Estigmas: las heridas de Cristo
Ricardo Cuadra García ricardo.cuadra@laprensa.com.ni
Los estigmas son marcas o señales en forma de lesión, surgidas sin origen físico aparente, que imita cualquiera de las heridas recibidas por Cristo durante su tortura. Las más frecuentes e importantes, por su profundo simbolismo fundamental para el cristianismo son las lesiones que reproducen las cinco llagas, las perforaciones en pies y manos y la herida de la lanza recibida en el costado.
Uno de los más famosos estigmatizados y del primero que se tiene conocimiento es San Francisco de Asís, quien a mediados de septiembre de 1124 se retiró para meditar y ayunar en el monte Alverno, cerca de Arezzo, en Toscana. A su vuelta, lleva en su cuerpo heridas parecidas a las de Cristo en la cruz: herida de lanza en el costado, marcas de clavos en los pies y en las manos, lo que llamamos estigmas.
Las heridas infligidas al cuerpo de San Francisco son, sin lugar a duda, de origen sobrenatural. Es sólo uno de los milagros entre los que colman la vida del santo desde la domadura de un lobo feroz en Gubbio con un simple signo de la cruz o la sanación de enfermos, hasta el hecho de que después de morir, su cuerpo habría comenzado a resplandecer y exhalaba perfume, luego se le habría aparecido en 1228 al papa Gregorio IX para mostrarle su herida al costado, llenando incluso un frasco con su sangre.
A pesar de todas las divergencias en los detalles, todos los relatos de sus compañeros o de los primeros biógrafos concuerdan: Francisco vio llegar, quizás mientras estaba en estado de éxtasis, a un serafín —ángel con las alas luminosas y en llamas— que parecía crucificado.
Según San Buenaventura, el ángel “tenía los pies y las manos extendidos y atados a una cruz, y sus alas estaban dispuestas de tal forma que dos se extendían para volar y las otras dos le cubrían todo el cuerpo”. El santo, impresionado, medita una vez más acerca de la crucifixión y ve aparecer sus estigmas. Por lo tanto éstos no le fueron infligidos por el ángel, sino por su amor por Cristo martirizado.
Por supuesto, no faltan los comentaristas para dar una explicación más lógica a los estigmas, y en el siglo XIV, los protestantes, indignados de que se haya podido hablar de Francisco de Asís como “un segundo Cristo”, imaginan una disputa con Santo Domingo, el fundador de la orden de los dominicos. Según éstos, San Francisco se habría refugiado bajo una cama, y al otro lo habría acribillado de estocadas de asador, causándole heridas que casualmente correspondían a las de Cristo.
“Las personas que sufren los estigmas están tan unidos a Cristo que hasta sufren su crucifixión, dolores y llagas, es una manifestación del amor, a un punto muy elevado, a Dios. Viven de manera más plena esa unión con Cristo”, asegura el Obispo Auxiliar de Managua, monseñor Jorge Solórzano.
SAN PIO DE PIETRELCINA
Francesco Forgione, conocido como el padre Pío, fue un enigma viviente para médicos y especialistas hasta su muerte en 1968. Ingresó a los quince años en un monasterio, y hacia el año 1915 sufrió una experiencia que marcó su vida. Tuvo una visión de Cristo mientras se encontraba arrodillado en un banco de la iglesia donde acababa de decir misa.
Difícilmente pudo explicar su vivencia: “Sentí como si me fuera a morir... La visión se desvaneció y advertí que mis manos, pies y costado estaban perforados y sangrando profusamente”. Intentó ocultar sus heridas, pero fue inútil.
Los responsables del monasterio lo pusieron bajo la tutela de diferentes autoridades médicas que estudiaron de cerca las heridas. De modo prácticamente unánime, reconocieron que éstas atravesaban completamente sus manos, despedían un aroma agradable y ningún tratamiento había sido útil para curarlas. No tenían explicación alguna para el suceso.
San Pío de Pietrelcina sufría terribles hipertermias, es decir, elevadas temperatura que hacían romperse los termómetros clínicos. Diferentes manifestaciones paranormales se producían en torno a su persona: bilocación, sanación, don de profecía y una extraña capacidad para leer el pensamiento ajeno.
Uno de los informes médicos manifiesta el estupor de los doctores: “He examinado al padre Pío en cinco ocasiones a lo largo de quince meses y, aunque a veces he notado algunas modificaciones en las lesiones, no he conseguido clasificarlas en ningún orden clínico conocido... Creo que incluso se podría ver cualquier objeto o leer un texto colocado al otro lado de su mano”.
OTROS ESTIGMAS
Otro estigma es el que aparece sobre la frente, un conjunto de pequeñas lesiones, de doce a quince generalmente, que reproducen las heridas provocadas por la corona de espinas, como las que mostraba, en el siglo XVI la parisina Sor Loise de Jesús; o Jeanne Boisseau, de cuya frente brotaba sangre todos los viernes a las tres de la tarde, a raíz de la Cuaresma de 1862.
Cuando todas estas marcas se dan simultáneamente, se habla de estigmatización completa. Uno de los pocos “estigmatizados completos” fue Catherine de Ricci, quien durante doce años, entre el jueves y el viernes, presentaba las cinco llagas, la corona de espinas, los azotes y el estigma del hombro.
OTROS CASOS DESDE EL SIGLO XIII HASTA NUESTROS DIAS
Después de Francisco de Asís, otros santos de la Iglesia Católica recibieron estigmas. Se trata esencialmente de mujeres. Algunos casos son sólo leyenda. Así por ejemplo, el de Margarita de Hungría (1243-1270), representada en los cuadros como estigmatizada, aunque no exista ningún texto al respecto. Por otro lado, otros casos han sido testimoniados, como el de Verónica Giuliani (1660-1727), una religiosa italiana muy vigilada por su orden: llevó sus estigmas durante treinta años y, al morir, la autopsia reveló que su corazón estaba atravesado de un lado a otro, “como por una lanza”.
Todos los estigmas no producen las heridas de Cristo, y no siempre sangran. De este modo, los de Catalina de Siena (1347-1380) no sangraron nunca; Rita de Cascia (1381 - 1447) tiene una herida en la frente, causada por una espina de la corona de Cristo recibida en el momento en que asistía en estado de éxtasis a una prédica en la iglesia franciscana de su ciudad; y, el 28 de agosto de 1812, en Westfalia, una cruz ensangrentada marca el pecho de Ana Catalina Emmerich, conocida por sus éxtasis y sus predicciones.
En el siglo XX. Un caso más reciente fue popularizado por el académico católico Jean Guitton: paralítica y al borde de la ceguera, alimentándose sólo de la hostia de la comunión, dictando textos de una gran riqueza espiritual y teológica, Marta Robin (1902-1971), hija de campesinos del departamento de la Dróme, en Francia, revive en su carne la Pasión de Cristo cada viernes, a partir de 1930, experimentando entonces una “paz y una alegría humanamente incomprensibles”.
UNION CON JESUS
Este fenómeno va precedido por muy fuertes tormentos físicos y morales, que hacen al sujeto semejante a Jesús crucificado. La falta de estos padecimientos es una mala señal, porque los estigmas son el símbolo de la unión con el Crucificado y de la participación en sus tormentos. Si alguien aparece con estigmas pero sin previos tormentos espirituales y morales e incluso físicos (que pueden haber durado varios años antes que aparezcan estos fenómenos) pueden ser explicados o bien como una falsificación o como una neurosis histérica. 
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