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JUEVES 5 DE SEPTIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22842 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Los “nicaribeños” continúan esperando

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Franklin Bordas L.
lowery:@cablenet.com.ni

La Costa Atlántica requiere paz en sus pobladores y en sus relaciones con su país: Nicaragua. La historia de la Costa es conmovedora, luchas, pobreza y sueños. Cinco cementerios se construyeron en San Juan del Norte en 1860, los cuales nos ilustran tal dramatismo. Un cementerio inglés, un español, un norteamericano, un mormón y un cementerio criollo muestran una diferenciación, rayana en el odio más allá de la muerte. Hoy día parecen deambular fantasmas de ese terrible pasado, que como el fantasma de Canterbury (Oscar Wilde) pretenden aterrorizar visitantes —llámense turistas o inversionistas— interesados en desarrollar negocios.

Transcurrieron 350 años de dominación extranjera en la Costa Atlántica para finalmente firmarse el ya famoso Tratado Dallas-Clarendon (entre Estados Unidos e Inglaterra) donde se acordó el retiro del protectorado ingles de la Mosquitia y se definieron los límites territoriales de ésta bajo soberanía nicaragüense, aunque el mismo tratado fue más propositivo que legal, ya que ninguna de las partes lo ratificó. Pero fue hasta la firma del Tratado Zeledón-Wyke (también conocido como Tratado de Managua) suscrito en 1860 entre Nicaragua e Inglaterra, que se declara la soberanía del Estado de Nicaragua, sobre el territorio de la Mosquitia. Y transcurrieron 34 años más, para que el gobierno nicaragüense en su representante de 1894, José Santos Zelaya, reincorporara la Costa Atlántica al territorio nacional.

Más de 100 años lleva el pueblo costeño esperando un cambio. Hoy las aguas políticas de la Costa están turbulentas, el reclamo de los costeños parece centrarse en por qué el gobierno nicaragüense luchó durante tanto tiempo para la incorporación y legitimación de ese territorio, si a la postre la población no ha vislumbrado cambio alguno. Durante las dos recientes décadas la población costeña dejó oír su voz de diferentes maneras. La soledad y la pobreza han sido caldo de cultivo para las más temerarias entelequias en cuanto a la búsqueda de recursos que el gobierno nacional no ha podido otorgar.

Las ingentes necesidades en la Costa presionan a un desesperado rastreo de soluciones, pues los recursos para vivir con que se ha contado y soñado, comienzan a esfumarse: la pesca escasa, los recursos forestales que se extinguen y las minas deterioradas, en medio de una gran campaña de marketing del narcotráfico e interminables dificultades políticas. Sin concretarse inversiones de impacto, la preocupación de líderes costeños y la población en general aumenta en forma alarmante. ¿Dónde está el gobierno? —se preguntan—. ¿Es Managua, Nicaragua? ¿Sólo es el nicho de votantes, el filón que los políticos persiguen?

En un reciente artículo, Stephen Slate, costeño y director ejecutivo del Instituto para la Mediación y resolución de conflictos de la ciudad de Nueva York, aduce que “después de la historia de los últimos diez mil años, la revolución del saber nos ofrece la oportunidad de crear una cultura de coexistencia, cooperación y conflicto constructivo, para forjar una nación, que reconoce, valora y respeta las diferencias sociales, económicas y culturales de sus habitantes...”

La coexistencia pacífica es la clave para el pueblo costeño. Buscar y encontrar paz para todas las familias costeñas debe ser la orden del día. Detenernos, analizar rigurosamente y a la luz de una mente sana y libre de prejuicios, el derrotero correcto para la generación de riqueza que tanto necesita la costa. Desarraigar esa vetusta mentalidad separatista, y ofrecer un escenario propicio a la inversión local o externa, debe ser la agenda inmediata. Nicaragua es una sola. “El Pacífico y el Atlántico complementándose, sin afectarse individualmente, aunque juntos en una sola nación del Caribe, Nicarabia, Nicaribe o Nicaribeño, dice el conocido poeta costeño Carlos Rigby, en su poesía.

Deberían haber más cementerios para enterrar todo atraso, toda cultura de violencia, todo antagonismo, toda etnocracia, toda mentalidad separatista, para dar ese maravilloso salto al desarrollo que todos acariciamos. ¡Costeños nicaragüenses o nicaribeños como nos bautiza el poeta Rigby!

El autor es escritor costeño.  
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