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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 12 DE OCTUBRE DE 2002
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“Existen los medios para dominar al hombre”

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Hermann Tertsch

Es muy difícil encontrar a alguien con semejante sonrisa y gesto amable que sea menos ingenuo que este hombre. Es cada vez más improbable conocer a alguien que haya interiorizado con tanta fortuna —para él y para los demás— el horror que ha presenciado, alguien que haya convertido el miedo al ser humano en calor agradecido hacia la vida y los humanos en su entorno. Judíos húngaros víctimas supervivientes del nazismo y del comunismo ha habido muchos. Pero ninguno ha sabido plasmar como Imre Kertesz en su obra, las tinieblas de aquel pasado que siempre retorna y la fuerza del recuerdo en el diálogo de una víctima consigo misma —del Yo y el otro que da título a uno de sus libros más bellos— y que no concluye sino con la muerte.

Kertesz es la versión más genuina del individualista de rebeldía serena que uno pueda imaginar. Nunca fue soldado. Su labor ha sido, tal como la define él, “escribir en el humo y cavar con la pluma su fosa en las nubes”, recordando los versos de Paul Celan, víctima a su vez y a su manera del holocausto, en el que cantaba a los judíos de Auschwitz: “Subiréis como humo en el aire, luego tendréis una fosa en las nubes, donde no existen estrecheces”.

Su novela Sin destino, ya publicada en castellano por el Círculo de Lectores, es un libro imprescindible por su fuerza y emoción carentes de sentimentalismo. Con cierto contenido autobiográfico, es para muchos la mejor novela jamás escrita sobre el holocausto y una de las más grandes obras europeas de la segunda mitad del siglo XX. Con un lenguaje que, como dice el autor, es producto de dictaduras del siglo europeo, el joven judío de Budapest va descubriendo el mundo del terror en los campos de exterminio y recreando continuamente la realidad en los mismos, al tiempo que se transforma él, con su mirada lúcida, tan lejana del cinismo como del sentimentalismo.

Kertesz detesta el sentimentalismo que tanto prolifera en obras sobre el genocidio nazi y destaca especialmente al director norteamericano Steven Spielberg, cuya Lista de Schindler considera el mejor ejemplo de cómo no hay que tratar esta cuestión.

Vino Imre Kertesz a Madrid a hablar de la Europa Central, de la de ayer y la de hoy, pero sus palabras y su literatura son mucho más que análisis político o resultado de situaciones actuales. Rezuman memoria viva. Viene a hablar de Europa Central.



¿Me puede decir usted, qué tanto ha vivido esta realidad, qué es realmente la cultura de la llamada “Mitteleuropa”?

“Es una pregunta compleja. En realidad, en Centroeuropa convivimos países muy diferentes. Nos une ante todo lo que nos ha separado durante tanto tiempo de Europa Occidental. El Occidente es para nosotros el símbolo de la Ilustración y de los derechos humanos, de los derechos individuales. Mientras, nosotros permanecíamos durante tanto tiempo en dictaduras de diverso signo”.

Preguntado Kertesz si no comparte la opinión de otros intelectuales centroeuropeos, muchos de ellos húngaros, que sostienen que frente a la americanización de Europa occidental es precisamente la “Mitteleuropa” la que mantiene más vivas las esencias de la cultura europea, el escritor húngaro se rebela. “Eso lo puede decir probablemente Konrad, pero yo, en todo caso, no lo diría. ¿Qué es eso de la sustancia europea? Yo creo que es precisamente la referida Ilustración y la democracia que proceden de países como Inglaterra, Holanda y todo el norte de Europa occidental; es una evolución muy diferente. Es el avance de la burguesía, de la civilidad.

Este proceso no se produjo nunca en países como Hungría, si exceptuamos quizás los momentos inmediatos después de 1867 (año del llamado ‘Ausgleich’, en el que Austria y Hungría se reconcilian oficialmente y forman el imperio bicéfalo). Hungría siempre ha sido dominada por fuerzas extranjeras y por una pequeña aristocracia. Es una evolución muy diferente a la habida en Occidente, donde existió una gran reconciliación social después de las revoluciones”.



