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LUNES 9 DE SEPTIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22846 / ACTUALIZADA 02:30 am
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¡Una tacita de oro terrenal, muy cerca del cielo!

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Lic. Ernesto González Valdés
egonzav@uam.edu.ni

En función del trabajo me dirigía a visitar un centro escolar en la parte oriental de la capital (Managua), exactamente en Villa Venezuela. Un poco que preguntando (y preguntando se llega a Roma) a más de una persona, me dijeron “... sí, mire, tome por ese callejón, es el único con calle pavimentada y hasta el tope, ahí está la escuela”.

La calle era estrecha, tal es así que de aparecer un vehículo en sentido contrario no sé como haría, si regresar al punto de partida para posteriormente tener la suerte de que no me volviese a aparecer y llegar de un solo a mi punto de destino. Felizmente no apareció nadie. Mientras me trasladaba —casi cuatro cuadras arriba— veía casas a un lado y otro de la calle, hogares sencillos donde siendo un poco observador describía la vida diaria de parte de la ciudad: puertas y ventanas abiertas, con verjas, por el exceso de calor, unas casas pintaditas, otras no, vendedores en la calle, puestos de ventas. Una mamá llamando a su niño para estudiar (¡excelente!), otro niño, aún con el uniforme de la escuela, ayudando a su papá a ponerse en su cabeza una canasta de productos agrícolas... y así llegamos a la escuela.

Lo primero, un inmenso portón, detrás la Naturaleza misma. ¿Naturaleza misma? Se observaban frondosos árboles, lo que hacía que la temperatura fuese muy agradable a pesar de la hora del mediodía; jardines muy cuidadosos donde abundaban las rosas, las calles que conducían a los estudiantes a las aulas, a la capilla, al teatro, en fin a cualquier parte. Eran como espejos limpios, de pulcros brillaban.

Nos atendieron personalmente la directora del centro y la directora académica, dándonos detalles de las características del centro y el objetivo del porqué de la reunión. Posteriormente nos dieron un recorrido por la escuela, más bien diría un “tour” (vocablo inglés: gira) relativo al turismo, es decir afición a viajar por países y por recreo. Lo que describiré a continuación es algo simplemente inolvidable.

Primero, como es señalado, todo limpio, paredes limpias, como si fuesen recién pintadas, cestos de basura en cada esquina; me aclaraba la hermana (directora académica) que son los propios niños y niñas desde el tercer grado los que se encargan de mantener todo reluciente (la escuela en una jornada del día atiende primaria y en la otra secundaria, unos 2,000 estudiantes o más en total).

Vimos a alumnos de primaria, no en el aula sino trabajando bajo los árboles, de manera organizada, solos, donde uno de ellos(as) era el(la) responsable (me refiero a estudiantes de unos 8 ó 9 años realizando experimentos de clase con vasos de vidrio, una vela, una cuchara, discutiendo entre ellos los resultados —futuros científicos, pensé. La escuela contaba con un salón de computación y un aula con máquinas de coser.

Apreciamos también el salón para profesores, en el cual se destacaban los sillones —para descansar y hasta para tomar su dormidita— aulas ambientadas, profesores que a pesar de ser muy jóvenes, casi todos poseían el título idóneo o unos pocos se encontraban en los últimos años de la carrera.

Todo era precioso.

Y simplemente estábamos en nuestro planeta, era algo terrenal, palpable, percibido por nuestros sentidos.

La visita concluyó en la capilla, el silencio que había en este local era simplemente celestial. El tiempo se había agotado, me despedí de las autoridades del centro (excelente atención, excelente trabajo) en el camino de regreso; pensé: Hoy he conocido una tacita de oro terrenal, muy cerca del cielo.  
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