Brasil todavía en veremos
La incertidumbre electoral en el Brasil no pudo ser disipada en los comicios del domingo pasado. Aunque Luiz Inacio “Lula” Da Silva, candidato del izquierdista Partido de los Trabajadores, quedó en primer lugar con el 46.5 por ciento de los votos, no pudo alcanzar el mínimo del cincuenta por ciento más un voto que se requiere para ganar la contienda electoral en primera vuelta. El 27 de este mes se realizará una segunda ronda en la que solamente participarán “Lula” y José Serra, el candidato que quedó en segundo lugar con tan sólo un 23.2 por ciento. En la segunda vuelta el que saque más votos se queda con la presidencia de la república.
La pregunta es que si Serra —quien cuenta con el apoyo del actual presidente Fernando Henrique Cardoso— podrá armar en los pocos días que quedan para la segunda ronda una coalición que le permita derrotar a “Lula”, tal como lo hizo Fernando Collor de Mello en 1989. En aquella oportunidad “Lula” también ganó la primera vuelta y Collor de Mello quedó en un muy distante segundo lugar. Sin embargo, a los pocos días que volvieron a competir, Collor de Mello le ganó la partida. De seguro que a “Lula” le hubiese gustado que su país tuviera un sistema electoral como el nicaragüense, en el que con un ridículamente escaso 35 por ciento de los votos se puede ganar la presidencia en primera vuelta. Si lo hubiese tenido, a estas alturas Da Silva ya fuera presidente.
Pero, de acuerdo a los más informados observadores de las elecciones brasileñas, esta vez es altamente improbable que pierda en la segunda ronda. Y si Lula llega a la presidencia ¿qué clase de gobernante será? Ésa es la incógnita que tiene en ascuas no sólo a millones de brasileños, sino a los mercados financieros internacionales y a los mismos Estados Unidos. ¿Habrá Lula cambiado en realidad, o será que la moderación de su discurso es solamente una táctica para lograr alcanzar la presidencia, y que una vez instalado en ella volvería a sus posiciones populistas extremas? Si bien es cierto que ha dicho que no repudiará la deuda externa de Brasil y que no echará fuera al Fondo Monetario Internacional, sigue declarándose admirador de Fidel Castro y de Hugo Chávez. Eso, obviamente, pone nerviosos a muchos. Ante la eventualidad de un triunfo del candidato del Partido de los Trabajadores, el Real —la moneda brasileña— se ha depreciado fuertemente frente al dólar norteamericano, y la fuga de capitales ha sido considerable.
No obstante, el columnista argentino Andrés Oppenheimer reporta que William Barr, quien hasta hace poco fuera encargado de la sección política de la Embajada Americana en Brasil, dice que Lula no es tan malo como lo pintan algunos círculos conservadores de los Estados Unidos, y que “no será un Chávez ni por asomo, [ya que] tiene más perspectiva y más balance que el Presidente de Venezuela”. Sin duda alguna Barr debe ser una persona muy bien informada, pero aún así, su opinión no ha sido suficiente como para calmar las ansiedades de los inversionistas.
Aunque en la actual campaña electoral el discurso de “Lula” ha sido más moderado que en las tres anteriores en las que trató de alcanzar la presidencia del país que tiene la octava economía más grande del mundo, no por eso ha dejado de ser populista. Prometió un ajuste de sueldos que fácilmente podría hacer que regresara la inflación a Brasil, con lo que cualquier intento de obtener dinero en los mercados financieros internacionales sería infructuoso.
“Lula” ha sido reacio a revelar quiénes integrarían su equipo económico en caso de ganar la presidencia. Eso es algo muy importante, ya que Da Silva es una persona sin experiencia de gobierno y con una muy baja escolaridad, lo cual, de alguna forma, lo pondría a merced de sus colaboradores. Y si los que llegaran a tomar las riendas de las carteras económicas fueran fanáticos de las políticas populistas, pudiera eso significar el colapso de la economía en un muy corto plazo. En la noche del próximo domingo 27 de octubre, para bien o para mal de los brasileños, todas esas dudas quedarán disipadas. 
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