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DOMINGO 13 DE OCTUBRE DEL 2002 / EDICION No. 22880 / ACTUALIZADA 1:00 am
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Especial
La fe mueve montañas

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.César González se aferró a su fe y cinco años después que una junta médica dictaminó que no volvería a estar de pie, dio sus primeros pasos

Con mucha destreza César pasa de su silla de ruedas al triciclo que ocupa para movilizarse por Teotecacinte, su pueblo natal.

 

Nohelia González
nohelia.gonzalez@laprensa.com.ni

Cinco años después que una mina antitanque lo hizo volar por los aires con todo y tractor, causándole serias lesiones en la columna que lo dejaron “como trapito”, según sus propias palabras, César González, un obrero agrícola de 35 años, oriundo de Teotecacinte, volvió a marcar el paso.

El diagnóstico de la junta médica del Hospital “Lenín Fonseca”, en 1997, fue tajante, no podría caminar nunca más. “César, me dice el médico, tu vida va a ser estar acostado en tu cama y sentado en una silla”, recuerda.

Preparando, con un tractor, las tierras de Evenor Valdivia, en la comunidad de Gramalitos, en la zona del municipio de Teotecacinte, en la frontera con Honduras, González entró a un campo minado. La información que tenía el dueño de la propiedad era que había minas al otro lado del río. Entró y la llanta derecha trasera del tractor aplastó una mina, que lo elevó 30 metros con todo y la silla de la máquina, para luego estrellarse contra el suelo.

Antes del accidente de César al menos tres tractoristas habían corrido igual suerte, en la zona de Walacatú.


AMBULANCIA NO SERVÍA

César fue sacado del sitio del accidente por su hermano, y luego llevado en una ambulancia, cuya reparación y combustible costeó su tío, hasta un lugar llamado Puntualito, donde otra ambulancia lo trasladó a Ocotal. Los 382 kilómetros que hay entre Teotecacinte y Managua los recorrió inconsciente, y así permaneció en el Hospital Lenín Fonseca durante 30 días.

“Cuando desperté sólo miraba suero, sangre y a mi madre. Fue duro, no sentía las piernas, quería hablar y no podía, quería moverme y no podía”, recuerda González.

El impacto de la onda expansiva de la mina le causó un trauma que lo dejó mudo, y, además, un fuerte dolor de cabeza.

La columna de González estaba partida. Para evitar que su cuerpo se doblara por la mitad, los médicos que lo operaron le insertaron dos fijadores. Como su pronóstico era totalmente adverso, los médicos le dieron de alta, sin opción a rehabilitación.

La insistencia de su madre, Blanca Gutiérrez Tinoco y la llegada de un médico llamado Javier Ortega, de la Organización de Estados Americanos, cambiaron el destino de César. El médico lo remitió al Hospital de Rehabilitación Aldo Chavarría, donde realizó sus primeros esfuerzos por rehabilitarse, y descubrió la fe que lo impulsaría en el nuevo desafío de su invalidez.


LA VOZ LE VOLVIÓ CON UN CÁNTICO

El pesimismo de los primeros días de fisioterapia en los que decía a las terapeutas “para qué me ponen a hacer esto si no sirvo ya”, fue desapareciendo paulatinamente.

A esto contribuyeron las reuniones y estudios bíblicos impartidos por los Adventistas del Séptimo Día que visitaban a los lisiados del centro hospitalario. La primera conquista fue un 10 de julio de 1997, luego de 70 días de mutismo, César participaba en una reunión cristiana, y pudo hablar nuevamente. Sus primeras palabras fueron las frases de un cántico llamado “Mi Dios me ama”, que hoy repite con menos frenesí que entonces, cuando temía que si dejaba de cantar volvería a perder la voz.

“No paraba de cantar, cuando me decían: ‘Parate, César’. ‘Nooo, me quedo mudo’, porque es triste querer hablar y no poder”, recuerda.

Con esfuerzo, paciencia y la ayuda de las fisioterapeutas del centro, reforzó su musculatura superior, aprendió a vestirse. A pasar de la cama a la silla y de ésta al inodoro. Al verticalizarlo (ponerlo de pie) por primera vez se enfrentó a otra secuela de los gases de la mina, sus pies se llenaron de ampollas y volvió a la cama.

El segundo intento fue más exitoso. “Me volvieron a parar y fue alegría. Me dieron esta silla (de ruedas) y me recetaron un corsé —que le permitiría salir de la cama— que valía dinero y no tenía cómo pagarlo, entonces el doctor Ortega llegó, autorizó, y mandaron a hacerlo a la industria”.

César abandonó el hospital en silla de ruedas, pero cinco años más tarde volvió a terapia. Aún con el escepticismo de algunos médicos que decían que ni con varita mágica daría otro paso, César llegó a las barras. “Me pasaron a las barras a caminar y también lo logré gracias a Dios, porque me dijeron que nunca iba a volver a marcar paso y ahora a los cinco años, gracias a Dios”.

Recuerda que el día que pudo dar un paso lloró de alegría por poder caminar de nuevo, aunque sea con ayuda de aparatos, facilitados por el programa de asistencia a víctimas de minas de la OEA. “Nunca creí que iba volver a hacerlo”, confiesa.


EL DOCTOR DE DOCTORES

“Cuando (di el paso) se quedaron asustados, porque mi médula está trozada (cortada) y no movía todo eso, entonces les vuelvo a decir: ‘Hermanito, tengo un doctor que está por encima de todos los doctores, que es Cristo Jesús’”, expresa.  
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