¿No es usted uno de esos nostálgicos de la ‘Mitteleuropa’?

“No, desde luego que no soy un nostálgico de ‘Mitteleuropa’. Creo que fue una evolución inmensamente malsana, una construcción enfermiza que hasta hoy tiene efectos en unas sociedades muy poco equilibradas. Por supuesto, juegan un gran papel los 40 años de ocupación soviética. Pero el retraso era enorme respecto a Occidente. No debe olvidar usted que reformas básicas, como la de la tierra, no se hicieron en Hungría hasta después de la Segunda Guerra Mundial”.



¿Cómo percibe usted esta polémica?

“Es difícil de contestar. Existe ahora un libro muy polémico de Finkelstein llamado La industria del holocausto. No lo he leído, pero ahora estoy leyendo uno de Peter Novick titulado Tras el holocausto. Es éste un libro muy serio de un historiador muy serio, profesor en Chicago, y en él describe cómo en los años cuarenta, inmediatamente después del holocausto, no existían prácticamente ni debate ni información sobre el genocidio, por diferentes razones políticas.

También los judíos supervivientes que llegaban callaron, y lo hicieron también las grandes organizaciones judías. Después, éstas utilizaron el genocidio para otros fines, sobre todo para la creación del Estado de Israel.

El holocausto como tema de debate resurge después en los años setenta, treinta años después de los hechos, y se convierte en un trauma, aunque el autor duda de si es un trauma verdadero. Todo ello es muy típico en este debate, en el que sin duda hay muchos intereses, muchas falsedades y muchas manipulaciones y distorsión de la realidad que no ayudan en nada al debate esencial, que es lo que le sucedió a la cultura europea en Auschwitz, con Auschwitz y por Auschwitz.



¿Qué fue en su opinión?

“Yo creo que Auschwitz, pero también las dictaduras que ha sufrido Europa en el siglo XX, han producido un profundo cambio en la cultura europea y también en las formas de vida”.

Dice en alguno de sus textos que Auschwitz acabó tan sólo porque cambió la suerte de la guerra, pero que nunca ha habido nada que pueda considerarse una negación fundamental de lo que fue y supuso Auschwitz.

“Exactamente, yo creo que Auschwitz y las dictaduras europeas han tenido un profundísimo efecto sobre las conductas también en aquellos países que no las sufrieron, como Estados Unidos o Escandinavia. En Alemania se comenzó con una toma del poder por parte del nazismo, una dinámica que aspiraba a arrastrar a toda la sociedad y que de hecho lo consiguió. Esta dinámica creó una maquinaria que tenía como un objetivo capital la aniquilación de los judíos. Y en la dinámica generada por los nazis, la gente sólo podía sobrevivir integrada en esa maquinaria. Es un ejemplo de lo que esta dinámica de poder e industria pueden lograr.

Yo creo que también hoy vivimos en una dinámica que, por supuesto, no es la de Hitler y Auschwitz, pero sí una dinámica que obliga a las gentes ya los países a integrarse en una forma de vida que nos es presentada por los medios y que se han convertido en lugares comunes. Todavía no está bien estudiado el grado de sumisión y adaptación que exigen, por ejemplo, los grandes consorcios multinacionales a sus empleados. Hay muchos ejemplos de cómo la libertad que existía en el siglo pasado para vivir con privacidad e intimidad está en peligro”.



¿Cree realmente que el hombre del siglo XIX era más libre que el actual?

“No, pero no había posibilidades de dominar totalmente al hombre, y hoy, sin embargo, los medios para hacerlo están disponibles. Y son las dictaduras y Auschwitz las que generaron en el siglo pasado las dinámicas para que esta total dominación del hombre

Tomado de El País, España.  
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Imre Kertész; Premio Nobel de Literatura


“Existen los medios para dominar al hombre”


“Vivir para contarlo”, Memorias de GABO


Imre Kertesz Premio Nobel de Literatura 2002