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LUNES 9 DE SEPTIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22846 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Adiós, desarrollo de mentiritas

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Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

Estaría mintiendo si negara que me siento muy, pero muy feliz, de que los “verdes”, o “ambientalistas”, salieron con las manos vacías de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible que se celebró durante las dos últimas semanas en Sudáfrica. Repito: me siento feliz, porque el éxito de los verdes hubiera significado más miseria para los pobres.

Los ambientalistas, en su mayoría procedentes de países ricos, llegaron a Johannesburgo con sus mochilas repletas de planes para “salvar” a los pobres de un “falso desarrollo” como el que ellos disfrutan —¿o sufren?— en sus países. Pero, afortunadamente, no les hicieron caso. Querían, por ejemplo, metas específicas para el establecimiento en el “Tercer Mundo” de fuentes de energía renovable, como energía eólica y solar. Los países subdesarrollados —que lo que quieren es energía abundante y barata, aunque tenga que ser producida con carbón o petróleo— rechazaron esas metas específicas a sabiendas de que son demasiado caras y no muy eficientes. Los verdes querían, además, la creación de una Organización Mundial del Ambiente, para contrarrestar a la Organización Mundial del Comercio. Tampoco lo consiguieron, por suerte.

Nada, a mi juicio, refleja mejor esa ambición de los ambientalistas de querer “salvar” a los pobres, que un anuncio televisivo que vi hace unos días en CNN. El anuncio empieza con una vista aérea de un plácido río que serpentea por una extensa y deshabitada llanura. Acto seguido aparece un camión circulando en una de sus orillas. Inmediatamente después empieza una febril construcción de puentes, edificios, carreteras, casas y rascacielos que a velocidad vertiginosa van apareciendo en el panorama. Muy pronto se da cuenta uno de que la ciudad construida a orillas del majestuoso río es nada menos que Nueva York, y que aquel cuerpo fluvial es, por supuesto, el Hudson. Lo que viene después es en extremo revelador. Aparece una especie de medidor que gira apresuradamente, y de repente se detiene en un mensaje que dice: “Usted falló”. El mensaje no podía ser más claro: la civilización occidental es “un fracaso”, porque, ¿qué otra construcción humana simboliza mejor la civilización occidental que la ciudad de los rascacielos? Y si Nueva York es un fracaso, la civilización occidental —y por consiguiente el concepto de desarrollo generado por ella—, pues también lo es.

No nos enredemos; en materia de desarrollo hay dos campos bien definidos: los que lo quieren y los que no lo quieren. Los que de verdad lo deseamos hablamos de desarrollo, a secas. Los que no —aunque no sepan que no lo quieren— hablan de desarrollo sostenible, o sustentable.

Los del segundo grupo podrían pensar que por el mero hecho de que desean —muy sinceramente, por cierto— que la gente tenga buena salud, buena educación, una alimentación saludable, y una vivienda decente, significa que ellos quieren que haya desarrollo. Pero no es así, porque el desarrollo no es un simple anhelar, o la visión utópica de un mundo perfecto. El desarrollo es, primero que nada, un proceso de creación de riqueza que requiere, necesariamente, una alteración y transformación del ambiente. Implica, entre otras cosas, cortar árboles, extraer minerales del subsuelo, pescar en los mares, y un millón de actividades más que transforman el ambiente. Muchos, sin embargo, creen que transformación es sinónimo de destrucción, aunque, para ser precisos, no puede haber transformación sin algún grado de destrucción.

Y para que pueda haber desarrollo se necesita, además, un ordenamiento económico y social basado en la libertad individual. El desarrollo, a secas —el único que conocemos, porque no hay otro— es producto de la libertad, y no de ningún plan elaborado por alguna elite arrogante y soberbia de esas que en todas las épocas y países han creído siempre saber qué es bueno y qué no lo es para la mayoría de la gente.

Lo que los países pobres necesitan para desarrollarse, en resumidas cuentas, no es más que un Estado de Derecho en el que sus ciudadanos tengan la oportunidad y la libertad de utilizar la tecnología del mundo occidental para transformar su ambiente a como a ellos les plazca, y no a como se le pueda ocurrir a los “chelitos” ambientalistas de los países del Primer Mundo. A los verdes y a los planificadores arrogantes no los necesitamos. Si a ellos no les gusta el desarrollo que con grandes sacrificios construyeron sus antepasados, ese es su problema, pero, por favor, no pretendan decirnos al resto del mundo cómo debe ser nuestro desarrollo.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  
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