Relato
Sombras nada más
Sergio Ramírez
Todos los serviles rodeaban a Somoza dentro del agua, dijo, cada uno con su vaso en la mano, cuando se oyó desde abajo un ruido ronco y sonoro como de algo que se está vaciando, y de pronto el agua transparente empezó a teñirse alrededor de Somoza, una nube oscura que iba extendiéndose, y el olor, amigos míos, una tufalera insoportable que ni tendalada de zopilotes muertos, dicho lo cual se detuvo y se tapó la nariz. Un niño que no tendría seis años volteó a ver a su mamá que lo cargaba, y dijo: ¡fue que se obró Somoza dentro del agua, mamá! El peludo miró entonces al niño con ojos de sabiduría: tú lo has dicho, niño, se desocupó Somoza dentro de la piscina. Preguntó entonces la mamá: ¿qué hicieron los demás? Nada, absolutamente nada habían hecho, contestó. Y ahora clavaba a Alirio Martinica con una mirada acusadora, todo lo que estoy contando no es más que la verdad, papito, y no me podés desmentir, vos estabas metido hasta el pescuezo dentro de esa piscina, no te atreviste a moverte una sola pulgada mientras aquello avanzaba y te llegaba al borde de la boca, imagínense, con todo lo que Somoza come.
Unas risitas traseras se oyeron primero, luego carcajadas ya francas por todas partes. Entonces, el muy tunante, extendió el dedo acusador hacia Alirio Martinica: ¡El somocismo no es más que pura mierda, y en esa mierda se bañan los serviles!, tronó. Hubo un amago de aplauso, como quien quiere y no quiere, pero muy pronto ese amago se había desgranado ya en cascada cerrada, tal parecía que iba a caerse la casa cural, ya va de inclinarse el peludo para recibir la ovación, como los consumados artistas de las tablas. ¿Alirio Martinica? El tal no podía estarse quieto, la indecisión pintada en la cara, a veces esperanzado y de inmediato afligido, como si ansiara entrar por la brecha de aquellos aplausos tumultuosos, pero al mismo tiempo como si les tuviera miedo. 
|