Especial
Minas lo afectan por partida doble
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 | Cuando era zapador en la contra nunca sufrió ningún rasguño, pero comenzó a desminar artesanalmente propiedades de la zona de Mozonte y San Fernando, y la mala suerte le llegó por partida doble: la primera por una imprudencia que lo llevó a pisar una mina que él mismo había extraído, y luego, meses más tarde, cuando cayó por accidente en un pozo tirador |
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Juan Ramón López, alias “Juan Vaquilla” hoy cumple un sueño de adolescencia, ser ebanista. A sus 44 años y con dos prótesis producto de las minas, estudia en el Inatec de Boaco, y espera poder montar un taller con sus compañeros de infortunio. |
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Nohelia González nohelia.gonzalez@laprensa.com.ni
A sus 44 años, Juan Ramón López, alias “Juan Vaquilla” usa dos prótesis en las piernas. Perdió ambas al pisar minas antipersonales mientras realizaba desminado artesanalmente en la zona de San Fernando, Nueva Segovia, uno de los departamentos con más densidad de campos minados por el Ejército Popular Sandinista en la década de los ochenta.
La experiencia militar la adquirió cuando fue contrarrevolucionario, durante diez años. Llamándose Sam-7, fue entrenado como zapador por expertos argentinos y salvadoreños en el campo de entrenamiento de las Fuerzas Democráticas Nicaragüenses, en Lepaterique, a 25 kilómetros al oeste de Tegucigalpa, Honduras.
“Juan Vaquilla” se ganó ese mote en la escuela primaria, de su natal Mozonte, a donde apenas asistió tres años. Incursionó a la vida militar forzado por las circunstancias, a los catorce años fue obligado por guerrilleros a servir como correo.
En 1972, cuando trabajaba como jornalero en las labores del café en la finca de Francisco Herrera, en Mozonte, una columna guerrillera se lo llevó.
“A los nueve meses de estar con la guerrilla deserté. Después del triunfo, los sandinistas a mí me perseguían como traidor supuestamente.”
En junio de 1980, una patrulla de reclutamiento lo detuvo y le dijeron que tenía que ir a las Milicias, “yo le dije: “No, hombré, vos estás loco, a mí no me gusta eso, eso es para haraganes’. Entonces me dice él: ‘Entonces vamos a ver si es cierto que no vas a ir, o vas a la buena o a la mala’. Entonces yo dispuse irme a Honduras”.
En su gira como ilegal y por puntos ciegos en la frontera entre Nicaragua y Honduras, no corrió mejor suerte, pues se topó con los Milpas, la primera agrupación contrarrevolucionaria.
“Voy a buscar dónde trabajar”, recuerda que les dijo, “entonces me dicen: ‘Bueno, aquí te tenés que integrar a la resistencia’, y me comenzaron a cons-cientizar, y uno sabía que estaba en las manos de ellos. Comencé a andar en la Resistencia, eso fue el 22 de junio de 1980”.
“No era la idea mía andar en eso, nunca me gustó, pero ideay, las circunstancias de la vida o del tiempo que había en ese entonces, si no estaba en el uno estaba en el otro, era un problema”.
NI UN RASGUÑO EN LA GUERRA
Aun cuando calcula que participó en más de 500 combates contra el Ejército sandinista en Nueva Segovia, Chinandega, Matagalpa, Jinotega, Estelí y la Costa Atlántica, “nunca fui herido en combate, en ninguna forma, nunca me pegaron pero ni un chimón”.
Su buena fortuna, siendo contra, estuvo acompañada de sus ruegos a Dios. “Yo no andaba con una ideología de fregar a nadie, de molestar, matar a un amarrado o nada de eso, yo le pedía a Dios y le decía: ‘Mirá, señor, si vos crees que yo tengo que morir voy a morirme, perdoname si he hecho algo malo, cuidame... si vos querés que muera en esta guerra que se haga tu voluntad”
Pero ni la fe ni su buena estrella lo acompañaron siempre. Una vez en Nicaragua a donde volvió como se fue, por puntos ciegos, alguna gente que sabía de su preparación como zapador lo recomendó a los dueños de fincas donde había campos minados.
Su primer trabajo fue en la finca de José María Pastrana en Mozonte, quien le pidió desminar las 80 manzanas de su propiedad, pues quería sacar madera de la misma. Con un detector de minas alquilado y 50 córdobas diarios, Juan Vaquilla logró extraer 380 minas de la propiedad, sin un rasguño.
