvo que quedarse con los brazos cruzados ante un comportamiento de los inversores que olía a tulipanes y sonaba a compañías de los mares del sur. Y no lo olvidemos: los inversores fuimos los únicos culpables de esta burbuja tanto por nuestra codicia ante beneficios fáciles y generalizados como por nuestra ingenuidad al pensar que, como por arte de magia, estas empresas tecnológicas de la “nueva economía” ofrecerían beneficios sustanciosos en unos años.
Pero la historia de Greenspan y las burbujas no acaba aquí. Ahora se está enfrentando, también con las manos atadas, a otra burbuja incipiente. Con los tipos de interés tan bajos y el mercado de valores, por lo menos por el momento, abandonado como depósito de riqueza, los inversores americanos que todavía tienen algo para invertir se están inclinando cada vez más por el mercado inmobiliario: a pesar de los bajos índices de los datos económicos, el mercado inmobiliario americano no presenta síntomas de recesión, sino más bien de lo contrario. Una leve subida de tipos no vendría mal ahora para frenar la sobrevaloración inmobiliaria sobre la que ya algunos economistas están advirtiendo.
Pero el problema ahora para Greenspan es exactamente paralelo al de la anterior burbuja: subir los tipos con la economía todavía renqueante, con las perspectivas de una posible guerra que dispararía los precios del petróleo y con la confianza de los consumidores por los suelos, sería sin duda el beso de la muerte para la economía americana.
Seguramente Greenspan es consciente de ello, y no creo que esté a gusto con el panorama que presentan los próximos meses. Pero atribuirle la responsabilidad de las dos burbujas —la materializada y la incipiente— es puro escapismo económico. Y, además, una injusticia flagrante.
* El autor es profesor del IESE (Universidad de Navarra, España) 
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