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DOMINGO 22 DE SEPTIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22859 / ACTUALIZADA 2:00 am
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Especial
Aquellos parques perdidos

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La gran mayoría de los juegos infantiles de los parques de Managua están en condiciones similares al de la gráfica. Este par de niñas carece de un resbaladero en el parque de su barrio.

 

Benjamín Blanco
benjamin.blanco@laprensa.com.ni

“Desde que tengo uso de razón, mi abuelita o una de sus comadres me llevaba al parque, porque para la gente pobre los parques eran los lugares de descanso, a diferencia de los ricos que se iban a sus clubes exclusivos”, recuerda el profesor Julio César Sandoval.

Al primer parque que fui en mi vida fue al Parque Colón de Granada, el que está frente a la Catedral.

Los parques eran para que los jóvenes se encontraran y para encontrar a la noviecita del momento. En ese parque conocí a mi primera novia. Pero era una cosa saludable, todos los muchachos contaban cuentos y chistes. No tenía que estar la madre vigilando a su muchacha, como lo tendría que hacer en su casa o en la fiesta de aquel tiempo. Había un espíritu más inocente entre la gente.

Al doctor Bárcenes Meneses —que está dentro de la historia entregando parte de la frontera y aparece en nuestros tratados internacionales— lo rodeábamos en el Parque Colón para escuchar sus chistes y sus retazos de historia.

Cuando vine a Managua, entre los parques más visitados por los capitalinos estaba el Parque Central, el que está frente a las ruinas de la Catedral vieja, era un parque cuatro veces el tamaño de lo que es ahora. Era un bosque precioso, oscuro, sombreado, lleno de riachuelos falsos, de fuentes y de agua, un poco rústico si se quiere, pues así eran mejores.

Recuerdo el parque Candelaria, del cual ahora sólo queda una cuchillita y es donde comienza el kilómetro cero de la Carretera Norte, cerca de donde fue la Cervecería. Como todos los de su tiempo, estaba lleno de árboles nacionales, perennes y jardines bellísimos, parece que entonces los jardineros cobraban menos porque los había y sabían de buen gusto. Sembraban azucenas, triunfos, lirios y hasta rosas. ¡Rosales! Era algo bellísimo.

Las tardes de los jueves, sábados y domingos llegaba la Banda de Los Supremos Poderes, la Banda de la Guardia Nacional. Y también llegaba la Banda de la Alcaldía. Me parece que Herty Lewites tiene una banda allí, ojalá la mejore, pero ¿para qué tiene esa banda Herty? No sé. Pues antes llegaba a los parques a tocar para que la gente se divirtiese.

La venta del algodón de azúcar, de frutas, de las cosas de Masaya, lo cual hacían una cosa poética y folclórica, pues el folclor no es más que los recuerdos y esencias del pasado. Si agarráramos las esencias del pasado y las trajésemos de nuevo se volvería una nación turística porque no tenemos otras cosas que la agricultura y el turismo, y haríamos una patria llena de cariño y amor.

¿Por qué los parques dejaron de ser oasis de la mente donde ya no se puede ir si no es con miedo?, concluyó el profesor Sandoval.  
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