Los cristianos y la política
Silvio Aviles embajador@embajadadenicaragua.tie.cl
La tentación de vincular a Cristo con asuntos políticos no es nueva, no obstante que Él mismo se encargó de señalar ante Pilato, precisamente cuando pretendieron involucrarlo en actividades propias de los hombres, que su reino no es de este mundo (Jn. 18, 36). ¿Significa esto que los cristianos deban abstenerse de opinar y participar en cuestiones propias de la sociedad civil? Por supuesto que no —y esto incluye también al clero. El seguidor de Cristo está llamado a ser fiel a sus enseñanzas, a normar su vida de acuerdo con la doctrina de Jesús, lo que significa que en todas sus actividades (incluida la política) debe proceder con un enfoque cristiano, es decir, basar su conducta en el amor, la verdad, la justicia, la tolerancia, el respeto, la solidaridad, en una palabra, en la búsqueda del bien.
Pero la participación de los cristianos en la política contingente no ha estado exenta de dificultades y hasta contradicciones, que nacen del deseo de aplicar etiquetas cristianas a agrupaciones políticas (la democracia cristiana o el social-cristianismo) o a movimientos ideológicos, lo que ha llevado a muchos primero a confundir y luego criticar esta participación de tipo personal de los laicos con un supuesto involucramiento de la Iglesia en asuntos temporales. De este fenómeno tampoco han escapado los religiosos y sacerdotes. En América Latina, a mediados del siglo pasado, surgieron partidos democratacristianos, socialcristianos y movimientos como “cristianos por el socialismo” e “izquierda cristiana”, para no hablar de la famosa teología de la liberación, que provocó un cataclismo dentro de la Iglesia Católica, con posturas “progresistas” de corte netamente marxista que pretendían conciliar una interpretación política del Evangelio (“relectura”) con la doctrina tradicional de la Iglesia de Roma.
Para orientar a los católicos en asuntos temporales, los Pontífices han emitido numerosas directrices en forma de encíclicas, en las que suelen abordar los más diversos temas bajo una óptica ceñida a la doctrina cristiana. Ahí están para muestra “Rerum Novarum” (León XIII), “Quadragesimo Anno” (Pío XI), “Centesimus Annus” (Juan Pablo II) en materia laboral; “Humani Generis” (Pío XII), en cuestiones éticas y morales sobre la dignidad de la vida, y más recientemente las grandes encíclicas de Juan Pablo II “Sollicitudo Rei Socialis”, “Veritatis Splendor” y “Tertio Millennio Ineunte” sobre temas de candente actualidad. Nadie, en su sano juicio, puede postular que la Iglesia Católica, so pretexto de la separación entre religión y Estado, se abstenga de opinar y orientar a los fieles en asuntos temporales.
Para evitar equívocos, es preferible que los cristianos se limiten a normar su conducta con apego a las enseñanzas del Maestro de Nazaret y su Iglesia y no pretendan nombrar a Jesús como presidente honorario de partidos que se ocupan de cuestiones de este mundo.
El autor es diplomático. 
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