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DOMINGO 13 DE OCTUBRE DEL 2002 / EDICION No. 22880 / ACTUALIZADA 1:00 am
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De cómo nació Matagalpa y la leyenda de Yasica y Yaguare

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.Ésta fue una pareja indígena que, agobiada por los ataques de los caribes a su tribu, buscó y halló un mítico lugar donde había una enorme roca lacerada por el sol, por donde fluía una pequeña y cristalina cascada. Por lo esplendoroso del lugar, le llamaron Apante o Cerro de Agua. Actualmente es uno de los puntos de referencia más importantes de Matagalpa

Aguas cristalinas corren por los bosques matagalpinos. En Apante o “Cerro de Agua” existen sitios que coinciden con la leyenda.

 

Luis Eduardo Martínez M./Corresponsal
info@laprensa.com.ni

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En el centro de Nicaragua, entre el límite de bellas tierras de fértiles valles y nubosas montañas de más de mil metros de altura —donde habitaban los indios matagalpas— y la selva tropical húmeda y baja del Caribe, donde también habitaban los indios mayangnas (sumos), inicia una tierna leyenda sobre el origen de la hoy llamada “Perla del Septentrión”.

De acuerdo con el historiador matagalpino, Eddy Kühl Aráuz, mucho antes de la llegada de los “barbudos” (españoles), en esa región vivió una joven india muy linda, independiente y atleta consumada. “Sus padres, al nacer le llamaron ‘Bilguit’, que significa algo así como ‘Frágil Doncella’. Sin embargo, cuando creció, dio muestras de todo lo contrario, pues le gustaba salir de caza con los muchachos, trepaba con facilidad los árboles más altos, no temía a los animales silvestres, pues se le veía, a veces, jugando con ellos. Incluso, los amigos le llevaban boas que ella gustaba andar en su cuello. Tuvo un coyote que domesticó como un perro, lo mismo, así, con un halcón”, cuenta Kühl.

“Ella corría tan veloz como un venado, nadaba y buceaba como un pez. Con el tiempo, los que la conocieron la llamaban ‘Yasica’, que en lengua matagalpa significaba ‘Doncella Veloz’. Era muy bella, morena, de ojos y cabello negro y largo. Más recordada era por su personalidad que conjugaba lo valiente con lo amable, la sabiduría con el atrevimiento. Sabía usar el arco como un cazador nativo y hacer sus flechas de tafixte (varilla lisa muy dura)”, relata el historiador.

Añade Kühl que, ya adolescente, a Yasica solía vérsele acompañada de un altivo y atrevido joven que llamaban Yaguare (“Que Corre Veloz”), hijo del Cacique Yaguan, quien comerciaba con los sumos que subían río arriba.

La región donde vivían Yasica y Yaguare era continuamente amenazada por indios nómadas del oriente que, posteriormente, los españoles llamaron “Caribes Bravos”.


EL VIAJE

El cacique Yaguan ya estaba viejo y cansado de luchar, no quería mudarse de ese lugar, no así Yaguare y Yasica, que eran jóvenes, ambiciosos y no estaban dispuestos a ser presas de los caribes.

“Yaguare y Yasica planearon abandonar la difícil vida de sus padres y tribu e ir a buscar el lugar que les describiera un sabio y anciano sukia o sacerdote mayangna, amigo de sus padres. Aquel lugar que estaría reservado para una pareja especial como ellos y su descendencia, según una tradición tribal. Este sitio estaba muy cerca del nacimiento del gran Río Kiwaska (pedregoso)”, dice Kühl.

El sabio sukia recomendó que ya era tiempo de que ellos encontraran ese mitológico sitio para salvar a su gente. Yasica y Yaguare decidieron partir en su búsqueda. Yasica conocía los alrededores y sospechaba que ese lugar debía estar hacia el sur de su poblado, pero no tenía idea dónde estaba el nacimiento del Río Grande.

Tomaron entonces un cayuco que compraron a amigos indios mayangnas del lugar. Navegaron el río que pasaba por su comunidad hasta su unión con El Tuma. De allí, ascendieron el Río Grande, llamado por los sumos Kiwaska, buscando su nacimiento.

