Que tristes y solos dejan a los jueces…
Cristiana Chamorro Barrios cristiana@laprensa.com.ni
“Se tiene que ser tan héroe para condenar a alguien, como suficientemente héroe para absolver indiciados”, me respondió una de las seis jueces entrevistadas para una investigación de un proyecto de la Fundación Violeta Chamorro que con el apoyo de Finlandia, tiene como propósito facilitar la comunicación entre jueces y periodistas frente a la cultura de impunidad existente. En lo que va del año, dos de esas juezas mujeres, Gertrudis Arias primero y Juana Méndez después, han cumplido con su deber y se les ha premiado como “heroínas” de la justicia sencillamente porque cumplieron con la Ley, lo cual debería de ser la regla y no la excepción.
Ellas ganan menos de mil dólares mensuales, trabajan hacinadas, sus máquinas de escribir “Olimpia” es lo último en tecnología. No hay libros para apoyar sus resoluciones, menos con qué ilustrarse. Mientras así trabajan en los juzgados, los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia pasan a retiro con indemnizaciones vitalicias de C$90,000 córdobas mensuales. En contraste, los jueces malpagados tienen que asimilar miles de folios en pocas horas, presionados por el tiempo y sin recursos para mandar a poner ni siquiera telegramas.
Y a pesar de tan desigual trato, el futuro político del país a veces depende del fallo de una jueza, como el de la Dra. Juana Méndez o el de cualquier otro que podría haberle tocado la suerte. Por ejemplo, las juezas Arias y Méndez no buscaron el caso del Canal 6, el del camionetazo o el de la huaca respectivamente para hacer historia, sino que les llegaron y cumplieron con su pueblo. Sentaron precedentes, a pesar de las presiones y los mensajes de halago que les sobraron, porque no tenían en sus manos casos cualquiera sino involucrados a un presidente de la Asamblea Nacional y ex presidente de Nicaragua, su familia y sus más allegados.
En este contexto el calificativo de “héroes” que les da y les quita el pueblo, los mismos jueces lo simplifican con el valor de haber cumplido con la ley, más cuando sus sentencias responden a las expectativas de la opinión pública y coinciden con la visión de los principales medios de comunicación. De lo contrario saben que por más valientes que sean, sin reconocimiento mediático sus fallos pierden legitimidad y son descalificados en juicios sociales aparte, los que generalmente se orquestan alrededor del origen político de los jueces y no del hecho o de la justicia de sus sentencias.
Lo dijo la doctora Arias en su momento: “Si no ha sido por los medios yo no lo hubiera logrado, ni cualquier otro juez por muy aventados que seamos. Me sentí respaldada y fue hasta que me vi en la televisión que me di cuenta lo que había hecho, porque de nada sirve que alguien como yo se atreva a hacer algo sin los medios de comunicación”. Sin duda, la de ella fue una sentencia histórica que junto con los medios de comunicación elevó el perfil del Poder Judicial y el de los jueces, quienes a partir de entonces tienen una referencia que sólo pueden superar o igualar.
Por eso “confíen en mí”, es lo único que pudo pedir y ofrecer la jueza Juana Méndez en apelación a su nombre y su honor ante una sentencia en la que arriesgó su seguridad, la de su familia y su derecho de ascenso en su carrera judicial. Y es en ese llamado a la confianza en la Ley y la voluntad de quienes la aplican, que la jueza pidió credibilidad para ella y para los jueces que en Nicaragua pretenden moralizar la justicia. Lamentablemente, su realidad es la de América Latina que describe el colombiano maestro de periodistas, Javier Darío Restrepo cuando dice: “Jueces y periodistas coincidimos en que nos movemos entre políticos, sin ser políticos y aquí una de las razones para desconfianza, nadie se cree este cuento”.
Frente a esa verdad, la jueza Méndez en sus diversas declaraciones fue convincente de su autonomía en la elaboración de su sentencia. Demostró soledad e independencia que por un lado aplaudimos, pero que por el otro puede convertirse en la debilidad misma de los Jueces, al aparecer en público solos con su familia, sin expresión de respaldo institucional del sistema judicial. El desamparo de los jueces individualiza sus sentencias y arriesga su objetividad en un medio altamente politizado que no está listo para reconocer el avance profesional de los juristas. En un asunto de forma que en el futuro los jueces deberían resolver para darle carácter institucional y no subjetivo a sentencias históricas que como ésta puso al poder político de Nicaragua igual ante la Ley.
A pesar de las limitaciones de los jueces, su desamparo y desaciertos, lo importante es que la sentencia de la jueza Juana Méndez le dio a cada quien lo suyo y ya es un ejemplo del deber cumplido con su “fallo demoledor”, a como éste fue bendecido por los dos periódicos matutinos en un mismo día. El fallo de la jueza está ahora allí abriéndole puertas a don Enrique para enterrar el estado botín, pero si el Ejecutivo no adecua y acata la sentencia no sólo le resta eficacia a la resolución judicial y credibilidad a su revolución moral, sino que deja sola, triste y desamparada a la Justicia por muy demoledora y heroica que ésta quiera ser en la “Nueva Era”. 
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