Reportaje especial
Morir bajo llantas
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 | Los buses destartalados que circulan por Managua a velocidades temerarias, irrespetando las leyes de tránsito, son una epidemia que cada cierto tiempo nos horroriza con las muertes que produce. LA PRENSA analiza tres de las últimas muertes bajo llantas de buses, dos niños
—excelentes alumnos de sus escuelas— y un ciclista. Los resultados de estas pesquisas son sorprendentes: uno de los homicidas está libre, y los últimos dos, con apenas unas semanas de cárcel, esperan salir bajo fianza en los próximos días. |
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El recuerdo de Thelma está presente en sus padres, principalmente en don Mauricio Velásquez. Cualquier momento es el mejor para ver su fotografía. El homicida ya está libre. |
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Luis Alemán luis.aleman@laprensa.com.ni
Ver gráfico 25 de junio, 6:45 de la mañana. Don Mauricio Velásquez sale de su casa rumbo al Colegio María Mazzarello, en Managua. Acompaña a su hija Thelma María Velázsquez Vega, de 13 años. Debe cruzar de extremo a extremo —a la altura de la Leche Agria de La Racachaca— la pista que va desde Plaza España hasta la gasolinera del Guanacaste.
Ir a dejar a su hija hasta el colegio era parte de sus actividades cotidianas, las que cumplía con disciplina religiosa desde que fue jubilado del magisterio hace varios años. Quería estar seguro de que su única hija llegara con bien al colegio, pero esa mañana, ninguno de los dos imaginó la tragedia que vendría a sus vidas.
Para pasar la pista, ambos esperaban que el semáforo cambiara a rojo. Así lo hicieron esa mañana, pero a 40 metros de distancia se acercaba la muerte, una unidad de la ruta 119 se aproximaba peligrosamente.
El semáforo estaba en rojo, pero el conductor aceleró. El pesado vehículo arrancó a la niña de las manos de su padre.
Algunos testigos señalan que a Thelma primero le pasó la llanta delantera y luego las dos traseras. Don Mauricio fue lanzado a unos metros de distancia, pero el instinto de padre lo hizo incorporarse de inmediato y buscar a su hija. La pequeña apenas balbuceó unas palabras: “Me duele mucho papito”.
Unas 13 horas más tarde la niña fallecía en una cama del Hospital “Fernando Vélez Paiz”. El daño causado por las llantas del bus fue mortal y su menudo cuerpo no resistió.
Desde entonces han transcurrido 70 días. Para don Mauricio parece que fuera toda una vida. El impacto emocional fue tal que aquella imagen de su hija arrollada aún no se le ha borrado de la mente. “Creo que no se me borrará nunca”, afirma.
LA HISTORIA SE REPITE
Don Mauricio expresa que su principal deseo es que ese dolor que él sufre, no lo viva ninguna persona más. Pero hay gente empeñada en sembrar el dolor en las familias; 68 días después una tragedia similar envolvía a la familia de doña María Doris Mendieta Martínez.
Su único hijo, de escasos 11 años, uno de los mejores estudiantes del Centro Escolar Centroamérica Unida, moría bajo las pesadas llantas de un bus de la ruta 112, cuyo conductor Manuel Ángel Rugama González, irresponsablemente se “voló la roja” y arrastró al niño hasta que las llantas traseras trituraron el cuerpecito de Marcos Antonio Martin Mendieta.
Los Velásquez Vega y los Martin Mendieta viven a larga distancia uno de los otros, pero la tragedia los ha unido. Tienen un común denominador: el dolor por la pérdida de un ser querido bajo las llantas de un bus.
Mientras don Mauricio y su esposa Thelma conservan intacto el cuarto donde dormía su querida hija, doña María Doris Mendieta guarda celosamente el uniforme que su hijo llevaría al desfile de este 14 de septiembre. Marcos Antonio formaría parte del pelotón de los mejores estudiantes de su colegio.
Pero en vida, ambos niños tenían mucho en común: el orgullo de sus padres. Thelma era una de las mejores estudiantes del segundo año B del Colegio María Mazzarello. Una niña muy inteligente, recuerdan sus profesoras, que rechazan el vacío que ésta dejó.
“Ella nunca se imaginó que moriría en manos de un conductor irresponsable”, afirma su padre. Pero Marcos Antonio también era un niño muy inteligente. “Él nos explicaba que cada vez que se iba a cruzar una calle teníamos que fijarnos en el semáforo. Cuando la luz estaba en rojo, era el momento de hacerlo”, expresa doña María Doris, que no acepta el hecho de que su hijo haya muerto de esa manera.
“La muerte del niño en los semáforos del Mayoreo me impactó tanto que no pude evitar recordar a mi hija”, asegura don Mauricio, cuyos ojos enrojecen cada vez que se refiere a ella, y de los mismos asoma tímidamente una lágrima.
Pero tal parece que el horror es algo inherente al servicio de transporte urbano colectivo. Los buses en vez de la marca de la Cooperativa, llevan la calavera de la muerte.
OTRO FATAL ACCIDENTE
No habían pasado ni 72 horas del trágico fin del niño Marcos Antonio cuando un joven, Santos René Hernández Contreras, de 21 años, moría bajo las llantas de un bus de la ruta 175.
José Ariel González Márquez conducía la unidad a exceso de velocidad. Algunos testigos aseguran que el conductor venía conversando con una persona, eso lo distrajo y no se fijó en el muchacho a quien arrastró varios metros dejando en el adoquinado huellas de un frenazo y mechones de pelo del infortunado.
“¿Hasta cuándo tendremos que sufrir esta tragedia?”, se preguntó doña Ángela Rosa Contreras, cuando acariciaba entre llantos el rostro de su hijo fallecido, combinando las gotas de sus lágrimas con la sangre que manchaba nuevamente las pistas de Managua. 
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