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VIERNES 11 DE OCTUBRE DEL 2002 / EDICION No. 22878 / ACTUALIZADA 02:30 am
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¿Se podrían callar?

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Arquímedes González
arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni

Y lo digo de buena manera porque ya me tienen harto y creo que a ustedes también, esos bocinazos que nos lanzan los buseros y taxistas todos los días como si estuviéramos sordos y ciegos.

Todos los días por la mañana cuando un busero se detiene detrás de mi carrito indefenso y tímido, ya lo veo tras el retrovisor tecleando con sus dedos en el volante, el pie presionando en el acelerador y su mano izquierda preparada para halar el galillo de la bocina y entonces, llega el ¡piiiii! enloquecedor.

No sé si les ha pasado, aunque creo que no hay a quien le pase que estamos en la fila y si no avanzamos un metro, comienzan a ametrallarnos con la bullanguera. Imagínense, como si todos estuviéramos felices de estar ahí atrapados en el tráfico.

Y lo peor de todo es que a la Policía, le vale. En carretera a Masaya, frente a ellos, los buseros les regalan su bocinazo como si les dijeran “¡adiós amor!” y ellos se hacen los que no escuchan.

No sé si soy el primero en quejarme de estas cosas pero es que es horrible que uno además de soportar el mal estado de las calles, del humo de esos trastos viejos, que en la casa se fue el agua, que se acabó el café y para colmo, ni cigarros había para encontrarme con estos graciosos que se la pasan pita que pita como si estuvieran perdidos en el desierto.

Pero no es solamente a las horas pico ni con los otros conductores que hacen esas gracias. También en las paradas de buses los muy frescos, cien metros antes de llegar comienza la pitadera como si uno fuera rebaño que tiene que salir corriendo detrás del bus para no atrasarlos, porque pobrecitos, ellos que andan muy apurados siempre perdiendo el tiempo por nosotros, que no ganan nada pero trabajan por humanidad, para servirnos bien, atendernos a como lo merecemos, y nosotros los egoístas, todavía nos quejamos de ir en esos armatostes podridos en el que los fierros van chillando esforzándose por no explotar que ya ni asientos tienen, donde uno se gradúa en hacer equilibrio y que aún tiene que soportar las urgencias de los buseros con el clásico: ¡Apúrense! ¡Suban!, ¡Para dentro! ¡Bajen! Y llegamos a la casa más zangoloteados que los barriletes.

Es increíble y muchas veces me da rabia ver cómo estos señores con sus letreros de Dios para arriba, traten así a la gente, que anden en las calles como neuróticos pitando, sacando a medio mundo de su carril, frenando donde les da la gana y uno mejor se aparta porque a como dicen, ¡ahí viene la bestia! Y así uno se ahorra el choque, la cólera y la pérdida de dinero porque ellos nunca pierden.  
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