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MARTES 24 DE SEPTIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22861 / ACTUALIZADA 1:30 am
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Suplicio en la frontera

Manuel Obregón S.*

En relación a lo que ocurre en nuestra frontera sur, viniendo de Costa Rica, la pobreza campea a nuestro alrededor y con un poco de orden podemos dar otra imagen, más acorde con las nuevas instalaciones de aduana, que si no las cuidamos empezarán a deteriorarse, lo que es fácilmente comprobable en ciertos huecos o manchas visibles en el cielo raso de algunos de los amplios edificios estatales.

Pero como siempre, hay dos caras de la monada. De ida no hubo gran demora. Reloj en mano conté que nos revisaron los documentos en media hora. Claro, dentro de un tumulto de feria que podría ser menos fatigoso para el viajero. El suplicio fue cuando entramos al lado costarricense, sólo ver la cola era aflictivo, 300 personas en línea, en medio de un calor sofocante.

Debo aclarar que era 14 de septiembre y vacaciones patrias.

Tiempo para salir, dos horas y media, pocas ventanillas para semejante cantidad de gente. Las instalaciones nada que envidiar, al contrario, arcaicas, en una confusión de olores a comida, vendedores ambulantes, cambistas y solícitos “corredores” buscando cómo burlar fila para ganarse unos cuantos colones. El regreso fue algo parecido. Del lado tico, hora y media haciendo cola, en descuidados pasillos y soportando desagradables olores de sanitarios públicos. Ninguna consideración para mayores de edad, ni mujeres embarazadas, ni niños. La entrada a Nicaragua, desordenada, colas para pasar aduana, regreso para sacar maletas, nueva fila para registro, y por fin, acomodo de equipaje. Aunque, conste, 30-40 minutos a lo sumo.

Finalmente, una sugerencia a nuestras autoridades turísticas. Podrían, convenir con las empresas de transporte, que una vez que pisan tierra nica y se puede apreciar ese hermoso paisaje del lago y los volcanes, y el ganado comiendo pastizales, que pongan un poco de música nicaragüense y no ruidosos merengues que nos distraen de la paz y la belleza que contemplamos. Con pena pude observar que, en vez de invitar a admirar nuestro lago y el cielo despejado, por el altoparlante hacían un llamado, de quién eran unas rosquillas extraviadas.

* ManuelO@presidencia.gob.ni

  
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