Prosa
Brotes
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Pintura de Carlos Montenegro. |
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Leonel Delgado Aburto
Anoche soñé que habitaba un manicomio. En el manicomio había una ventecita de gaseosas y galletas, y una mujer maquillada que observaba la distancia. Se escuchaba lejos un tráfico ido y roto, convaleciente, que perforaba el aire húmedo. De cerca, la mujer de la venta engordaba, se le miraba más la mancha de las cejas y el achiote del sonrojo. Era una venta triste y vieja, y las galletas esperaban empacadas desde hacía por lo menos 30 años.
— Va a querer algo? —me preguntó
— Una milca —le respondí, atento a las dalias doblegadas del jardín que rodeaban la caseta de la venta
Abrió la mantenedora y sacó la botella. Tarareó: Deshojada florecilla... La enramada de la vida... Puso espinas al camino...
Todo estaba seco. Todo había sido vencido y corroído. En mi pecho ganaban el hueco y los viejos aullidos. Al volverme hacia los edificios iba instintivamente a 1987, cuando comencé a asistir a la Universidad. Era el mismo drama de la mujer que tarareaba medio dormida. Como que esa mujer era cíclica y aparecía entre flores de azúcar en los momentos menos previstos por la vida: lo que tu viviste para ser al fin una mujer…
— Extraño que en invierno estén tan secas esas dalias
— Es que bañaron a las más viejas ahí cerca. Si Ud. se pone atento va a sentir un olor a creolina. Pero ralentado. Lo siente?
— Apenas
— He echado anises y jengibre. Hasta ya hay unos brotecitos nuevos. Cuando las bañaron, que fue toda ceremonia, había esa música de pitos melancólicos pentatónicos, y no sólo de las chicharras. Viera que me bailaba la nariz del tufo y después un dolor de cabeza…
— ¿Y cómo son?
— Son abuelas. Ya bastante abuelas. Las pobrecitas tiritaban. No se reían. Y los pechos, que los tienen caídos —muy caídos pero mansos—, les quedaron temblando.
Callamos quizá otros 30 años, en mis manos corrieron los hongos de azúcar, fue noche y día, hasta que ella siempre pensativa dijo:
— Ahora ya hay brotes. 
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