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LUNES 7 DE OCTUBRE DEL 2002 / EDICION No. 22874 / ACTUALIZADA 01:30 am
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Cultura y desarrollo

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Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

Mi buen amigo, el jurista y filósofo Alejandro Serrano Caldera, dice que en materia de desarrollo pareciera que Nicaragua se encuentra sobre una bicicleta estacionaria: pedalea hasta el agotamiento y no avanza. Tiene mucha razón, pero la pregunta es: ¿por qué es así? ¿Qué es lo que nos frena y nos impide avanzar como todos quisiéramos? Otro buen amigo, el doctor León Núñez, opina que “el mal está en la sangre”, queriendo decir, por supuesto, que el problema de nuestro estancamiento social y económico obedece a razones muy profundas y complejas que no son fáciles de identificar ni de explicar.

Esta semana pasada, sin embargo, estuvo en Nicaragua una persona que se ha atrevido a aventurar una respuesta al porqué del subdesarrollo que experimentan muchos países del mundo. Se trata del estadounidense Lawrence Harrison, autor del famoso libro “El subdesarrollo es un estado de la mente. El caso latinoamericano”, publicado primero en inglés en 1985, y posteriormente en español por la editorial Libro Libre de Costa Rica. Para Harrison hay una relación muy estrecha entre los valores culturales que prevalecen en una sociedad y el grado de desarrollo que esa sociedad alcanza. Dicho en otras palabras: hay valores que favorecen el desarrollo, y hay valores que lo frenan. El norteamericano afirma que Nicaragua —y América Latina entera, en mayor o menor grado— está inmersa en una cultura no muy apta para el desarrollo. Una afirmación difícilmente rebatible.

Mucho antes de que Harrison enunciara su tesis, varios pensadores latinoamericanos habían hurgado en nuestro presente y en nuestro pasado histórico en búsqueda de aquellas actitudes que a su juicio tienen que ver con el subdesarrollo que sufrimos. Uno de ellos fue el venezolano Carlos Rangel, quien con coraje inusitado, en 1976, denunció en su libro “Del buen salvaje al buen revolucionario”, una serie de mitos celosamente acariciados y divulgados por la intelectualidad de izquierda latinoamericana. Y mucho antes que él, el liberal nicaragüense, Salvador Mendieta, había escarbado a fondo en búsqueda de las causas de los problemas económicos, políticos y sociales de esta región. Sus conclusiones están plasmadas en su obra “La enfermedad de Centroamérica”. Harrison se siente profundamente endeudado con Rangel y con Mendieta, y se lamenta de que el libro de este último sea tan poco conocido.

Mucho más recientemente, los libros “Manual del perfecto idiota latinoamericano” y “Fabricantes de miseria” —ambos escritos de manera amena y ágil por Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza, y Álvaro Vargas Llosa— ponen en blanco y negro el problema del subdesarrollo del subcontinente, y apalean inmisericordemente a aquellos pensadores que con sus escritos han contribuido a perpetuar falsas ideas de las causas de nuestro atraso. Son muchos a los que les cae la coyunda de los tres mosqueteros, pero algunos de sus más fuertes azotes están dedicados al uruguayo José Enrique Rodó, autor del famoso “Ariel”, en 1900, y al también uruguayo Eduardo Galeano, quien a finales de 1970 escribió “Las venas abiertas de América Latina”.

Todos los que estudian las causas del desarrollo coinciden en que la educación es de fundamental importancia para lograrlo. Yo también estoy de acuerdo, pero conviene señalar que no es cualquier educación la que puede contribuir a resolver el problema. Es más; si se enseñan ideas erradas, los valores y actitudes que hasta ahora han frenado el tan deseado desarrollo tienden a perpetuarse. Si se enseña, por ejemplo, que la riqueza no se crea, sino que es solamente lo que existe, y que por lo tanto se requiere de un Estado que la “redistribuya justamente”, estaremos con sólo esa absurda enseñanza condenándonos a vivir con el peso de un Estado interventor, y, consecuentemente, estaremos también atándonos de por vida a la miseria y al subdesarrollo. Si no se enseñan aquellos valores y actitudes de responsabilidad personal, de frugalidad, de honestidad, de puntualidad, de amor al trabajo, etc, jamás podremos formar una clase de emprendedores capaz de tomar riesgos y de innovar. Si se continúa haciendo creer que el Gobierno es el que tiene la “responsabilidad” de proveer empleos y de mejorar el nivel de ingresos de la ciudadanía, estamos condenados al subdesarrollo.

La educación importa, ciertamente, pero debe ser una educación fundamentada en valores liberales y cristianos que de forma simultánea hagan que el ciudadano sienta que él o ella, a nivel personal, es responsable de su propio bienestar, y que tiene, además, la responsabilidad de ayudarle a otros menos afortunados a valerse por sí mismos.

*El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, y catedrático de la Universidad Thomas More.  
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