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VIERNES 11 DE OCTUBRE DEL 2002 / EDICION No. 22878 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Y además…
Richelieu

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Luis Sánchez Sancho
luis.sánchez@laprensa.com.ni

A propósito de los religiosos que participan en política, una lectora me pidió escribir algo sobre Richelieu, el cardenal francés a quien la historia considera como uno de los genios de la política mundial.

A Armand Jean du Plessis, mejor conocido como Richelieu, se le atribuyen tres grandes méritos: reducir la fuerza del calvinismo, o sea del protestantismo francés; dominar a la nobleza francesa y fundar el realismo absolutista; derrotar el poderío de la Casa de Austria que dominaba sin competencia sobre la mayor parte de Europa; y jugar un papel relevante en la Guerra de los 30 Años.

Richelieu nació en París, en 1585, y murió en la misma ciudad en 1642. Miembro de una familia acomodada, cuando apenas tenía 20 años —en 1605— fue nombrado obispo de Luzón por el Papa León XI. En 1614 fue elegido diputado del clero ante los Estados Generales (Parlamento), estando allí se afilió al clerical Partido de los Devotos y poco tiempo después, debido a su notoria inteligencia y habilidad política, se convirtió en asesor de la reina madre, María de Médicis, quien al ser asesinado su esposo Enrique IV había asumido la regencia del reino, pues el nuevo rey, Luis XIII, era todavía menor de edad.

Pronto Richelieu fue nombrado ministro de Guerra y, por lo tanto, miembro del Consejo Real (gabinete de gobierno). Pero en 1617 Richelieu tuvo que irse al destierro, acompañando a María de Médicis, a raíz de que el rey Luis XIII mandara a asesinar al Mariscal de Acre, Concini, un aventurero florentino que se había convertido en el favorito (amante) de la reina madre.

María de Médicis organizó desde el extranjero un alzamiento armado contra su hijo, el rey, y entonces Richelieu demostró sus extraordinarias habilidades políticas al propiciar la reconciliación entre ellos, primero mediante el Tratado de Angulema, y después por el Tratado de Angers, en 1620.

Como premio a sus habilidades políticas y los servicios prestados a los intereses del Vaticano, en 1622 el Papa Gregorio XV hizo cardenal a Richelieu, quien dos años después, en 1624, regresó al Consejo Real ahora con absolutos poderes para determinar la política interna y exterior de Francia.

Durante su jefatura de gobierno, Richelieu combatió implacablemente a los protestantes franceses (calvinistas y hugonotes), pero tampoco vaciló en apoyarlos y hasta unirse con ellos cuando así convenía a sus conveniencias políticas y a lo que él definía como los intereses de Francia. Por esto, precisamente, el cardenal Richelieu se ganó la reputación de inescrupuloso, que lo acompañó hasta la tumba y a la posteridad histórica.

En realidad, Richelieu se guiaba por la doctrina de Maquiavelo, y apoyaba su actividad pública en el criterio de que la razón de la política no era la ética sino el dominio de la fuerza. Así lo consignó con sus propias palabras al decir que: “En cuestiones de Estado, quien tiene la fuerza con frecuencia tiene la razón, y aquel que es débil difícilmente puede evitar estar equivocado a juicio de la mayor parte de la gente”.

Seguramente por eso fue que, según el historiador John Hogue, el Papa Urbano VIII, cuando supo la noticia de que Richelieu había muerto, comentó de manera enigmática: “Si hay Dios, entonces el cardenal Richelieu tendrá que responder de muchas cosas. Si no lo hay... bueno, tuvo éxito en la vida”.  
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