Narrativa
“Vivir para contarlo”, Memorias de GABO
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“Vivir para contarlo”, el libro de memorias de Gabriel García Márquez, esta semana ha causado boom. Algunos fragmentos de sus historias.
“ÉL HABRÍA PREFERIDO EL COLEGIO AMERICANO PARA QUE APRENDIERAINGLÉS, PERO MI MADRE LO DESCARTÓ CON LA RAZÓN VICIADA DE QUE ERA UN CUBIL DE LUTERANOS”.“
Al cabo de largas discusiones y consultas, con muy escasa participación mía, mis padres se decidieron por el Colegio San José de la Compañía de Jesús en Barranquilla. No me explico de dónde sacaron tantos recursos en tan pocos meses, si la farmacia y el consultorio homeopático estaban todavía por verse. Mi madre dio siempre una razón que no requería pruebas. En los gastos de la mudanza debía de estar prevista la instalación y el sostén de la familia, pero no mis avíos de colegio.
De no tener sino un par de zapatos rotos y una muda de ropa que usaba mientras me lavaban la otra, mi madre me equipó de ropa nueva con un baúl del tamaño de un catafalco sin prever que en seis meses ya habría crecido una cuarta. Fue también ella quien decidió por su cuenta que empezara a usar los pantalón es largos, contra la disposición social acatada por mi padre de que no podían llevarse mientras no se empezara a cambiar de voz.
La verdad es que en las discusiones sobre la educación de cada hijo me sostuvo siempre la ilusión de que papá, en una de sus rabias homéricas, decretara que ninguno de nosotros volviera al colegio. No era imposible. Él mismo fue un autodidacta por la fuerza mayor de su pobreza, y su padre estaba inspirado por la moral de acero de don Fernando VII, que proclamaba la enseñanza individual en casa para preservar la integridad de la familia. Yo le temía al colegio como a un calabozo, me espantaba la sola idea de vivir sometido al régimen de una campana, pero también era mi única posibilidad de gozar de mi vida libre desde los trece años, en buenas relaciones con la familia, pero lejos de su orden, de su entusiasmo demográfico, de sus días azarosos, y leyendo sin tomar aliento hasta donde me alcanzara la luz.
Mi único argumento contra el Colegio San José, uno de los más exigentes y costosos del Caribe, era su disciplina marcial, pero mi madre me paró con un alfil: . Cuando ya no hubo retroceso posible, mi padre se lavó las manos:
-Conste que yo no dije ni que sí ni que no.
Él habría preferido el colegio Americano para que aprendiera inglés, pero mi madre lo descartó con la razón viciada de que era un cubil de luteranos.
““LOS MAESTROS JESUITAS, TAN SEVEROS EN CLASES, ERAN DISTINTOS EN LOS RECREOS, DONDE NOS ENSEÑABAN LO QUE NO DECÍAN DENTRO Y SE DESAHOGABAN CON LO QUE EN REALIDAD HUBIERAN QUERIDO ENSEÑAR”“.
Con el padre Pieschacón, el rector, tuve algunas charlas casuales, y de ellas me quedó la certidumbre de que me veía como a un adulto, no sólo por los temas que se planteaban sino por sus explicaciones atrevidas. En mi vida fue decisivo para clarificar la concepción sobre el cielo y el infierno, que no lograba conciliar con los datos del catecismo por simples obstáculos geográficos. Contra esos dogmas el rector me alivió con sus ideas audaces. El cielo era, sin más complicaciones teológicas, la presencia de Dios. El infierno, por supuesto, era lo contrario. Pero en dos ocasiones me confesó su problema de que no lograba explicarlo. Más por esas lecciones en los recreos que por las clases formales, terminé el año con el pecho acorazado de medallas.
Mis primeras vacaciones en Sucre empezaron un domingo a las cuatro de la tarde, en un muelle adornado con guirnaldas y globos de colores, y una plaza convertida en un bazar de Pascua. No bien pisé tierra firme, una muchacha muy bella, rubia y de una espontaneidad abrumadora se colgó de mi cuello y me sofocó a besos. Era mi hermana Carmen Rosa, la hija de mi papá antes de su matrimonio, que había ido a pasar una temporada con su familia desconocida. También llegó en esa ocasión otro hijo de papá, Abelardo, un buen sastre de oficio que instaló su taller a un lado de la plaza mayor y fue mi maestro de vida en la pubertad.
La casa nueva y recién amueblada tenía un aire de fiesta y un hermano nuevo: Jaime, nacido en mayo bajo el buen signo de Géminis, y además seismesino. No lo supe hasta la llegada, pues los padres parecían resueltos a moderar los nacimientos anuales, pero mi madre se apresuró a explicarme que aquél era un tributo a Santa Rita por la prosperidad que había entrado en la casa. 
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