Siguieron río arriba, por otra semana de viaje. Ambos remaban y, a veces, sólo paraban para pescar, hacer fuego y comer. Dormían dentro del bote cuando creían el lugar seguro de fieras, llegaron al poblado de ‘Muimui’, donde hablaban su lengua. Después de varios días, pasaron por otro pueblo llamado Metapa y al fin pararon en Cihua-coalt, centro ceremonial y comercial indígena de su raza, del cual habían escuchado a sus padres hablar con mucha veneración y misterio, relata el historiador.

Allí quedaron unos días, descansando y admirando aquél gran pueblo, donde se notaba la pujanza del comercio de los matagalpas con los pochtecas del valle de México, que venían especialmente buscando unas pepitas de oro tan grandes como los colmillos de un tigre, y estatuillas hechas de ese metal por indios talamancas. Recorriendo la ciudad, admiraron templos dedicados a la diosa que llamaban “Mujer Serpiente”.

Visitaron plazas públicas, unas para un juego con pelota de caucho y otras para practicar el tiro a mazorcas de maíz con arco y flecha, incluso, una plaza donde les contaron que una vez, cada cinco años, se presentaban los delegados de los aztecas de México. Éste era el espectáculo del “Pájaro Volador”, una práctica arriesgada y peligrosa.

En el pequeño puerto se veían cayucos y pipantes de indios matagalpas y mayangnas que venían desde lejos a comerciar, trayendo pavos, cacao, maíz, yuca, tabaco, cusucos, venados y loras, entre otras “mercancías”. Oyeron hablar de que los mayangnas, indios de la tribu sumu que habitaban al oriente, compraban perros mudos y sin pelo, para llevárselos a su región, los cuales después comían.

Hicieron amistad con otros jóvenes, a los cuales pidieron informes sobre la ubicación de las fuentes de ese río. Con ayuda de la hija del cacique, lograron llegar donde el río se volvía más angosto y pedregoso, supieron que las fuentes principales eran dos y que estaban en las montañas vecinas, como a un día a remo, hacia el norte.

Llegaron, al fin, a un lugar a orillas de una gran montaña, donde podía apreciarse una gran piedra, cortada al lado norte, gigantesca roca que brillaba cuando el sol la hería en las mañanas, y de donde bajaba una corriente de agua cristalina. Por la belleza del lugar, lo agradable de su clima, abundancia de pesca y caza, y la vista de la formidable roca, no había duda que era la región que llenaba la profecía para su asentamiento.

Allí se afincaron, y Yasica bautizó el lugar con el nombre del mismo príncipe, o sea Yaguare, esto era en las inmediaciones de un enorme cerro azul, llamado Apante, que significa “Cerro de Agua”. Allí, según todas las señas, era el lugar que les había indicado el viejo sabio de su tribu.


GRAN DESCENDENCIA

Ambos trabajaron y construyeron, con sus propias manos, chozas y corrales para guardar venados y pavos. Con grandes piedras formaron una poza que les serviría para nadar y pescar. Con el pasar del tiempo, Yasica y Yaguare dieron lugar a una gran descendencia que, posteriormente, formaron tres distintos pueblos hermanos: “Matagalpa”, por su hijo mayor del mismo nombre, que según el padre Kiene significa “Vamos a la Piedra”; otro formado por descendencia de la princesa “Umanca”, a este pueblo más tarde le llamaron Molagüina, que significa “Pueblo Grande”, y “Solingalpa”, o “Lugar de los Caracoles”, por la hija menor.

“Éstos fueron los poblados indios que encontraron los españoles, a su llegada a esta región a principios del siglo XVII. Años después, la villa de Santa María de Yasica, que habían fundado los españoles, fue atacada tantas veces por los indios caribes, que luego llamaron mosquitos, los cuales habían sido armados con mosquetes y armas blancas por los ingleses desde el año 1710”, señala Kühl.

Según el escritor matagalpino, la gesta de Yasica y Yaguare quedó como una leyenda que todavía añoran los pobladores de la zona del río Yasica, de El Tuma y del Kiwaska, como la pareja que fundó Matagalpa con su esfuerzo y su amor.


SILENTES TESTIGOS

“Quedan como silentes testigos, los nombres de dos ríos que recuerdan a aquella valiente pareja: el río Yasica y la quebrada de Yaguare, que atraviesa el centro de la ciudad de Matagalpa; el majestuoso cerro Apante y la misteriosa laguna en su cima, que encierra el secreto de la sagrada serpiente de los indios matagalpas”, apunta el historiador matagalpino Eddy Kühl Aráuz. Sin embargo, lo de la serpiente, es otra leyenda...


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