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MIéRCOLES 2 DE OCTUBRE DEL 2002 / EDICION No. 22869 / ACTUALIZADA 01:31 am
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La cultura importa

El debate sobre los factores que influyen en el desarrollo económico no es nada nuevo. Uno de los investigadores que más tempranamente se ocuparon del tema fue el sociólogo alemán, Max Weber, quien, en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, publicado en 1905, sugirió que la religión que practica un pueblo determina en gran parte su éxito o fracaso desde el punto de vista económico. De ahí que es posible señalar a Weber como el pionero y uno de los más destacados proponentes del enfoque cultural en los temas de desarrollo.

En la actualidad, el estadounidense Lawrence Harrison es considerado como un digno sucesor de Weber, ya que es uno de los investigadores que con más fuerza enarbolan la bandera cultural para tratar de explicar los problemas del desarrollo económico.

Harrison, quien se encuentra de visita en Nicaragua, es un investigador y catedrático en la Escuela de Leyes y Diplomacia Fletcher de la Universidad Tufts, en los Estados Unidos, y es también investigador asociado en la Academia de Estudios Internacionales y Culturas Extranjeras en la Universidad de Harvard. Ha pasado 20 años de su vida en América Latina; dos de ellos en Nicaragua, donde se desempeñó como director de la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) entre 1979 y 1981. Su primer libro, “El subdesarrollo es un estado de la mente”, publicado en 1985, causó revuelo entre la intelectualidad latinoamericana de izquierda, que acusó a Harrison, entre otras cosas, de racista e imperialista. Posteriormente publicó “Quién prospera”, en 1992, y “El sueño panamericano”, en 1997. Su más reciente obra —disponible en 8 idiomas— es un libro coeditado con otro harvariano, Samuel Huntington, que se titula “La cultura importa: cómo los valores influyen en el progreso humano”.

La tesis central de Harrison es que los valores y las actitudes que promueve una determinada cultura influyen definitivamente el ritmo de desarrollo de cualquier país. Él considera que la marcada diferencia del grado de progreso experimentado en Norteamérica y en América Latina se deriva de las distintas tradiciones culturales de ambas regiones. Mientras en la primera la tradición es anglo-protestante, en la segunda es ibero-católica, y de las dos se desprenden valores y actitudes muy diferentes que explican el éxito del norte y el fracaso del sur.

Harrison no está solo en sus convicciones. En América Latina hay un buen número de intelectuales que, lejos de sentirse ofendidos con su tesis, la comparten. Es el caso, por ejemplo, del argentino Mariano Grondona. En las charla que ha dictado Lawrence Harrison en Nicaragua, ha hecho uso de una tabla en la que fusiona sus ideas con las de Grondona y las del italiano Matteo Marini, y que explica cómo 16 distintos factores son vistos de manera muy diferente en las culturas que son aptas para el desarrollo y en las que ellos llaman “culturas resistentes al desarrollo”. Así, por ejemplo, en la cultura apta para el desarrollo, se considera que la competencia conduce a la excelencia, mientras que en la cultura resistente se ve como una agresión y una amenaza a la estabilidad social. La riqueza, por su parte, es vista en la apta como expandible y como producto de la creatividad humana, mientras que en la resistente se ve como limitada a lo que ya existe.

Entre los pensadores latinoamericanos contemporáneos que comparten esas ideas con Harrison se encuentran Mario Vargas Llosa y su hijo Álvaro, el colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, y el cubano Carlos Alberto Montaner. Estos últimos tres son los coautores de obras muy controversiales como “El manual del perfecto idiota latinoamericano” y “Fabricantes de miseria”. Mucho años antes que ellos, el nicaragüense Salvador Mendieta, en su obra “La enfermedad de Centro América” expresó ideas muy parecidas. Harrison elogia la obra de Mendieta y la considera como una de las más brillantes sobre el tema en cualquier parte del mundo.

Mas el mensaje de Harrison no es pesimista. Su buena nueva es que es posible cambiar los rasgos negativos de una cultura, y cita como ejemplo a España, antes atrasada en Europa pero como consecuencia de una alteración de sus valores y actitudes ha logrado un desarrollo substancial en los últimos años.  
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