Tiempo de ley y gobierno
Róger Mendieta A.*
Señala El Príncipe que hay tres tipos de hombres: los que descubren las cosas por sí mimos, los que aprenden fácilmente las que les son enseñadas, y quienes ni por sí mismo ni con ayuda ajena son capaces de comprender nada. Parece representar a estos últimos el actual presidente de la Asamblea Nacional, doctor Arnoldo Alemán.
Hace apenas algunos meses, el doctor Alemán, siendo Presidente de la República, firmó un pacto con los llamados sandinistas ortodoxos de la Asamblea Nacional, representados por consistente representación en cuanto al número de votos. Este pacto que inicialmente tuvo efectos solidarios, se reflejó puntualmente en ampliación de actores en Corte Suprema de Justicia, Consejo Supremo Electoral y Contraloría General de la República. El pacto que inicialmente obtuvo favor de políticos acomodados y frugalidad de yoquepierdistas sólo fue insensatez de un hombre, quien pensó que los límites de la libertad tendrían como límite sus locuras.
¿A quién le ocurre pensar que al maquiavelo sandinista se le haya dispuesto pactar para negarse a sí mismo, suicidarse como partido? Sólo quizás, a quienes no ven más allá de sus propias pestañas, y pierden el tiempo de gobernar enredados en la burda telaraña de una madeja de complacidos enterradores políticos.
¿Cuántos días en cinco años de gobierno logró el doctor Alemán, para que aún tuviera tiempo de urdir el laberinto de corrupción, en que como cauce desbordado que todo invade, arrastró la deshuesada economía del país, sus casi irrecuperables recursos y la tragedia social del pueblo reflejada en angustiantes rostros de cadáveres?.
Hablando en pasta, el festín con lo que no es nuestro es siempre desgracia moral que no puede justificarse. Pero robar al Estado tiene connotación de pecado grave, de ofensa social, tragedia colectiva siempre, fundamentalmente por tratarse de robo y despilfarro de los bienes vitales de un país empobrecido por el abandono como es el caso de Nicaragua. Como nicaragüense, me siento robado: lo que pago en impuestos directos o indirectos ha ido a parar al bolso de los traficantes de tierras, de tiendas de abrigos y piedras preciosas, burdeles y hoteles de muchos sitios del mundo. Me niego a esto. Y esta es la principal motivación para buscar, para alimentar un cambio en el rumbo de la nave del Estado.
Un gobierno con programas racionales, inclinado al diálogo inteligente y un irrebatible componente de honradez administrativa, sólo necesita de buenas leyes, y no de malos pactos para ejercer la tarea de gobernar. Los nicaragüenses debemos reflexionar sobre la certeza de que los gobiernos no caminan con pactos, sino que apoyarse en leyes: buenas leyes, claras leyes, libres de la ambigüedad de sabios intérpretes de sinvergüenzadas.
Tenemos algunos años de gozar de una paz aparente. No tenemos enemigos ideológicos ni políticos que amenacen desde nuestras fronteras. Existe actualmente gran desasosiego social que es producto de la pobreza. La guerra de nuestros días debe ser contra la plaga de la pobreza, que amenaza con transformarse en galopante miseria africana. No existe ninguna justificación para que esto ocurra en Nicaragua: suelo pleno de recursos, con espacios vacíos por todos lados, pero empobrecido por la crónica y lapidaria sed de poder y enriquecimiento, que trastorna y corrompe el sueño de algunos políticos. Hagamos las cosas que deben ser hechas... y adelante. Todo pasa, todo desaparece, sólo los pueblos son eternos en el tiempo.
* El autor es expresidente del PC. dialogo@ibw.com.ni 
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