Reportaje especial
Niñez no escapa al flagelo de las drogas
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 | Pobreza, drogas, violencia y explotación sexual azotan a niñez nicaragüense |
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Ante una de las puertas del Centro Cultural Managua, en pleno centro de la capital, este niño descansa anestesiado por los efectos de la pega que diariamente inhala en las instalaciones del destruido parque infantil “Luis Alfonso Velásquez”. |
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José Adán Silva joseadan.silva@laprensa.com.ni
“Jessenia”, nombre ficticio que usaremos, había logrado terminar sus estudios primarios en el Colegio Elemental Acahualinca, ubicado en la zona costera del Lago Xolotlán, en el mismo sector marginal del basurero municipal de La Chureca, donde por lo menos el 80 por ciento de los 1,029 estudiantes del centro escolar trabajaban junto a sus padres en la recolección de desechos.
Cuatro años antes, en diciembre de 1997, un niño de 10 años murió aplastado por un camión recolector de basura, mientras escarbaba en un cerro de desechos y a otro, de 12, se lo tragó el lago mientras pescaba con su hermanito en las contaminadas aguas del lago.
Con “Jessenia” la suerte era un poco más generosa. Ella también trabajaba, pero en apariencia no se exponía tanto como sus compañeritos de clases: ayudaba en el negocio familiar de venta de drogas.
En el expediente 175-2000, radicado en el Juzgado Octavo del Distrito del Crimen, se detalla la participación de la niña en el tráfico de drogas, obligada por su propia madre. En febrero del 2000, cuando la Policía allanó la casa de su familia la menor salió corriendo a la casa vecina, con un balde que supuestamente contenía drogas, por lo cual la vecina cayó presa.
Años antes su hermana adolescente, Elizabeth, había muerto en la calle del barrio, producto de una sobredosis de crack. Se había ido de la casa materna por maltrato y cayó en las garras del vicio, prostituyéndose incluso para conseguir la droga que aprendió a consumir en su propia casa.
Alrededor del colegio donde “Jessenia” estudió, la Policía detectó 137 expendios de drogas. Pero ella no la probó hasta el 12 de junio del 2001, cuando la Policía Antinarcóticos allanó su casa en busca de la droga.
Su madre, Carmen, para evitar que le encontraran la evidencia, metió en la boca de su hija de 13 años igual número de piedras de crack. Por desgracia, la bolsa estaba rota y la niña se tragó toda la droga. Tras 12 días de larga agonía, la niña murió. Su madre cayó presa, junto a otra hija de 18 años, madre de dos menores que quedaron al cuido de una tía del mismo sector.
Al igual que “Jessenia”, el tráfico de drogas también ha reclutado como “mulas” a la niñez trabajadora, agravando aún más su fragilidad ante la vida. Después de 25 años de que la canción Quincho Barrilete saliera al mundo, el drama de los niños trabajadores ha aumentado. El patrón de consumo de droga por edades en Nicaragua es de un 67.6 por ciento entre la niñez de 10 a 14 años y de un 30 por ciento entre los menores de 15 a 18 años, según un diagnóstico presentado en el 2001 por la Secretaría del Consejo Nacional de Lucha Contra las Drogas.
Las cifras reflejan en alguna medida, la frecuencia con que niños, niñas y adolescentes participan en el tráfico de drogas, y también en su consumo, según el informe anual 2001 del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos.
Junto al consumo de drogas, la explotación sexual y la trata de blancas han aumentado. Según datos proporcionados por el Cepad y Acnur en Nicaragua, durante una conferencia sobre mujeres refugiadas celebrada en Managua en junio del 2001, se tiene registro de 45 niñas y adolescentes de 10 a 18 años, originarias mayormente de Granada, Chinandega y Managua, desaparecidas tras ser engañadas o secuestradas para ser llevadas a centros de prostitución en Guatemala.
La Procuraduría Especial de la Niñez y la Adolescencia dijo ese año que, según datos oficiales de la Policía Nacional, hubo un registro de 400 niños y niñas perdidos desde 1998, sin que se haya tenido noticias de ellos.
MUERTE LENTA EN LOS SEMÁFOROS
“Un niño en un semáforo muere cada día lentamente. Está expuesto a ser golpeado por un vehículo, sus pulmones se destruyen porque pasa horas respirando dióxido de carbono, su piel se destruye porque pasa horas bajo el sol, contraen muchas enfermedades al comer en las calles donde pululan bacterias y virus, están expuestos a ser raptados, violados; contraen comportamientos agresivos y padecen traumas sicológicos que les destruye la autoestima, al tratar a diario con humillaciones y tratos denigrantes de conductores, transeúntes, policías y hasta de funcionarios gubernamentales”, dice el procurador Carlos Emilio López. 
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