“Si eso me pagás no hay problema yo te voy a ir a hacer el trabajo, y me fui, porque hablar de 50 pesos era hablar de plata”, recuerda hoy Juan Ramón, quien dejó por un momento las clases de ebanistería que recibe, con apoyo de la Organización de Estados Americanos, en el centro de capacitación del Instituto Nacional Tecnológico (Inatec) en Boaco, para narrarnos su historia.
EL PRIMER ACCIDENTE
Su trabajo como zapador artesanal continuó durante varios años, en Mozonte, San Fernando y Dipilto, hasta que —recuerda con precisión matemática—, un 17 de diciembre de 1997, a la 1:15 de la tarde ocurrió su primer accidente, mientras extraía minas en la finca de Róger Herrera, en el municipio de San Fernando. “Iba sobre el camino desminando, y luego sucedió que yo había sacado una mina y la dejé en el camino y entonces vengo y le digo al que andaba conmigo, fijate que aquí cambia el minado, ya aquí no es lineal sino que va triangular. ‘No jodás, tené cuidado, cuidado te pasa algo’, me dijo. No hombre, le digo, si cuando a uno le conviene le conviene”, recuerda.
“Regresé, saque el detector, lo puse sobre un trozo y me fui otra vez —recuerda Juan— sin percatar que yo al regresar había dejado una vara cortada y por ir viendo para arriba me paré en la vara y me deslicé y me pasé llevado la mina que había dejado arrancada, y la fui a percutar (activar la mina) contra las raíces de un palo”, narra.
Consciente de haber pisado la mina, Juan Vaquilla refiere que pensó: “Si yo llamo a mi compañero, éste es nervioso, y le vuela la cabeza y me va a volar la pata a mí, mejor que me la vuele a mí solo”. En un último esfuerzo, López intentó desactivar la mina quitándole la aguja de percusión, “pero al momento de querer maniobrar de esa forma sucedió que me deslicé más, entonces me aflojé y fue cuando logré que la mina explotara”.
El intento de desactivarla ocasionó que charneles de la mina se incrustaran en su brazo y dañaran su pie izquierdo, que le fue amputado luego que lo trasladaron del hospital de Ocotal al Hospital Manolo Morales, hoy Roberto Calderón, en Managua.
NO HUBO BUENA FORTUNA
Con una prótesis en la pierna izquierda, que fue amputada hasta la rodilla, volvió meses más tarde a su casa. Llegó por la mañana, y ese mismo día le dijo a su esposa que visitaría un predio de su propiedad que pensaba trabajar. Lo acompañó un amigo, que en el camino le dijo que estaban vendiendo unos terrenos en cinco mil córdobas, una ganga considerando que eran 20 manzanas, pero estaban minadas.
“No importa yo lo desmino, pero yo lo compro, lo que quiero es trabajar, me fui a verlo”, recuerda. Estaba viendo el terreno cuando “por estar viendo así, entonces me fui a un hoyo, me percaté que era un pozo tirador y al caer al pozo estaba la mina, y no la fui a pisar con otro pie más que con el bueno, yo hice el movimiento de levantarme y en lo que me levanté explotó y me quitó la prótesis, me impacto la otra buena y me sacó para arriba, y me volvió a dejar caer sentado en el mismo hoyo”.
En contra de su voluntad, su amigo le ayudó a salir del hoyo. “No hombré, cómo que me vas a sacar si yo ya no vivo”, recuerda haberle dicho, pues “el muñón donde tenía la prótesis estaba reventado en sangre y la otra pierna estaba destrozada. Verdaderamente en ese momento pensé y sentí que hasta ahí nomás, que yo había ido a morir y que no iba a vivir más”.
Por la insistencia de su amigo de sacarlo del hoyo, decidió colaborar para salir, se aplicó un torniquete y subió por unas varas hasta la superficie, hasta que el amigo lo cargó y lo sacó del sitio. Más adelante trabajadores de la misma hacienda de Herrera, donde cayó la primera vez, lo sacaron en una hamaca y el dueño de la propiedad por segunda vez apretó el acelerador de su camioneta para llevarlo al hospital de Ocotal.
Juan Vaquilla hoy se prepara como ebanista. Con ayuda de la OEA, que además le ha facilitado las prótesis. Está cumpliendo un sueño de adolescente, que las circunstancias de la guerra impidieron que concretara. 
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