Descubierta, encontrada o inventada
Joaquín Absalón Pastora
Se esparce otra vez la discusión, vuelve otro 12 de octubre. Se plantea si fuimos redimidos o la opresión foránea, por sólo contar con la espada de los reyes, mutiló la originalidad de nuestra cultura.
El “descubrimiento” permitió lanzar “a los indios salvajes” juntados por el vigor brutal de las cadenas. No pocos historiadores sostienen que el propio Colón admiraba —y lo reiteraba— la mansedumbre de los conquistados. Pero reconocido ese mérito, la justa disposición de tratarlos como seres humanos, sufrió dislocación. Todavía después de los siglos transcurridos, se siente el resentimiento en América.
El invasor del sosiego ofrece siempre una larga lista de bondades heredadas: la lengua y la religión. Pero esa numeración no justifica la forma en que fue desarraigada aquella inocente humanidad.
Tantos años pasados convidan a presumir la diferencia entre cómo nos encontraron y cómo nos tienen. Acaso era menester respetar el curso de la pureza indígena. Su Majestad: “la cultura propia de cada raza”.
Los “conquistadores” de México y el Perú no deben sentirse orgullosos de las condiciones infrahumanas sufridas en la actualidad por esos pueblos.
En aquellos tiempos ya era mérito para cualquiera de los imperios lejanos llenar la espada de sangre oprimida. Usarla en nombre de la religión era orgullo español, ese “orgullo local” cantado por el estribón que aplastó a las civilizaciones preexistentes. Sostenida por el plomo de la corona, los visitantes no distinguieron “entre lo bueno y lo malo”, dotes pertenecientes a cualquier tipo de civilización, entendiéndose que no existe la perfección en ninguna parte.
Debemos lamentar el sufrimiento ocasionado por la conquista. Mestizos, al fin, cultivados por un legado incomparable como lo es el de la preciosa lengua cotidianamente usada en los parámetros de la extroversión, reconocemos el conocimiento de una nueva cultura fundida con la primigenia, simbiosis proclive a ser enriquecida cada vez que aparece un nuevo astro en el firmamento de la civilización moderna compartida.
Anotadas las complejidades de un tema en constante polémica, vive y vibra la tradición cultural indígena. Ella está presente. Promueve el ánimo de sentirnos solidarios alentados principalmente por la tonalidad india persistente en la circulación de la sangre combinada.
La solidez creativa del indio no permitió la aniquilación de huellas preciosas, más resistentes en cuanto más tenaz es la condena del tiempo. En el debate entre la calidad y la temporalidad, la primera no podría sentirse derrotada.
Las huellas muestran el temple de nuestro Quetzalcóatl (la serpiente emplumada) quien es para nosotros según un analista de la raíz “lo que Ulises y Prometeo son para Occidente”.
Somos producto del individualismo ibérico, del capricho sostenido, y afirmarlo quizá con premisa ambivalente está lejos de darle significación al lamento tardío. Empero, esa realidad no ha sido negada por nadie. El conquistador se salió con la suya, aunque Hernán Cortés se haya metido a fondo. Aunque Caupolicán haya dicho al morir: “Quisiera haber sido yo quien invadió y conquistó España”, esa España inventora de la “guerra de guerrillas” que también tuvo poema épico, su Cid (mi señor en árabe). Léase “el poema del Mío Cid”.
“Los conquistadores del Nuevo Mundo hicieron lo mismo en su propio tiempo. Cortés en México o Bolívar en Venezuela. El Cid “oportunista, religioso y errante”.
Ciñamos a la actualidad. ¿Cómo está América? Desde México con su revolución, hasta nuestros días, ¿resulta ideal su arquitectura política? ¡Si antes España era la potencia que la dominaba, ahora ese escenario desapareció para dar lugar a otro! Una fuerza única en el mundo, sin competencia de ninguna naturaleza. Arturo Uslar Pietri sugiere “repensar la otra América”. Y eso porque emergen “viejas rivalidades culturales”. Debemos seguirla imaginando. Descubierta, encontrada o inventada.
El autor es periodista. 
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