El leñador, el marinero y el hombre ocupado
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 | Cuento, tomado de “El enigma de las alemanas”, que hace 25 años mereció el Primer Premio en el certamen literario “Día de la hispanidad”, en Guatemala. Como un homenaje a su autor reproducimos una de las historias de la edición. |
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Pedro Joaquín Chamorro
“Hace días no hablo. El diálogo coral (algunos lo llaman así) quedó interrumpido totalmente con el asombro de la letra. Estoy siendo aplastado por mi propio silencio, sin voz, sin oídos, como petrificado dentro de mí mismo, sin salida ni expresión, al extremo de que aún las pequeñas cosas me parecen disecadas, intactas, pero sin gracia. Además, no llueve, ni hay vientos, y sólo en las revistas puedo ver las ciudades de otros días, de otras épocas mejor dicho, llenas de hielo, elemento consubstancial al amor. Porque me imagino —casi nunca, sólo una vez he estado en el hielo— que las personas se apretujan entre sí cuando hay nieve, y por efecto de los asuntos climáticos, los cabellos toman otra forma y la vida se convierte en un eterno estar en el bosque. Árboles enormes sin hojas, tiempo blanco y espacio frío, lleno de vida interior y de amor que hace falta aquí, donde vivimos entre cajones repletos de papeles inservibles y a cada paso se tropieza uno con un destornillador, o una tuerca, cuando lo hermoso sería encontrarse con una piedra llena de musgo, y tal vez si se trata de aceptar los instrumentos mecánicos, con una pala o un rastrillo, pero jamás con destornilladores, tornillos o llantas. En el invierno y el bosque está la felicidad”.
Dijo eso el leñador, y después cedió la palabra al marinero.
— “Ustedes no han visto los peces voladores, ni el bogavante” —comenzó.
— “¿Y tú quién eres para hablarnos de esas cosas...?”
— “Los bogavantes —prosiguió— son parecidos a los langostinos, de su misma especie, pero se desplazan más ceremoniosamente, como que bogan en la profundidad del mar y de allí proviene su nombre, y también el que aparezcan dibujados en los libros donde están todas las especies marinas a colores, esos libros que contienen explicaciones sobre el manejo de las escafandras de los buzos, y relatan las aventuras de quienes han descendido al fondo del mar”.
— “Y tú has descendido...?”
— “No, pero algún día he de hacerlo porque es allí donde está la felicidad, en las grandes lagunas interiores del océano con sus algas llenas de colorido, muchísimo más lindas que las flores de la tierra y en las simas volcánicas hundidas donde habitan seres increíbles, poseedores de fluido eléctrico, o relucientes como el oro bruñido. Allí es donde debe buscarse la felicidad, concluyó, y no en los bosques nevados”.
Habló después un hombre que no conocía ni el fondo del mar, ni los peces voladores y ni siquiera había visto estampas coloreadas con el retrato de los bogavantes ni las piedras llenas de musgos, ni los campos nevados sugerentes del abrazo invernal.
— “Yo —dijo— no sé nada de eso que hablan ustedes, ni he tenido tiempo para buscar todas esas cosas, o tal vez me ha faltado valor para hacerlo. Tal vez, repitió, guardando una libreta llena de números en su bolsillo, y por eso soy un hombre triste, porque he vivido muy ocupado”. 
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